Jean-Louis Trintignant
Imagen: Jean-Louis Trintignant en El conformista.

Jean-Louis Trintingnant y su brillante opacidad

Trintignant, fallecido a mediados de junio, logró conquistar su propio espacio en el cine francés, al interpretar con sutileza a personajes opacos y encerrados en sí mismos.
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Recuerdo haber visto Amor (Haneke, 2012) en una sala atestada en el Festival de Morelia. El silencio era absoluto y la concentración total: las miradas, fijas en la pantalla, seguían la tragedia tan simple, tan natural y tan humana de dos ancianos octogenarios, Georges y Anne, a quienes los alcanza la enfermedad, el sufrimiento y, finalmente, la muerte. Protagonizada por dos de las más grandes leyendas del cine francés, Emmanuelle Riva (1927-2017) y Jean-Louis Trintrignant (1930-2022), era evidente que los espectadores nos encontrábamos no solo frente a una película del autor austriaco Michael Haneke sino ante un auténtico tour de force actoral y una suerte de despedida por partida doble de Riva, quien fallecería cinco años después, y de Trintignant, quien murió el pasado 17 de junio y luego de Amor solo aparecería en tres filmes más.

Hay una escena Amor que muestra el genio de Haneke como cineasta y el talento tan particular que tenía Trintignant. Me refiero al momento en el que la Anne de Riva se encuentra postrada en la cama, harta de su lento e inexorable deterioro, paralizada por una apoplejía. La mujer, que fue maestra de música, ahora no solo no puede tocar el piano, sino que ni siquiera puede sostener una cuchara: la anciana, con la mirada de rencor hacia su enfermedad, hacia la vida que se le escapa, incluso hacia su paciente y abnegado marido, no solo se niega a comer el alimento que Georges le ofrece devotamente, sino que, de hecho, lo escupe de manera desafiante. En ese instante, el Georges de Trintignant, indignado por el comportamiento de la mujer, harto de la situación en la que los dos se encuentran, abofetea a su esposa inválida. Todavía recuerdo los gritos de asombro entre el público que estaba viendo la película, seguidos de unos largos suspiros de comprensión, de entendimiento, de dolida solidaridad.

La escena desestabiliza porque interrumpe de forma abrupta la serie de rasgos amorosos que habíamos visto de parte de Georges hacia la mujer de su vida. Pero sospecho que sacude aún más porque el anciano marido es interpretado por Trintignant, quien, como actor, nunca fue dado a este tipo de explosiones dramáticas. El tímido, considerado, serio y ocasionalmente misterioso Jean-Louis no era de los que interpretaban personajes que gritaran ni, mucho menos, abofetearan mujeres. A lo largo de su larga carrera teatral y cinematográfica, que se extendió por siete décadas, Trintignant logró conquistar, palmo a palmo, su propio espacio exclusivo en el cine francés, equidistante de colegas más atractivos, como Alain Delon (1935), o más carismáticos, como Jean-Paul Belmondo (1933-2021).

Durante sus primeros años, Trintignant se especializó en personajes encerrados en sí mismos, echados a un lado por otras criaturas más atractivas y extrovertidas. Su primer papel importante fue como el tímido pretendiente de la bomba sexual Brigitte Bardot en Y dios creó a la mujer (Vadim, 1956) y la primera obra mayor en la que participó fue en La vida fácil (Risi, 1962), en donde el apocado estudiante de leyes interpretado por Trintignant es atraído a la autodestrucción por un carismático timador encarnado por Vittorio Gassman. Poco después se topó con el inesperado éxito global al interpretar al corredor de autos y discreto interés amoroso de Anouk Aimée en Un hombre y una mujer (Lelouch, 1966), el filme romántico por excelencia de los años 60. Si hubiera querido, es probable que Trintignant se hubiera podido quedar encarnando galanes muy similares durante mucho tiempo más. Pero lo cierto es que, a la par de no pocas películas muy convencionales y comercialmente exitosas, el actor no descansaba, buscando otras posibilidades y otros personajes.

De esta manera, explotó su elegante virilidad como el atildado arquitecto que se interpone entre dos atractivas lesbianas en la inquietante Las dulces amigas (1968), de Claude Chabrol; se convirtió en un silencioso y estoico pistolero en el formidable spaguetti-western El gran silencio (1968), de Sergio Corbucci; prestó su seria apostura siempre profesional para el papel del juez de instrucción en el thriller político Z (1969), de Costa-Gavras; y, nuevamente, volvió a la timidez al interpretar a cierto buen hombre católico que pasa una noche con una mujer divorciada en Ma nuit chez Maud(1969), de Éric Rohmer.

En retrospectiva, esta sucesión de personajes tan singulares y, al mismo tiempo, tan parecidos en su opacidad –siempre es difícil saber qué piensan o adivinar qué van a hacer–, tenía que llevar a Trintignant a interpretar a la criatura más atractiva, más repulsiva y más inquietante de toda su trayectoria. Me refiero al Marcello Clerici de El conformista (Bertolucci, 1970), un hombre serio y reservado de poco más de 30 años de edad que entra a trabajar, por voluntad propia, en la policía secreta de la Italia de Mussolini. Marcello tiene que cumplir con una tarea muy importante: debe viajar a París para asesinar a su viejo profesor universitario de filosofía, un conocido intelectual antifascista. Marcello va a la Ciudad Luz a cumplir con su cometido y, de pasada, de luna de miel, pues acaba de casarse con una bella jovencita.

El Marcello de Trintignant ha entrado a trabajar al gobierno fascista de Mussolini no por dinero ni por miedo, ni siquiera por convicción ideológica. Su razón es un poco más compleja: baste decir que desde muy joven él se sabe distinto, se siente diferente. Así pues, para ocultarse entre la multitud, ha decidido ser el más normal entre los normales, uno más entre todos, un número más entre la muchedumbre. En un régimen fascista, esto es fácil, pero Marcello quiere ser un fascista ejemplar, y en este impulso está el germen de su propia destrucción. Reprimiendo a otros, Marcello reprime un pasado que quiere olvidar; negando a otros se niega a sí mismo; asesinando aquello que admiró, asesina todo lo que pudo haber sido.

El conformista interpretado por Trintingnat es el perfecto resumen de todos los personajes opacos que encarnó en su carrera. Incluso uno podría pensar que, dos décadas después, el solitario juez que interpretó en la obra maestra de Kieswlowski Tres colores: Rojo (1994), tiene algo del impávido Marcello aunque, eso sí, tratándose del humanista cineasta polaco, su viejo juez misántropo sí tiene la posibilidad de redimirse.

Hay que suponer que la calculada opacidad interpretativa de Trintingnant, su inclinación por la sutileza en los gestos, en la mirada y hasta en su tono de voz, tuvo poco que ver con su vida privada. Después de todo, este hombre de estatura media y rasgos regulares fue amante de Brigitte Bardot, corría autos por mero placer, y su primer y brevísimo matrimonio fue con la futura musa y esposa de Claude Chabrol, Stéphane Audran. En otras palabras, sospecho que el mátalas-a-tientas de Trintignant no fue aburrido ni nunca se aburrió. Nosotros, viéndolo en la pantalla grande durante tantos años, menos.

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