Tras siete años y medio de litigios, el Tribunal Supremo ha absuelto al escritor Camilo de Ory, condenado previamente a 18 meses de prisión y una indemnización de 6.000 euros por hacer unos chistes.
La persecución judicial a De Ory no tiene fundamento jurídico, sino moral y mediático. Fue acusado por un artículo del Código Penal cuyo objeto es perseguir “torturas light”: mantener atados a la cama a unos menores, obligar a una mujer con movilidad reducida a permanecer en posturas incómodas para su condición, sumergir la cabeza de otra mujer repetidas veces en el río, etcétera. El artículo tuvo que ser deformado hasta el extremo para adecuarlo a unos chistes, y ello dio lugar a un esperpéntico periplo judicial. Las instancias primera y segunda no vieron indicios de delito, pero el Tribunal Supremo sí, y le mandó a juicio. Fue entonces cuando las instancias primera y segunda condenaron a De Ory, pero ahora el Tribunal Supremo no ve delito, y le absuelve. No me extenderé más en los aspectos legales, que pueden conocerse mejor en el artículo “Una nueva Ley Mordaza en el Código Penal”.
El motivo de su condena, como digo, es moral y mediático. Pongámonos en contexto: en enero de 2019 asistimos a la retransmisión en riguroso directo del rescate de Julen, un niño que cayó a un pozo en Málaga. Fue un ejemplo perfecto de lo que llamo “sesgo de telenovela de los media”: para que una noticia llegue a estar en boca de todo el mundo necesita tener los elementos de una buena historia moral. En este caso el conflicto (“¿llegarán a rescatar a Julen con vida?”) quedaba construído sobre el instinto moral de proteger a los menores. Durante su emisión, que duró dos frenéticas semanas, apenas pudimos distinguir entre su búsqueda y la mejor de las series de Netflix, y parecía que si deseábamos colectivamente que Julen estuviese vivo nuestra voluntad se cumpliría. Eso nos mantuvo pegados a las pantallas, como explica un periodista de sucesos:
Si un tema da audiencia vamos a seguir hablando de él. Si os acordáis del caso de Julen, el niño del pozo de Málaga, era evidente, o era casi seguro, que el niño no estaba vivo. Sin embargo, si veías la televisión siempre se decía “la esperanza”, “el milagro”, “no renunciamos”. Cuando pasábamos a publicidad se hacía un silencio, porque los que estábamos ahí, como casi todos, pensábamos que no estaba vivo. Pero si decías que no estaba vivo en directo, la audiencia iba a bajar. (…) La diferencia entre cobrar dos mil euros por un anuncio de veinte segundos o cobrar mil euros son tres o cuatro puntos de audiencia.
La insistencia mediática era, pues, abrumadora y grotesca. Era imposible no tener ese tema en la cabeza. No nos permitía hacer un duelo colectivo por el niño muerto, sino que nos bombardeaba con la posibilidad de su supervivencia, y por tanto con la de su sufrimiento en el fondo del pozo. Cada día que pasaba nos sumía en la miseria colectiva, pero era un día de noticias baratas y audiencia fácil. El periodista Daniel Arjona, entonces en El Confidencial, publicó en su muro de Facebook: “No os podéis imaginar el tráfico que estamos haciendo los medios con el caso de Julen. Jamás he visto nada parecido en los tres años largos que llevo observando vuestro comportamiento y atención en detalladísimas gráficas. Récords de visitas mantenidos durante mucho tiempo multiplicados de pronto por dos y por tres. Lo que se pueda deducir a propósito de esto sobre los medios de comunicación —y sobre la naturaleza humana, por cierto—, ya os lo dejo a vosotros”.
De Ory, cuya cabeza es una tormenta de conexiones, llevó el tema al absurdo y la humorada. Publicó unos chistes en Twitter, como acostumbra a hacer con cada tema que está en el candelero, para el gusto de su pequeña audiencia, entrenada en sus aforismos por decantación.
La prensa buscaba cualquier detalle para alimentar el fuego telenovelesco. Un villano vendría muy bien, porque esta historia carecía de uno claro. Durante un momento se apuntó a los padres del niño, por negligencia, pero ser víctima y villano a la vez no satisface nuestra intuición moral, de modo que De Ory llenó el hueco de villano subsidiario. Toda la prensa copiapegó los chistes, palabra por palabra. No informó de una ruptura del orden moral, sino que la creó al descontextualizar los tuits y presentarlos a la población general junto a juicios de valor. Sumió a la población en lo que llamo “furias express”: indignaciones ciudadanas efímeras y desinformadas que los medios de comunicación producen al parasitar sistemáticamente los instintos morales con el objetivo de maximizar la interacción y la audiencia. Hace que las gentes, enfurecidas, disparen contra el muñeco de paja que la prensa presenta como causante de esa ruptura moral, en un ritual mágico-religioso que restaure la tranquilidad. En este caso, insultaron y amenazaron a De Ory, iniciaron una recogida de firmas en Change.org para exigir a la Diputación de Málaga que le retirase el Premio Emilio Prados de Poesía, y se felicitaron cuando la prensa aireó su condena. Pero nada de eso resolvió el verdadero problema, que no son los tuits de De Ory, sino su uso bajo la apariencia de virtud moral por parte de la prensa.
Solo en ese contexto unos chistes pueden ser juzgados y condenados. Hay quien critica la propia publicación por parte de De Ory pero, de no ser por la prensa, las publicaciones de un individuo por sí solas no alcanzan una masa de personas tan grande como para que llegue a los padres. La web zaragozadeluxe.com lleva online desde 1999, y seguramente las personas que hacen esa crítica desconozcan su existencia, porque la prensa no se la ha mostrado “mágicamente”. Por otro lado, si el caso hubiera llegado a los tribunales sin ese ambiente de indignación, la condena seguramente no se hubiera producido. “Los jueces también ven Antena3”, me dijo una vez un famoso abogado.
Ahora, con la noticia de la absolución, volvemos a presenciar otra furia express. La prensa llama “insensible” a Camilo de Ory bajo la foto del pozo en el que murió Julen, por si sus padres ven la noticia. Afirma que el escritor “se burló” y “se mofó” del niño, lo que enfurece a las gentes, que activan un ritual mágico-religioso. La prensa nos viene a decir: podemos tirarnos meses y años hablando de una desgracia con todo lujo de detalles, fotitos, mapitas, esperanzas falsas, desinformación, etc., todo envuelto entre anuncios, pero tú ten cuidado porque te podemos a montar un escándalo como a De Ory o a Luisgé Martín por El odio durante el tiempo que dé audiencia.
Luis Buñuel decía en sus memorias que la información es el cuarto jinete del Apocalipsis, e hipotetizaba con una flecha que lo abatiese en aras de “un descanso en el ataque al que nos vemos sometidos”. La absolución de De Ory es solo una cura tardía para una de las plagas que el jinete manda sin cesar, pero es importante, y debemos agradecérsela especialmente a Pachi Arroyo, abogado que llevó pro bono el caso. Pero siete años y medio es mucho tiempo, y Pachi no ha llegado a ver el resultado final. Me permito nombrarlo para que esta pequeña victoria quede unida a él en nuestro recuerdo. Si la receta de esta cura permite abordar más fácilmente los siguientes ataques del jinete será gracias a su generosidad.