Lee Friedlander

Lee Friedlander, la sombra del fotógrafo

Fundación Mapfre acoge en su sede en Madrid una exposición del fotógrafo: hay autorretratos, portadas para músicos de jazz o imágenes de las marchas de los movimientos civiles, pero también una serie tomada en habitaciones de moteles.
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“Sospecho que es el interés en uno mismo lo que le lleva a mirar a su entorno y a mirarse a sí mismo.” Así explicaba el estadounidense Lee Friedlander en el texto que acompaña la segunda edición de su libro Self Portrait el impulso que lo había llevado a hacerse fotógrafo. Uno de los temas recurrentes de su trabajo han sido los autorretratos, pero esas palabras sugieren que también nos encontramos y podemos retratarnos en cualquier cosa de las que nos rodean, si nos detenemos a mirar.

Es característico de los autorretratos de Friedlander su aparición en el cuadro en forma de sombra o de reflejo. Es uno de los juegos más antiguos y más sencillos, en su caso registrado en blanco y negro con la Leica con la que se ganaba la vida desde los 14 años y con el paso del tiempo con las cámaras de medio formato que utiliza hasta hoy. Algunos de sus autorretratos, entre otras fotografías, pueden verse en la exposición que hasta el 10 de enero está abierta en la Fundación Mapfre de Madrid, como parte de la programación de PHotoEspaña.

La exposición está organizada con criterio cronológico e incluye una representativa selección de su producción de los años 50 y 60. Friedlander era muy aficionado al jazz y además consiguió convertirlo en su modo de vida: la primera sala muestra una selección de las portadas que realizó para la discográfica Atlantic Records y los retratos que sacó a figuras como Ornette Coleman, Duke Ellington, John Coltrane, Sara Vaughan, Aretha Franklin, Ray Charles, Miles Davis o Charles Mingus, esta vez en color, a veces en plena actuación, y siempre en planos muy cercanos. Los retratos se reunieron en el volumen American Musicians, publicado en 1998.

Desde sus comienzos Friedlander combinó la fotografía de músicos con el trabajo para diversas revistas ilustradas como Esquire o Sports Illustrated. La exposición individual que le organizó en 1963 Nathan Lyons, director del George Eastman Museum de Rochester y valedor de los jóvenes fotógrafos americanos como Bruce Davidson o Duane Michaels —que en realidad eran de su edad—, le dio la oportunidad de dedicarse más intensamente a su obra propia. En 1964, y gracias a una beca de la John Simon Guggenheim Foundation, hizo un viaje por Europa. De sus paradas en Madrid, Barcelona, Málaga, Mijas o Fuengirola hay una serie de fotografías en la exposición: es muy graciosa una vista de ambiente desértico de unos carteles diseminados muy característica de la España de los años 60, como también lo es un autorretrato del fotógrafo en un escaparate que muestra la maqueta de una promoción de apartamentos de verano, que queda como imagen del desarrollismo.

En 1967 el director de fotografía del MoMA, John Szarkowski, contó con Friedlander para su exposición New Documents, que también exponía el trabajo de Diane Arbus y Garry Winogrand. La muestra, que recogía un centenar de fotografías en conjunto, se considera un hito en la historia de la fotografía americana y estuvo girando por universidades y museos de todo el país.

En una misma sala se exponen una serie de retratos a personajes conocidos o anónimos y el conjunto tomado en mayo de 1957 en Washington D.C., durante la Peregrinación de plegaria por la libertad. El combo es interesante. La parte dedicada a los retratos resulta austera, apenas aparecen más elementos que los propios retratados. Entre ellos aparecen sus colegas de exposición Diane Arbus y Garry Winogrand, y hay también un retrato de Jean Genet que lo muestra de perfil, tomado como al azar, en un gesto muy espontáneo que transmite una concepción casual del retrato muy propia de la estética de Friedlander.

Por otro lado, la serie dedicada a la Peregrinación en Washington refleja la multitud, una reunión de personas y banderas, entre las que destaca la fotografía de Mahalia Jackson dirigiéndose a los asistentes, casi al límite izquierdo de la imagen, mientras en el extremo derecho Martin Luther King escucha muy serio y mirando al suelo, y casi parece como sacado de otra fotografía y pegado sobre esa. Una bandera medio ondeante corta el cuadro y le da el aire fragmentario que es propio de Friedlander, de quien a veces se dice que compone las imágenes como puzles.

Probablemente la sección más chocante de la exposición sea la dedicada a la serie The Little Screens, tomada en los años sesenta en habitaciones de moteles. En ella no aparece ninguna persona, en contraste con las otras fotografías. O sí aparecen, pero siempre de un modo mediado y casi embrujado. Se trata de composiciones en interiores desiertos, quizá con una butaca vacía, una cama deshecha, una chaqueta mal colgada de una percha, en los que siempre se repite un elemento: un aparato de televisión desde el que una o varias personas mira a cámara. Estas resultan las imágenes más compuestas de Lee Friedlander, aunque mantienen el encuadre aparentemente despreocupado y la recurrente invasión de los primeros términos que podemos ver en todo su trabajo. En contraste con todas las series anteriores, bullentes de vida, de paseantes, de músicos, este conjunto conserva, después de sesenta años, un aire amenazante, la intuición de un mundo ajeno del que casi podemos oír el zumbido.

 


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