Hasta encontrarlo

Bien despistada hay que estar para ir a Rilke a pedirle un masajillo, y a dónde nos llevará alternar su lectura con los fandangos.
AÑADIR A FAVORITOS

¿El día va de pintura antigua? Solo al llegar a casa me doy cuenta de que el libro y el disco que acabo de comprar tienen un vínculo más allá de mi indiscernible impulso adquisitor. Por un lado, Notas sobre la melodía de las cosas, de Rilke, publicado por José de Olañeta en 2020, y por el otro una antología del cante flamenco dedicado a los palos gaditanos. Si fuese un disco de rondeñas, sabríamos ya por qué va en la bolsa con el librito de Rilke. Pero hay entre los cortes del vinilo unos tanguillos que toca a la guitarra Félix de Utrera y canta Pericón de Cádiz: Subasta de cuadros antiguos, y el libro ha nacido de la contemplación de la pintura de los renacentistas italianos, y aunque no tienen nada que ver coinciden en ese repaso a los maestros antiguos.

Yo había salido a despistarme un poco porque con la cosa otoñal me había levantado desasosegada. Aunque está todo precioso, de color, de volúmenes y de luz, el espectáculo natural no me apacigua. Reconozco un trino alegre en las doradas navajitas de las hojas de los árboles aplastadas contra el suelo mojado, pero sigo con el aliento cortado. Bien despistada hay que estar para ir a Rilke a pedirle un masajillo, y a dónde nos llevará alternar su lectura con los fandangos, pero hete aquí que en el tabanco en que nos metemos estos extraños compañeros, en el segundo cuadro advierte el poeta de Bohemia:

Imaginar no puedo un saber
más dichoso que este:
es preciso convertirse en aprendiz.

El tono perentorio es similar al que utiliza en el famoso último verso de su poema Torso de Apolo arcaico: “[…] Debes cambiar tu vida”, y como está el bohemio con los flamencos ese torso arcaico se transforma en el tronco negro del faraón que decía Manuel Torre que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, en el cante jondo. Está bien: me digo que si hay que empezar por algún lado es más sencillo convertirse en aprendiz que cambiar la jonda vida propia, y así nos animamos.

Lo que canta Pericón de Cádiz por su parte es que tiene tres cuadros “de Zurbarán y del gran Murillo / que valen treinta mil duros / a precio de baratillo / y para venderlos pronto / los voy a dar por la mitad”. A continuación, y con alegres tonos mayores, pasa a describir los cuadros, que es más o menos lo que hará Rilke a su estilo en su paseo: el palacio donde un célebre turco tuvo su harén en el siglo V, luego un guacamayo que tuvo don Pelayo en su alcoba y por fin un sofá donde se sentaban juntos Adán y Eva y donde se comieron una manzana un día que tenían hambre. Son unos tanguillos llenos de gracia.

A partir de ahí vamos con Rilke recorriendo la galería de pintura italiana, y lo que él saca de la contemplación de esas figuras me llega como una guía para recuperar el punto en que nos hemos levantado del sofá con la manzana mordisqueada y nos hemos separado de los demás, en el que hemos perdido el compás (recuerdo que el libro se llama Notas sobre la armonía de las cosas) y nos hemos quedado como marionetas aisladas. Es grave y tremendo pero hay algo alegre en reconocer que hay un fondo donde podremos recuperar la ligazón, por mucho que ahora se haya perdido. 

El libro habla de los fondos de los cuadros, del “paisaje que les es común” a las figuras, y tabla a tabla extrae algo que habla de nuestra manera de vivir, de cómo tratamos de comunicarnos unos con otros mientras la unión sincera se nos ha vuelto imposible: “El fondo de oro aísla cada figura, el paisaje brilla detrás de ellas como un alma común”, o “Nuestra realización se produce en la lejanía de los fondos luminosos. Allí es donde se expresan movimiento y voluntad […] Allí estamos, mientras que, en el primer plano, vamos y venimos sin más”. No nos invita a tomar las figuras dispersas por las tablas renacentistas como una metáfora de las relaciones entre los seres humanos, sino como muestras auténticas de la transfiguración que se da en el arte. Hay una impresión curiosa que ha cantado Pericón sobre el guacamayo pintado, y que encuentra una resonancia con las apreciaciones de Rilke: “Mientras más se mira / más lejos se ve”. Es curioso que elija esa característica del cuadro, teniendo tan pocas líneas para describirlo. Debe de ser algo importante y llamativo de esa pintura.

Algo muy bonito y muy claro en el cuadro séptimo del librito: “Y también hay momentos en que una persona se alza ante ti en silencio y claridad con toda su grandeza. Son júbilos singulares que nunca olvidarás. A partir de ahora amarás a esa persona. Esto significa que pondrás todo tu esmero en recrear con tiernas manos el contorno que ella habita, su personalidad, como tú la conociste en ese instante”. Es una transfiguración. He aquí algo a lo que podemos aspirar, que está a nuestro alcance a pesar de que sea algo extraordinario. En la subasta de los cuadros antiguos lo dan por la mitad, pero apostaría a que podemos sacarlo gratis.