Una neotelenovela de digresiones y referencias pop

"La casa de las flores" es una telenovela de trece episodios que entre aciertos y tropezones deconstruye y reconstruye el género, respetando ciertos elementos clave y jugando con otros.
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Hacia el final de “Crisantemo”, el segundo episodio de La casa de las flores, hay una conversación entre el patriarca Ernesto de la Mora (Arturo Ríos) y su hija Paulina (Cecilia Suárez). El escenario es la “otra” casa de las flores, el cabaret regenteado por la suicida y narradora en off Roberta (Claudette Maillé), cuyo cadáver está siendo velado ahí mismo, entre tragos, llantos, música y canciones interpretadas por “Amanda Miguel”, “Yuri”, “Paulina Rubio” o “Gloria Trevi”, los travestis estrellas del lugar.

La vida secreta de Ernesto, sus amores con Roberta y la existencia de su pequeña hija Micaela (Alexa de Landa) acaban de ser descubiertos por su esposa Virginia (interpretada por Verónica Castro, es la dueña de la casa de las flores original, una exitosa florería fifí ubicada en Las Lomas de Chapultepec) y el resto de la familia: sus hijos Julián (Darío Yazbek Bernal) y Elena (Aislinn Derbez). 

Paulina, la mayor, mano derecha de Virginia en la florería, sabía desde tiempo atrás del secreto de su papá y se movía entre las dos casas de las flores, la chica y la grande. Sobre esto discuten padre e hija en primer plano, pero el tema es lo de menos: estamos ante  típico diálogo redundante de telenovela. La atención del espectador no está en lo que dicen sino en lo que sucede en medio de ellos: al fondo del encuadre, la cámara de Pedro Gómez Millán nos muestra a la “Trevi” reventándose con singular enjundia “El recuento de los daños”, esa obra maestra del masoquismo amoroso (“¿Cómo puedes decir que te olvidaré?”).

En ese momento, cuando se supone que Ernesto y Paulina están diciendo algo realmente importante, ella interrumpe el diálogo, voltea a ver a “Gloria” y luego le dice a su papá: “Ay, qué buena es esta, ¿verdad?”. Ernesto dice que sí con la cabeza y nosotros, frente al televisor, afirmamos lo mismo. La “Trevi” se ha estado robando la escena durante todo ese tiempo y Manolo Caro, el creador y director de La casa de las flores, quiere que lo notemos.

Esta estrategia de subvertir las convenciones telenoveleras a través del desparpajo y la digresión es, acaso, el mejor aporte de Caro al culebrón nacional, más allá del destape homo/bi/trans/pan/sexual que domina en toda la serie o de algunos giros pueriles como ver a Verónica Castro fumando y vendiendo mota. Producida por Netflix y estrenada en agosto de 2018 en esa plataforma, La casa de las flores no es más que una apretada telenovela de trece episodios que, conscientemente, entre aciertos y tropezones, deconstruye y reconstruye el género, respetando ciertos elementos clave para luego jugar con otros.

En su debut en la pantalla chica, el prolífico, inquieto y disparejo Caro (recordemos que al desastre de Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando, de 2014, le siguió la muy lograda La vida inmoral de la pareja ideal, de 2016) ha realizado una telenovela de autor que, dentro del marco del típico melodrama familiar televisivo, con todo y sus manidas convenciones –secretos revelados, líos de paternidad, triángulos amorosos–, desliza sus obsesiones temáticas, su sello formal y hasta su clara influencia almodovariana, en la recurrencia de cierto tipo de personajes claves –la transexual Mariana Treviño de Amor de mis amores (2014) tiene su contraparte aquí en el transexual Paco León, exmarido de Paulina–, en su fluido y elegante manejo del encuadre y, por supuesto, en la selección de la banda sonora, que suele ser otra de las protagonistas de sus películas, de nuevo en el mejor estilo de Almodóvar: recuérdese a Ludwika Paleta cantando “Inocente pobre amiga” en No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (2013) o a Astrid Hadad entonando “Como tu mujer” en Amor de mis amores.

Al contar con solo 13 episodios de alrededor de 30 minutos de duración, Caro y su equipo de tres guionistas –Gabriel Nuncio, Monika Revilla y Mara Vargas– comprimen subtramas que podrían durar semanas en una telenovela tradicional para resolverlas en un par de episodios.

Caro cumple así fielmente las reglas del género, aunque de una forma casi displicente. Lo que en verdad le importa son las digresiones, la preponderancia de las referencias musicales pop –por ejemplo, la fantasía protagonizada por Julián cuando sale del clóset al ritmo de “A quién le importa” de Alaska y Dinarama– y el generoso espacio brindado a sus actores quienes, por cierto, lo (des)aprovechan. El regreso de Verónica Castro a la tele después de casi una década de ausencia resulta ser, hasta cierto punto, anticlimático, y contra todo pronóstico termina apropiándose de esta neotelenovela Cecilia Suárez, quien decidió, junto con Caro, hablar de una manera muy peculiar (“Es-toy en-gan-cha-dí-si-ma con el ta-fil”) cuando ya habían grabado varias escenas y descubrieron que el personaje podía resultar extremadamente antipático.

Pero tampoco hay que sorprenderse demasiado: el desplazamiento de una estrella televisiva como Verónica Castro por “primeros actores” como Cecilia Suárez fue un fenómeno común en la telenovela clásica nacional. ¿Qué otra cosa hizo, digamos, Carlos Ancira en Rina (1977-1978) o El camino secreto (1986)? Exactamente eso: sobreactuarse cuidadosamente –valga el aparente oxímoron– para echarse al espectador a la bolsa. Suárez, con su tono de voz que remite, acaso sin proponérselo, a la locutora y comediante “Cuca la telefonista”, terminó imponiéndose sobre todos los demás. No podía ser de otra manera: es la actriz más completa de todo el reparto.

Sin embargo, siendo lo que es, al final de cuentas una telenovela, La casa de las flores no puede evitar caer en cierta sobrecarga argumental que termina diluyendo los aciertos de los primeros episodios. Hacia la mitad de la serie, uno empieza a darse cuenta que Caro y sus guionistas están haciendo tiempo solo para llegar al capítulo final,“Resurrección”… para esperar a que les aprueben la próxima temporada. Si esto sucede, puede que no sea lo mejor para Manolo Caro: las telenovelas demasiado largas –y sin villanos carismáticos, como en este caso– terminan, casi siempre, por enfadar. Y no es que yo haya visto telenovelas. Nomás me han contado. 

 

 

 

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