Carlos Tischler/ Eyepix Group/eyepix via ZUMA Press Wire

El amor por el futbol es una cosa muy rara

La selección mexicana cumple 92 años de participar en Mundiales, haciendo siempre el ya merito y el sí se puede, pero nunca pudiendo y nunca llegando. Aun así, la afición la apoya siempre.
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Después de semanas de un Mundial rompequinielas, donde no clasificaron los italianos, se fueron los alemanes y avanzaron los marroquíes hasta donde nunca lo hubieran imaginado, dejando fuera a los españoles, podemos hacer análisis de toda índole: que si las potencias quedaron debiendo, que si el VAR salió sobrando, que si el Tata se durmió en sus laureles, que si los arqueros se lucieron como nunca, que si los mediocres fracasaron como siempre. Tenemos numeralia para esto y mucho más.

Sin embargo, hay algo que no se mide en minutos de posesión del balón, que no se calcula con tablas de clasificación ni con récords de goleo, que no tiene estampita en el álbum Panini, que no trasciende porque nadie lo entiende, y que sobrevive porque tiene su propio sistema nervioso, mágico, autónomo e independiente: es la afición mexicana que cada cuatro años nos recuerda que tiene un músculo a prueba de balas, por más que la maltraten, por más que la pisoteen.

Siempre existe la opción de ponerse cursis y recurrir al cliché barato, pero es un riesgo que bien vale la pena correr: los mexicanos que vemos el futbol somos únicos. Y no necesariamente lo digo con orgullo.

No conozco una afición como la mexicana. Y seguro pensarán en los argentinos, entregados, apasionados, que viven y respiran futbol, que gritan y se desgañitan, que llevan la camiseta pegada al cuerpo desde que nacen y hasta que mueren. Y sí, pero ellos, los argentinos, a diferencia de nosotros los mexicanos, que también gritamos y nos emocionamos un montón, cada cuatro años, cada Mundial, cada Copa América, cada partido amistoso, salen a la cancha con argumentos para disputar un encuentro… para disputarlo y para ganarlo. No sé si es un tema de confianza, de piernas, de preparación o de cartas credenciales, no sé si es un tema de nacionalismo, de arraigo o de orgullo o de todas las anteriores, pero ven el futbol de una forma distinta, de una forma que envidio.

Además de compartir el idioma, el continente y el amor por el futbol, los argentinos y los mexicanos compartimos algo mucho más profundo, más primitivo, más básico; algo que tiene que ver con un mero instinto de supervivencia: la necesidad de aferrarnos a algo, a una pequeña alegría, a un pequeño logro, a un momento luminoso, a tener un poquito de fe, un poquito de esperanza, vamos, a mostrar tantita dignidad. Pero cuando ellos se paran en la cancha creen fielmente que pueden ganar, y ganan. Nosotros nunca creemos que podamos ganar. Y hasta cuando ganamos salimos perdiendo.

Somos la afición que cada cuatro años supera en boletos comprados para asistir al Mundial a Argentina, Francia, Brasil y Alemania, con una diferencia importante: todos ellos han ganado entre dos y cuatro mundiales. Nosotros… bueno, nosotros ninguno.

La historia de los Mundiales se remonta a 1930, cuando Uruguay fue sede. El primer gol oficial en un encuentro de esta índole fue ahí, contra México, donde nos pasaron por encima 4-1, y desde entonces las cosas no han cambiado mucho. A 92 años de aquello, nuestra selección sigue haciendo el ya merito y el sí se puede, pero nunca pudiendo y nunca llegando. Y la afición… siempre apoyando.

Dicen que no hay mal que dure 100 años. Mientras tanto, nosotros, los que vemos y gritamos, aquí seguiremos, estoicos como siempre, con muchas esperanzas y poco futbol, deseando que algún día esta fiel afición reciba un poco de justicia por tanta entrega, tanta paciencia y tanto tesón.


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