Ilustración: Letras Libres

El clóset y la cancha

Las declaraciones en favor de la inclusión siguen siendo insuficientes cuando los jugadores que forman parte de la población LGBTIQ encaran prejuicios.
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Ser parte de la afición del “deporte rey” incluye cerrar los ojos, así sea momentáneamente, ante los poderes reales que lo alimentan en todo el mundo. Me emociona el virtuosismo futbolístico, la catarsis que significa la peculiar gestualidad que desplegamos cuando nos convertimos en parte de una multitud rugiente o cuando, simplemente, compartimos con otras personas un juego en casa, en un bar o frente a la pantalla gigante que adorna el Zócalo capitalino durante el Mundial 2026. Mi disfrute no incluye el fervor de tantos escritores (varones, por lo general), que roza la fe religiosa, ni va más allá del mundial y el poco disciplinado seguimiento de las selecciones masculina y femenina venezolanas, pero ha formado parte de mi vida. La vinotinto no ha logrado ir a un mundial varonil (muy injustamente, si tomamos en cuenta la actuación de representaciones nacionales como la de Sudáfrica en esta edición), y alimenta en nosotros, sus seguidores, una esperanza que no cesa, asunto que define a la verdadera afición. La otra vinotinto ha llegado más lejos y acaba de asegurar su participación en un repechaje intercontinental, en ruta al Mundial femenino del 2027.

Recuerdo perfectamente el surgimiento y trayectoria de mi connacional Deyna Castellanos (1999). La delantera ha jugado con el Atlético de Madrid con el que obtuvo la Supercopa de España (2021); después de su paso por la liga inglesa con el Manchester City, se desempeña actualmente en el Portland Thorns en Estados Unidos. Ganó la Bota de Oro (Mundial Sub‑17, 2014) y obtuvo el tercer lugar en The best FIFA (2017). Una jugadora de su nivel debería estar fuera de discusión más allá de su devenir deportivo, pero no es así. Castellanos reconoció su condición de bisexual con el consiguiente escándalo en las redes sociales a favor y en contra, en el que no faltaron las consabidas acusaciones hacia los equipos de fútbol femenino como semilleros de lesbianas, en consonancia con la idea decimonónica de la “invertida”, una mujer que en realidad quería ser un hombre y actuaba como tal. No en balde el deporte es terreno de la fuerza, la agilidad y la disciplina; es decir, terreno de la masculinidad. Podría resultar curioso que en pleno siglo XXI siga viva una idea supuestamente superada, pues la participación de la mujer en las justas deportivas ya es cotidiana, pero una cosa es esta participación y otra muy distinta que la mujer en cuestión sea lesbiana.

A ojo de buen cubero, parecería que la proporción de lesbianas en el fútbol sobrepasa la media en otros sectores de la vida social, pero tal cosa no es culpa de las mujeres inclinadas por otras mujeres. Venezuela es un país conservador que no cuenta con ningún derecho para la población LGBTIQ y, dentro del imaginario primitivo de la fobia existente, la imagen física de Castellanos no responde a las concepciones peregrinas sobre el lesbianismo de parte de sus seguidores: alguien la corrompió, ella está confundida y tal vez algún hombre salvador enderece semejante entuerto. Lo notable de esta conversación propia de hace 50 años es que no se habla de estadísticas y logros deportivos: la misma jugadora aplaudida pasa a ser juzgada. Al menos, Castellanos, radicada en Estados Unidos, no enfrenta peligros de consideración. La selección femenina de Marruecos ha participado en el mundial sin usar la hiyab, prenda que ha causado polémica, junto con otros temas políticos y culturales, respecto a equipos como Irán y, más recientemente, Arabia Saudita, que funciona desde el año 2021. Hablar de lesbianismo en estos equipos es impensable.

Existe un margen mucho mayor de tolerancia hacia las lesbianas pertenecientes a equipos radicados en las democracias liberales. En América Latina tenemos a la brasileña Marta (1986), considerada una de las mejores jugadoras de la historia; la argentina Estefanía Banini (1990), figura de la selección y referente del fútbol femenino; la colombiana Daniela Montoya (1990); la chilena Christiane Endler (1991), una de las mejores porteras del mundo y estrella del Olympique de Lyon. Sin duda, las latinoamericanas tendemos a ser más discretas, en consonancia con el conservadurismo regional, pero ha habido avances, aunque todavía estamos a la retaguardia de Estados Unidos y Europa. La increíble jugadora estadounidense ya retirada, Megan Rapinoe (1985), ha sido una gran defensora de la participación de las lesbianas y, en general, de la participación LGBTIQ en el deporte. Ganó dos Copas del Mundo (2015, 2019), además de una medalla de oro olímpica (2012) más otra de bronce (2020); también, el Balón de Oro y la Bota de Oro del Mundial (2019), así como el premio The Best FIFA (2019).

En el fútbol femenino europeo destacan también extraordinarias figuras: la neerlandesa Vivianne Miedema (1996) y la inglesa Beth Mead (1995), figuras del Arsenal y campeonas de Europa; la española Irene Paredes (1991), capitana del FC Barcelona y de la selección campeona del mundo; y las estrellas del norte de Europa Magdalena Eriksson (1993) y Pernille Harder (1992), una de las parejas más reconocidas del deporte. También sobresalen la francesa Wendie Renard (1990), histórica defensora del Olympique de Lyon, la austríaca Viktoria Schnaderbeck (1991), ex capitana de su selección, y la neerlandesa Danielle van de Donk (1991). Por su parte, el canadiense Quinn (1995), persona trans no binaria (no se identifica con ninguno de los dos géneros) ganó un oro olímpico con su selección y jugó un mundial femenino. La argentina Mara Gómez (1997), futbolista trans en clubes femeninos de primera división, ha roto el celofán y demuestra la apertura del país austral sobre el tema.

La situación de las lesbianas futbolistas no se corresponde a la de los varones homosexuales. Si la futbolista puede corresponder al imaginario más pedestre sobre la mujer lesbiana para la afición más intransigente, el futbolista es el epítome de la masculinidad, como lo era el soldado en el imaginario guerrero de la fundación de los estados nacionales latinoamericanos. Además, el fútbol femenino es, de lejos, menos importante, como fenómeno de masas y como negocio, que el masculino. Dudo que Leo Messi (1987) o Cristiano Ronaldo (1985) hubieran llegado a donde han llegado si no fueran heterosexuales. El mandato de género ordena que el fútbol profesional y el hombre homosexual son antitéticos. Siempre se menciona, con razón, al inglés Justin Fashanu (1961), que se sacrificó en aras de la honestidad al convertirse en el primer futbolista en activo en declararse públicamente homosexual en el año 1990. El acoso fue terrible y, para colmo, fue acusado de sexo con un menor, por lo que se suicidó en 1998.

En realidad, salir del clóset no conviene a un jugador profesional, así haya, en palabras del jugador inglés, al menos un jugador gay o bisexual en cada equipo, aterrado, por cierto, con la idea de ser descubierto. Una prueba de su afirmación la tenemos en el Mundial 2026, evento que supone que todos los varones participantes son heterosexuales hasta nuevo aviso. Josh Cavallo (Australia, 1999) reconoció su homosexualidad en 2021, lo que le ha valido constantes amenazas de muerte. El checo Jakub Jankto (1996), quien jugó con su selección nacional hasta 2025, reconoció su orientación sexual en el año 2023, al igual que lo ha hecho en 2026 el argentino Ignacio Lago (2002), miembro de un equipo local. También lo hizo el alemán Thomas Hitzlsperger (1982), cuando ya se había retirado. En cuanto a los hombres trans, juegan en ligas futbolísticas menores y, a diferencia de las mujeres trans, su presencia no causa ningún problema porque no supone una ventaja hormonal frente a otros jugadores. En todo caso, la FIFA no tiene inconveniente con el varón trans, aunque suponemos que los equipos no deben ser especialmente amigos de aceptarlos en sus filas.

Las declaraciones y reglamentos de la FIFA, como los del Comité Olímpico Internacional (COI) y Naciones Unidas, en favor de la inclusión y no discriminación de la población LGBTIQ, pesan poco a la hora de encarar prejuicios. Aunque se prohíban los cánticos homofóbicos en los estadios, la ambigüedad de una federación mutada en una empresa transnacional no ayuda en esta dirección. El mundial de Qatar en 2022 demostró las concesiones de la FIFA con el asunto LGBTIQ: se desarrolló en una teocracia no demasiado sensible a asuntos como la no discriminación. Seguirá siendo así porque gran parte de la afición global se mantiene en los estrechos márgenes del machismo y la tradición. Por más que se diga que el deporte es un derecho humano, el hecho de que en el multimillonario negocio del fútbol las naciones se jueguen su representación en cuanto tales impide una mayor apertura. No por nada se celebran en diversos países desde 1983 los “Gay Games”, cuya primera sede fue en Estados Unidos: si la sexualidad es tan importante dentro del deporte olímpico y profesional, hasta el punto de que las personas tienen que ocultarla, pues hay que abrir otros espacios. ~


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