El problema de American dirt no son los orígenes de su autora

La gran novela americana acerca de la violencia, la pérdida y la inmigración sigue esperando a ser escrita.
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Yo quería que me gustara American dirt, la muy debatida novela de Jeanine Cummins acerca de una joven madre y su hijo, quienes, después de un acto de brutalidad, hacen un intento desesperado por huir de las garras de un cártel en el sur de México. Como periodista mexicano que vive en Estados Unidos y ha escrito bastante acerca de la lucha de mi país con la violencia, así como de la experiencia de la inmigración latinoamericana, incluso quería darle mi apoyo al libro. 

Al principio pensé que a Cummins se le había tratado de manera injusta en la prensa y las redes sociales. Estoy en desacuerdo con muchos de los intentos por cuestionar su derecho de escribir ficción sobre los problemas de México por el solo hecho de haberse identificado como blanca durante mucho tiempo. No hay ninguna razón, literaria o de otra índole, para cuestionar la legitimidad con que un autor puede abordar cualquier tema, y mucho menos con base en su nacionalidad u origen étnico. Tanto en la literatura como en el periodismo abundan los ejemplos de autores que han arrojado luz sobre países y temas que estaban, en un inicio, fuera de lo que les resultaba familiar. Aunque la falta de diversidad en la industria editorial estadounidense me parece deplorable, no me importa en lo más mínimo que Cummins sea blanca, que no sea mexicana ni inmigrante de primera generación. Si quiere escribir sobre México, adelante: México y la experiencia de los migrantes mexicanos son temas estupendos para una novela, y merecen muchos libros sobresalientes, incluso un libro definitivo que, sin duda, podría ser escrito en Estados Unidos por un estadounidense. Además, hasta ahora, no mucha gente en México parece estar realmente preocupada de que una mujer llamada Jeanine Cummins se haya atrevido a escribir sobre nosotros.

También me parecieron interesantes las muy púbicas aspiraciones del libro. Por ejemplo, la posibilidad de que el libro de Cummins pudiera, como prometía su campaña de difusión, ofrecer un antídoto contra algunas aflicciones de la cultura popular estadounidense: la representación crónicamente errónea de México, arraigada en la ignorancia y la indiferencia, y el diluvio de estereotipos sobre el país y sus inmigrantes. American Dirt prometía contrarrestarlas a ambas con personajes complejos y desarrollados con precisión. En un blurb escrito para el libro, Sandra Cisneros, la brillante novelista mexicano-estadounidense, dijo que American dirt era “no solamente la gran novela americana”, sino “la gran novela de las Américas”. (A pesar de la polémica reciente, Cisneros ha sostenido su elogio) La promesa era, pues, que se trataría de una lectura no solo satisfactoria, sino trascendente: una novela que sería emblemática, incluso canónica.

El problema es que American Dirt no es ni lo uno ni lo otro.  

Cummins ha capturado, y no es poca cosa, la importancia que tienen las figuras maternas en los países latinoamericanos. La novela también tiene dosis adecuadas de suspenso y romance. Resulta evidente que Cummins investigó los pequeños detalles sobre México. Conoce Acapulco de pies a cabeza y tal vez pueda señalar sin problema la ubicación precisa del parque acuático El Rollo. Tomó notas con diligencia y, en aras de la autenticidad, salpica la trama con la cuota requerida de conchas, futbol, abuelas y otras palabras en español. Pero lo que Cummins no ofrece es una representación de los inmigrantes (o, para el caso, de los capos de la droga) que sea digna de una gran novela, ya no digamos una novela definitiva.

El libro gira en torno a dos personajes principales: Lydia Quixano Pérez, afligida madre en plena huida, y Javier Crespo Fuentes, el narco que la corteja y la seduce. Ninguno de los dos es representativo ni de las madres migrantes ni de los criminales mexicanos. Lydia es una mujer de clase media. Recibió una buena educación y es dueña de una exitosa librería en Acapulco. Hasta el momento de la tragedia ha tenido una vida pacífica, con un matrimonio feliz y estable. Su existencia es trastornada por un acto de violencia inenarrable que es, por sí mismo, excesivo: el asesinato de los dieciséis miembros de una sola familia sería noticia en todo México. No es algo que ocurra todos los días, contra lo que Cummins, en su demonización recurrente del país, querría hacer creer al lector. (Es un recurso narrativo útil, pero cínico, para dejar a Lydia completamente sola en medio de un mundo de horror desde la primera página, y conseguir que el lector la apoye en su escape a Estados Unidos).

A lo largo de la última década he entrevistado a cientos de mujeres inmigrantes en México y en Estados Unidos; en refugios, iglesias, escuelas y esquinas elegidas al azar por todo California. Ha sido una experiencia esclarecedora. Comparten con Lydia la devoción por sus hijos, y no mucho más. Escapan de la pobreza y la marginación, no de la estabilidad económica clasemediera. No son dueñas de librerías con una sección de autores favoritos escondida por ahí, sino que trabajan en los campos de cultivo, y luchan por alimentar a sus familias. A menudo huyen de esposos alcohólicos, abusivos o ausentes, y no de un incómodo triángulo amoroso con un narco azotado y con pretensiones de dandy. Sí: sin duda hay mujeres migrantes como Lydia Quixano Pérez, pero Lydia Quixano Pérez está lejos de ser un emblema digno de las mujeres migrantes. 

Su antagonista es aún menos convincente. Javier el capo es un latin lover cortés y un ávido lector. Cita alegremente a Gabriel García Márquez y parece disfrutar a Sebastian Barry, para infinito deleite de Lydia. Poeta mediocre y romántico empedernido, el señor del narcotráfico ideado por Cummins es sofisticado al punto de ser paródico. “En otra vida, podría haber sido Bill Gates”, le dice a Lydia su esposo, mientras el potencial Gates trata de seducir a su mujer con una caja de chocolates traída directamente de Jacques Genin, en el séptimo arrondissement de París.

De nuevo. Esto no significa que Javier no sea un personaje divertido y a menudo aterrador. Lo es. Pero no es emblemático. Los capos de la droga mexicanos no son poetas en ciernes que leen literatura irlandesa y disfrutan finos bocados de cocoa traídos de Francia. Más bien se parecen a gente como Juan Ulises Laredo, “El Virus”, líder de una de las pandillas que controlan la región descrita por Cummins. O como Nemesio Oseguera, “El Mencho”, cabeza del Cártel Jalisco Nueva Generación, la organización criminal más peligrosa y violenta de México. Ninguno de ellos podría haber sido Bill Gates, ni en esta vida ni en ninguna otra. Cummins habrá creado a un delincuente interesante, pero Javier es pura ficción. No es una representación precisa de los criminales mexicanos.

Y todo esto nos lleva al verdadero problema del libro: la decisión de empaquetar y vender American Dirt no como una golosina, sino como ficción que debe ser considerada emblemática. Flatiron Books, (la editorial que publica el libro), los por lo demás destacados autores que ofrecieron citas favorables, y todos aquellos que han promovido el libro como si Cummins fuera la reencarnación de John Steinbeck han insistido en que American Dirt es una obra de arte transformadora, que quiere despertar un debate más profundo sobre la violencia, la inmigración y el nativismo estadounidense. Esto no puede suceder a partir de personajes con los que los propios migrantes jamás podrían sentirse identificados. La gran novela americana y la gran novela de las Américas acerca de la violencia, la pérdida y la inmigración sigue esperando a ser escrita. Honestamente, no me importa quién lo haga.

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