La verdad de Almudena Grandes

La escritora madrileña, fallecida el 27 de noviembre a los 61 años, construyó con rigor y pasión una obra arrolladora.
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Decía Almudena Grandes que el centro de Madrid para ella era la Glorieta de Bilbao. Sus cuatro abuelos eran del barrio de Chamberí. Madrileña orgullosa, taurina, futbolera, excelente cocinera, matriarca de los suyos y de todos los amigos que caían en su órbita, generosa y optimista incorregible. Fue rebelde y posmoderna antes de aplicarse con rigor, y con la fuerza de su fe en las buenas historias de amor y de lucha, a escribir novelas río que han arrastrado a millones de lectores. En Brooklyn, en Francia, en Italia, en Buenos Aires quien disfrutaba de un libro de Almudena ya no podía renunciar nunca más a su serie de novelas sobre la Guerra Civil, rigurosamente investigadas y fabulosamente inventadas. Persiguió esas historias contadas a veces a media voz y otras narradas en bares entre amigos, historias de guerra y de posguerra que, en los años de la Movida y de furor nocturno, a nadie interesaban, tampoco a ella.   

Pero desde esa niña provocadora y sexi protagonista de La edades de Lulú a La madre de Frankenstein, Grandes nunca cedió a la tentación de dar todo por sabido, nunca renunció a transmitir la pasión a sus lectores. Irresistiblemente humana, cercana y verdadera, la ficción para Almudena era un trabajo muy serio y su compromiso era tan real como su sonrisa y sus carcajadas. No había nada impostado en ella. Cuando hablaba de sus principios como escritora contaba que era entonces una madre separada con un niño pequeño, licenciada en Geografía e Historia y, aunque trabajaba elaborando las entradas para una enciclopedia, encontró la manera de hacer una novela. Disponer de tiempo no era lo fundamental, porque siempre se pueden robar horas al sueño, lo importante es tener algo que contar y el arrojo de hacerlo. Ella iba sobrada. Escritora cuya compromiso principal era con sus lectores, en un directo y cercano tú a tú, más allá de cualquier boato literario, lo mismo puede decirse de su interés por narrar la vida de las mujeres sin teorías feministas de por medio. Mucho antes de que la fiebre por la obra de las escritoras inundara las librerías, Almudena estaba allí hablando de ellas y de ellos, de sexo y de vida, de misterios, de amistad, de encuentros y desencuentros, y más tarde de la Guerra Civil, de exilio, de perdedores y miseria, de la trágica historia de España. Su lealtad al editor Antonio López Lamadrid y al sello Tusquets fue inquebrantable, más allá de la muerte, como lo fue a su esposo el poeta Luis García Montero, a sus hijos, Elisa, Mauro e Irene y a sus amigos que hoy quedaron huérfanos y hambrientos. 

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