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El futbol profesional es inhóspito para los apesadumbrados

La muerte del futbolista sudafricano Jayden Adams recuerda que no solo los vencedores merecen figurar en la historia, sino también aquellos que nos recuerdan la fragilidad humana.
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“Toda la historia se ha escrito hasta ahora desde el punto de vista del éxito, suponiendo, por cierto, una razón en el éxito”, escribió Friedrich Nietzsche en Nosotros los filólogos para cuestionar la idea del curso inteligible de la historia: la hegeliana encarnación del espíritu. Cuando recapitulamos la literatura sobre el futbol advertimos que las crónicas y las biografías poseen ese enfoque triunfalista. Para celebrar la conquista de un título, los sentenciosos periodistas se transforman en retóricos salvajes que se entregan a la hipérbole y aspiran a un estilo sublime. Y lo entendemos perfectamente: ninguna figura retórica se antoja suficiente para exaltar a los héroes cuando el deporte se representa como épica. Hay naciones que sustentan su historia patria sobre los hombros de mortales, transfigurados en semidioses. Y no me refiero únicamente a Argentina y el culto a Diego Armando Maradona y Lionel Messi, sino también a Uruguay y la sacralización de un pasado mítico en el que resplandecen los títulos conquistados en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y en los Mundiales de 1930 y 1950.

Frente a esa concepción que convierte la complejidad en banalidad y en mayestático lo accidental se yergue la visión trágica que nos obliga a reparar en los derrotados por diversas circunstancias. Son figuras modélicas porque ilustran el reverso del optimismo y nos recuerdan que el deporte, en cuanto parte de la sociedad, no está exento de sus males. No se trata de una genealogía de la derrota, sino de una concepción irónica en la que elementos contrarios están intrínsecamente vinculados. El destino de ciertos futbolistas resulta trágico porque exhibe los límites de la ambición humana y su fragilidad. En cuanto escenario privilegiado del imaginario actual, el futbol reproduce la antigua encrucijada entre la voluntad de los dioses y la libertad personal. Nos fascinan estas historias desdichadas en las que la tragedia no proviene del fracaso, sino de la imposibilidad de justificar la vida únicamente por el éxito. De ahí que, desde los primeros años del futbol, encontremos personalidades cuya caída se debe a conflictos personales en vez de a la arbitrariedad de un aciago demiurgo.

Si el sentimiento trágico surge de situar el sufrimiento en el centro de la existencia, como dijo Walter Muschg, nada más ejemplar que la muerte en plena apoteosis. La de Jayden Adams el pasado 11 de julio, en medio de la exultación de su país por la actuación de la selección de Sudáfrica en la Copa del Mundo 2026, ilustra fehacientemente ese contraste irónico entre la euforia colectiva y la pena íntima. Con tan solo nueve partidos como integrante de la selección de Sudáfrica, con la que alcanzó las semifinales de la Copa Africana de Naciones en 2023, el Mundial de 2026 parecía el inicio de una carrera ascendente. Participó en los tres encuentros de la fase de grupos, incluido el inaugural contra México en el estadio Azteca, pero no en el de dieciseisavos, donde su equipo perdió con Canadá. La mayoría ignorábamos que su abuela Marianna Adams había muerto un día antes del partido entre Sudáfrica y Chequia. En una entrevista posterior externó un mensaje que hoy esclarece la tristeza contra la que luchaba: “Mis piernas estaban en el juego, pero mi corazón estaba en el cielo con ella”.

Tras la noticia del fallecimiento se difundieron dos videos que muestran al jugador desolado. El primero, grabado la noche del 24 de junio, lo muestra ensimismado y ausente en el vestidor, mientras sus compañeros celebran eufóricos el triunfo ante Corea del Sur que les permitió avanzar de ronda. En el segundo video –cuya fecha no pude averiguar– lo vemos solitario en la banca, con una botella de agua y la mirada extraviada, ajeno al bullicio y la excitación general. Son testimonios fidedignos de que el dolor había transformado al talentoso volante en una sombra: seguía ahí, pero en realidad se había extraviado.

El deceso conmovió no solo a su país, sino al orbe deportivo y suscitó que se reparara en esos detalles reveladores. Antes de la muerte de su abuela, había perdido a su gran amigo de la infancia, Oshwin Andries, fallecido en 2023 a consecuencia de una riña callejera. Los campeonatos que ganó en la liga local y en la Liga de Campeones de África con el Mamelodi Sundowns, equipo al que fue traspasado en enero de 2025, los dedicó a su querido compañero. En esa dedicatoria se aprecia la hondura de su pena.

Ya fuera que viviera un duelo que no consiguió superar o que padeciera una depresión silenciosa —como sugieren las condolencias de figuras públicas como Gayton McKenzie, Ministro de Deportes, Arte y Cultura de Sudáfrica–, la muerte de Adams nos recuerda otros casos de futbolistas aquejados por ese mal silencioso.

Entre los más célebres de los últimos años se encuentran Gianluigi Buffon, Andrés Iniesta y Raphaël Varane. El guardameta italiano ha relatado –en entrevistas y conferencias y en sus libros autobiográficos Numero 1 (2008) y Cadere, rialzarsi, cadere, rialzarsi (2024)– que a la edad de 23 años tuvo ataques de pánico y una fatiga aní que lo hacía sentirse permanentemente agotado y sin alicientes. Describió a la enfermedad como “un agujero negro del alma”. En su “Lettera al giovane Gigi” –que evoca el desdoblamiento de “El otro, el mismo” de Borges– reflexiona: “Si vives de forma nihilista, pensando solo en el fútbol, tu alma empezará a cambiar. Al final estarás tan deprimido que no querrás levantarte de la cama”.

La experiencia le permitió al irónicamente apodado Superman comprender su vulnerabilidad y afrontarla mediante terapia y la ayuda del arte, en particular, un óleo de Marc Chagall, El paseo, gracias al cual recuperó el entusiasmo pueril y superó el vacío existencial que lo aquejaba.

En su autobiografía La jugada de mi vida (Malpaso Ediciones, 2016) Andrés Iniesta reveló la depresión que sufrió tras una racha de lesiones musculares consecutivas y la muerte de su gran amigo Dani Jarque, jugador del Espanyol, en agosto de 2009 a la edad de 26 años. Aunque formaría parte de la selección española que conquistó el anhelado campeonato mundial en Sudáfrica 2010 y sería el héroe al anotar el gol del triunfo, en los meses previos la pena lo había hundido emocionalmente. En una entrevista contó que un día que se encontraba de visita en la casa familiar le dijo a su madre: “O bajamos a ver al doctor o me voy a morir”.

Finalmente, Raphaël Varane optó por el retiro prematuro en 2024, a los 31 años, para huir de la máquina deshumanizante del futbol de élite. A pesar de haber ganado cuatro copas de Europa con el Real Madrid y de coronarse campeón del mundo en 2018, el antiguo defensa confesó a Le Monde que la presión lo convirtió en un autómata incapaz de disfrutar la vida. Para canalizar su experiencia, decidió asumirse en portavoz de este padecimiento para combatirlo. Con sus compañeros de selección creó el fideicomiso Generación 2018, que financia proyectos científicos sobre el bienestar juvenil como el documental Têtes plongeantes y el programa Mentalo, los cuales visibilizan un trastorno que, según sus estimaciones, afecta de manera silenciosa a entre el 20 % y el 35 % de los futbolistas profesionales.

Si algo comparten sus casos con el de Jayden Adams es la paradójica hostilidad del vestuario. El entorno del futbol profesional, con su pretensión de virilidad invulnerable y la falta de intimidad, se transforma en el lugar más inhóspito para quien se encuentra apesadumbrado. La alegría colectiva profundiza el aislamiento de quien se ha vuelto un paria . Iniesta, por ejemplo, terminaba sus entrenamientos antes para refugiarse en el vestidor y llorar. Es sintomático que Buffon y Varane enfaticen que la exigencia transforma al jugador de élite en una máquina. En la carta citada, Buffon se dirige al joven Gigi aconsejando: “Si no cuidas tu alma, si no buscas inspiración fuera del futbol, sufrirás el declive”.

Ellos superaron la enfermedad y se erigieron en portavoces. Otros, en cambio, perecieron en el combate que exhibe el cariz trágico del triunfo, como Robert Enke, portero del Hannover y de la selección alemana desde 2009, cuando se retiró Oliver Kahn, quien se arrojó a las vías del tren el 10 de noviembre de 2009 en Neustadt am Rübenberge, a los 32 años. No fue un acto intempestivo, sino uno de lenta maduración. Desde su etapa en los clubes Barcelona y Fenerbahçe padecía depresión, la cual se agravó con la muerte de su hija Lara en 2006, víctima de una cardiopatía congénita. Su caso se convirtió en ejemplar del drama de los jugadores que exteriormente representan el éxito mientras internamente los corroe ese cáncer del alma. Hay puntos en común entre él y Adams: el duelo por las pérdidas y la imposibilidad de afrontarlas; pero también con los mencionados Buffon, Iniesta y Varane: la tensión entre la alta competencia y el mundo emocional. A diferencia de ellos, Enke ocultó su desdicha por miedo a perjudicar su carrera y su vida personal. El desenlace aleccionó a otros para no callar y afrontar el problema.

Si el ejemplo del joven Werther de la novela homónima de Goethe inspiró a muchos jóvenes románticos a suicidarse, el de Enke fue estímulo para otros suicidas, no únicamente en Hannover, sino en otros países. Uno de ellos fue Andreas Biermann, jugador del FC St. Pauli y Union Berlin, entre otros clubes, quien se suicidó en 2014, tras haberlo intentado en 2003, 2009 y 2012. La muerte de Enke lo impulsó a declarar su enfermedad; escribió un libro autobiográfico y luchó contra la depresión, pero no la venció. Su muerte es un corolario irónico de la gravedad de este padecimiento.

Así, frente a la historia que se escribe situando al éxito como eje, la visión trágica viene a perturbar el kitsch y a recordarnos que ninguna hazaña es absoluta, que toda exaltación lleva adherida su reverso y que, detrás de la épica deportiva late la ironía que nos obliga a tomar conciencia de nuestra mortalidad. Con una elocuencia que la estadística no puede refutar, el futbol nos instruye que no solo los vencedores merecen figurar en la historia, sino también aquellos que nos recuerdan la humana fragilidad y nos trasmiten una revelación incluso en aquello que aparentemente carece de sentido. ~


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