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La fiesta que expulsó a sus fieles

La FIFA nunca ha estado separada del poder. Hoy, ha cambiado la política por algo más burdo: la extracción comercial.
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A mi papá, que jugó fútbol toda su vida y que, ya más grande, siguió corriendo en las canchas del Ajusco con la misma pasión y entrega de siempre, hasta que la liga, con toda justicia y humor, lo bautizó como “el INSEN”.

La Copa del Mundo nació en 1930, apenas unos años antes de que Europa se incendiara con la Segunda Guerra Mundial. A diferencia del olimpismo, más atrapado en las tensiones ideológicas del siglo XX, la FIFA procuró construirse una imagen de neutralidad: el fútbol como idioma universal, ajeno a las disputas entre gobiernos. Pero esa promesa nunca resistió del todo el peso de la realidad. El Mundial de 1942, al que Alemania aspiraba, terminó cancelado mientras la guerra devoraba Europa. Durante la guerra, Ottorino Barassi, vicepresidente de la FIFA y presidente de la Federación Italiana de Fútbol, escondió el trofeo Jules Rimet en una caja de zapatos, debajo de su cama, para impedir que cayera en manos nazis.

Desde entonces, la neutralidad formal de la FIFA se ha vuelto más ambigua: una bandera útil para presentarse por encima de la política, pero también una coartada bajo la cual ha aprendido a administrar exclusiones, concesiones y silencios. El fútbol siguió hablando el idioma universal del juego. La institución que lo gobierna, en cambio, fue aprendiendo otro: el del poder.

En 2022, la suspensión de Rusia tras la invasión de Ucrania terminó por revelar cuan elástica era esa neutralidad. FIFA y la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol suspendieron a las selecciones y clubes rusos de las competencias internacionales. No se trataba de una infracción deportiva, ni de un caso ordinario de corrupción o dopaje: era una decisión abiertamente geopolítica.

A diferencia de otros episodios, como el aislamiento deportivo de Sudáfrica por el apartheid, o la exclusión de Yugoslavia durante las guerras balcánicas, la sanción contra Rusia no nació de un mandato específico del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La FIFA actuó antes que el andamiaje formal de la diplomacia internacional. Bajo la bandera de la neutralidad, el organismo que dice proteger al fútbol de la política terminó haciendo política por otros medios: administrando castigos, midiendo costos reputacionales y decidiendo cuándo la pelota puede seguir rodando y cuándo debe detenerse.

La neutralidad de la FIFA no se ha puesto a prueba únicamente en comunicados, vetos o sanciones formales. A veces se ha filtrado por el lugar más sensible del fútbol: el silbato. En el Mundial de Inglaterra 1966, Sudamérica salió con la sensación de haber jugado contra algo más que once rivales. Brasil, bicampeón vigente todavía liderado por Pelé, fue eliminado en primera ronda después de partidos ásperos, casi punitivos, en los que la violencia contra su estrella contó con una completa tolerancia arbitral. Uruguay cayó en cuartos ante Alemania Federal con dos expulsados y un árbitro británico. Argentina perdió contra Inglaterra en Wembley después de la expulsión del legendario Antonio Rattín, su capitán, en un episodio que quedó como una herida fundacional de la rivalidad entre ambos países. La FIFA organizaba el escenario, elegía árbitros, administraba reglas y silencios. Nunca se probó que hubiera una consigna para que el trofeo se quedara en Europa, pero la impresión fue que una mano invisible había ido cerrando el camino de los sudamericanos mientras abría el de los europeos.

Otro ejemplo está en el Mundial de Argentina 1978. El país vivía bajo la dictadura militar de Jorge Rafael Videla, responsable de secuestros, torturas y desapariciones. Para el régimen, organizar la Copa del Mundo no era solo recibir un torneo: era proyectar al exterior la imagen de un país unido, estable y festivo. La FIFA permitió que el torneo siguiera adelante bajo esa normalidad fabricada.

La intriga alcanzó un punto álgido en el partido entre Argentina y Perú. Argentina necesitaba una goleada para superar a Brasil por diferencia de goles y llegar a la final. Antes del encuentro, Videla entró al vestidor peruano acompañado por Henry Kissinger. Oficialmente fue una visita protocolaria, pero varios jugadores peruanos la recordaron después como una forma de presión. En aquellos años, Washington veía a varias dictaduras militares de América Latina como muros de contención frente al comunismo, y Kissinger encarnaba la lógica dura, pragmática e indiferente ante los costos humanos de la represión.

Argentina ganó 6-0. Con los años, reportes periodísticos señalaron que, alrededor de aquel partido, el gobierno argentino envió miles de toneladas de grano a Perú y liberó cantidad de activos peruanos congelados. No se probó que el resultado hubiera sido comprado, pero la sospecha quedó instalada: la diplomacia, la dictadura y el fútbol se mezclaron bajo la mirada complaciente de la FIFA.

Hoy, la complicidad de la FIFA luce menos ideológica y más comercial. Ya no necesita proteger a un régimen para traicionar la promesa popular del fútbol: le basta con convertir cada minuto del juego en inventario vendible. El Mundial 2026, con 48 selecciones, 104 partidos y tres países sede, se anuncia como la Copa más inclusiva de la historia, pero también como la más expansiva, costosa y administrada como una plataforma global de entretenimiento.

Los boletos inaccesibles, las quejas por asientos vacíos y las pausas de hidratación transformadas por las televisoras en vitrinas publicitarias alimentan la sospecha de que, aun cuando la FIFA sigue diciendo que el futbol pertenece a la gente, cada vez lo organiza más como un producto mercantil, impecablemente empaquetado y vacío de alma.

De hecho, la FIFA podría estar canibalizando su propio producto. Un Mundial con boletos de 200 dólares en fase de grupos, de más de 2 mil dólares para la final, reventas absurdas de hasta millones de dólares, no solo excluye a los aficionados comunes; también cambia la energía del estadio. Si el público se vuelve más corporativo, y silencioso, la transmisión pierde parte de lo que la hace irresistible: el ruido, la pasión, la sensación de acontecimiento popular. La paradoja es que los ultrarricos están pagando por una experiencia “auténtica” que su propia presencia puede volver menos auténtica. El fútbol vende pueblo, pero cada vez se parece más a una junta corporativa con himnos nacionales.

En México esa contradicción es todavía más visible. El país recibirá al mundo con estadios renovados, zonas para fans, ceremonias, patrocinadores y una narrativa de fiesta continental, pero también con más de 130 mil personas desaparecidas, familias buscando restos en campos de exterminio y una violencia que no se suspende porque empiece el partido inaugural. Mientras la FIFA vende al país como postal de color, música y hospitalidad, debajo de esa superficie hay una nación marcada por ausencias que no caben en la transmisión oficial. La alegría del fútbol puede unir a millones durante un mes, pero también puede convertir el dolor de un país en escenografía administrada.

Quizá por eso este Mundial será una prueba más grande que el torneo en sí. México, Estados Unidos y Canadá presentarán la Copa como una celebración de integración norteamericana, justo cuando la región vive tensiones migratorias, fronteras militarizadas, desigualdad y desconfianza política. La FIFA dirá, como siempre, que el fútbol trae felicidad. La pregunta será para quién es esa felicidad, a qué precio y sobre qué silencios. Si el fútbol nació como el juego del pueblo, su mayor amenaza no es la política que se cuela en la cancha, sino una maquinaria que aprendió a vender la emoción popular hasta vaciarla de pueblo. ~

El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!


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