Representación de "Campo minado", de Lola Arias. Foto: Tristram Kenton.

Las Malvinas, más allá de la consigna

La consigna “Las Malvinas son argentinas” reaparece en canciones de cancha y discursos políticos. Ante ello, hay voces que apuestan por conocer mejor las islas y desconfiar de los estallidos nacionalistas.
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“Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. El canto atravesó estadios, pantallas y sobremesas durante el último Mundial y la victoria de Argentina frente a Inglaterra funcionó como una suerte de revancha que excedía el fútbol. Desde entonces, la causa por la recuperación de Malvinas parece haber recuperado una presencia inédita en la conversación pública argentina.

La consigna “Las Malvinas son argentinas” que desplegaron los propios jugadores en una bandera sobre el campo de juego reaparece hoy en remeras, recitales y eventos internacionales. A eso se suman los recientes pronunciamientos del presidente Javier Milei en favor del reclamo de soberanía. En un país dividido, las islas parecen conservar una rara capacidad de reunir consensos.

Pero hay una paradoja. Cuanto más presente está Malvinas como símbolo, menos parece conocerse sobre la realidad concreta del archipiélago, su historia y sus habitantes. Esa inquietud atraviesa las obras de dos creadores que dedicaron años a explorar el tema desde el periodismo, la literatura y el teatro: el escritor y periodista Nicolás Cassese, autor de la novela Puerto Stanley, 1982 (2026), y la dramaturga Lola Arias, creadora de la multipremiada obra Campo minado (2016).

Nicolás Cassese, cuya novela, basada en hechos reales, sitúa la acción en la capital de las islas Malvinas durante la guerra de 1982, quiso mostrar desde el punto de vista de los habitantes la transformación de la vida isleña ante la llegada de la flota argentina. Para él, existe una distancia evidente entre la centralidad simbólica de las islas y el conocimiento real que los argentinos tienen sobre ellas. Según dice, el renovado interés por Malvinas se alimenta de una “triple M”: Malvinas, Messi y Maradona. Una constelación de símbolos capaces de condensar identidad, orgullo y pertenencia. Sin embargo, advierte, el entusiasmo suele ir acompañado de un conocimiento insuficiente sobre aquello que se reivindica. “Sobre Messi y Maradona tenemos una cantidad enorme de información. Vimos sus goles, sus gestos, su vida. Sobre Malvinas, en cambio, los argentinos tenemos poca información”, señala Cassese, y sugiere que las islas funcionan como un símbolo que cada sector utiliza para representar algo más amplio: una herida histórica, una reivindicación nacional, la nostalgia de una Argentina perdida.

En este sentido, la polémica que despertó el título de su novela, Puerto Stanley, es reveladora: en redes sociales fue acusado de “vendepatria” por utilizar la denominación británica de la capital isleña. Sin embargo, el autor explica que la elección responde a la perspectiva narrativa de la novela: los habitantes de las islas llaman Stanley a la ciudad. Además, recuerda que la propia prensa argentina utilizó ese nombre durante los primeros días de la guerra de 1982. La cuestión de fondo, sostiene, es otra: “Para nosotros las Malvinas son Malvinas y son argentinas. Pero esa certeza no debe impedir tener una mirada crítica sobre la guerra de 1982”.

A lo largo de tres viajes a las islas, Cassese descubrió una realidad mucho más compleja de la que suele aparecer en el debate público. Conoció a los isleños, reconstruyó los lazos históricos que durante décadas unieron al archipiélago con la Patagonia y fue testigo del conmovedor proceso de identificación de los soldados enterrados sin nombre en el cementerio de Darwin. “Mi tercer viaje fue el más corto, pero el más conmovedor. El 26 de marzo de 2018 fui al cementerio argentino de Darwin con un grupo de madres de soldados caídos en la guerra. El propósito era identificar con placas las tumbas de sus hijos, que llevaban la triste leyenda de los que fueron enterrados sin que se conociera su identidad. Recuerdo en especial a una de las madres. Llegó al cementerio aullando de dolor y se fue con un gesto de alivio. El simple acto de identificar con nombre y apellido a los caídos hizo que el lugar se volviera un poco menos lúgubre. Para los argentinos, Malvinas tiene una infinidad de significados y uno es el que representa aquella madre: una herida dolorosa, pero también un punto de encuentro”.

¿Acaso la literatura, el cine y el teatro ayudaron más al conocimiento de Malvinas que gran parte del discurso político? “Sin dudas, el arte ha sido mucho más rico en aportar conocimiento sobre Malvinas que el discurso público –sostiene Cassese-. Películas como Los chicos de la guerra (Bebe Kamin, 1984) e Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005) moldearon el discurso sobre los padecimientos de los conscriptos. Lo mismo que, desde la literatura y en clave satírica, hizo el escritor Rodolfo Fogwill con Los Pichiciegos (1983). Desde el teatro, Campo minado, de Lola Arias, es brillante, un cross a la mandíbula sobre el sufrimiento de los que combatieron y la empatía con el dolor ajeno. De lo último, a mí me gustó mucho Los vencedores (Pablo Aparo, 2026), un documental minimalista que se atreve a narrar la mirada de los malvinenses. Como era de esperar, también están acusando a su director de vendepatria”.

Todas las voces

En este contexto, no es casual que, a diez años de su estreno, Campo minado, la aclamada obra de Lola Arias, regrese a Buenos Aires en el mes de noviembre.

La relación de Arias con Malvinas nació de un recuerdo infantil. La guerra la atravesó como a toda una generación que creció entre los comunicados militares, la incertidumbre y la omnipresente “Marcha de las Malvinas” de las escuelas públicas. Años después, una invitación para participar de una exposición en Londres sobre conflictos bélicos la llevó a volver sobre esa experiencia. De aquella investigación surgió primero una videoinstalación llamada Veteranos (2014) y luego Campo minado, la obra que reúne en escena a excombatientes argentinos y británicos para reconstruir juntos sus recuerdos de la guerra.

La dramaturga plantea que su trabajo no se centra en dirimir quién tiene razón en la disputa por la soberanía. Lo que le interesa es otra pregunta: ¿es posible comprender el sufrimiento del otro sin renunciar a las propias convicciones? “Campo minado es una obra sobre la enemistad. Sobre si existe el enemigo. Sobre los efectos de la guerra y sobre la posibilidad de algún tipo de encuentro”, explica. En escena conviven las narraciones argentinas y británicas sin que una anule a la otra y el resultado es un espacio donde el desacuerdo permanece, pero no impide la escucha.

La experiencia dejó una marca profunda en la directora, que observó cómo antiguos adversarios lograban construir una comunidad mínima a partir de una historia compartida. “Hace más de 40 años se encontraron en el campo de batalla y hoy se encuentran en un escenario. Esa posibilidad de convivir en el disenso me parece muy importante, especialmente en estos momentos donde todos los discursos tienden a polarizarse. Poder escuchar, poder comprender, poder generar un territorio común”, resume.

Aunque parten de trayectorias diferentes, Arias y Cassese coinciden en desconfiar de los estallidos nacionalistas.

Arias es contundente y se declara distante de cualquier fervor. Considera que, históricamente, distintos gobiernos utilizaron la guerra con fines políticos y observa con desconfianza la reaparición de discursos encendidos alrededor de la causa. “La obra cuenta cómo Thatcher, en el 82, cuando tiene un gran conflicto interior con los mineros, decide emprender la guerra como una forma de posicionar al enemigo en un agente externo, en un ‘otro’ que viene de afuera y así recuperar popularidad. Lo mismo hace Galtieri en Argentina cuando dice: ‘Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla’. Es decir, en un momento en que la dictadura estaba quebrándose, generó un fervor nacionalista para recuperar el apoyo de la ciudadanía. Me parece que Milei hace algo similar a lo que hizo Galtieri en una especie de esfuerzo por ganarse la popularidad y el respaldo de la gente”, plantea. Cassese, por su parte, sostiene: “Para Milei es pura ganancia abrazar la causa Malvinas. Se protege de uno de sus flancos débiles, que es ser acusado de entreguista”.

Lejos de fomentar el desinterés, sin embargo, ambos creadores proponen algo distinto: reemplazar la consigna por la pregunta, la épica por la investigación, el reflejo identitario por el conocimiento. Quizás ahí radique una de las paradojas más productivas del actual momento malvinero. Mientras las islas recuperan centralidad como emblema nacional, quienes las estudiaron, las recorrieron o las convirtieron en materia artística insisten en que lo crucial sigue siendo conocer mejor aquello que se dice defender. Malvinas es al mismo tiempo una causa, una herida, un duelo y una historia demasiado compleja para reducirla a una sola bandera. ~


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