Los niños de la frontera

La detención de más de 50 mil niños sin compañía adulta en la frontera entre México y Estados Unidos es una vergüenza para toda la región.
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Para el complicado patrón migratorio entre Estados Unidos, México y Centroamérica, el escándalo de miles de niños hacinados en distintos albergues en el sur estadounidense debe representar un parteaguas. La detención de más de 50 mil pequeños sin compañía adulta en la frontera entre México y Estados Unidos es una vergüenza para toda la región: viajan solos, recorriendo dos mil kilómetros desde tierra centroamericana, para dejar atrás un lugar devastado por la violencia, la pobreza y la desolación más absoluta. Imagine el lector la experiencia por la que atraviesa un niño de doce años de edad (o, peor todavía, una niña de esa edad) mientras cruza el temible espinazo mexicano, en la penumbra de un tren asediado por criminales, violadores y traficantes. Ahora multiplíquelo por 50 mil. ¡Y esos son sólo los niños detenidos!

Hay varios motivos detrás de la tragedia. Primero está la crisis en la que están hundidos varios países centroamericanos, empezando por Honduras, de donde provienen al menos 15 mil de los niños detenidos. Para muchos de esos jovencísimos migrantes, la vida era ya imposible en sus países de origen. Muchos viajan tras haber sido amenazados, en términos aterradoramente concretos, por la violencia. No se van porque aspiren el sueño norteamericano, se van porque tienen que huir de la pesadilla centroamericana. Como los niños refugiados sirios del otro lado del mundo, lo suyo es la supervivencia. Irse o morir. No hay más.

El final del flujo circular de la migración también ha jugado un papel. La migración infantil era innecesaria cuando los padres indocumentados se creían capaces de dejar Estados Unidos para visitar a la familia en sus países de origen. Si podían ir y venir sin mayor problema, ¿para qué arriesgar a los hijos pequeños? Por desgracia, después del once de septiembre, la frontera estadounidense ha ido cerrándose paulatina pero inexorablemente. Ante el riesgo de no poder reingresar con facilidad, un gran número de indocumentados ha optado por permanecer en Estados Unidos, suspendiendo cualquier cercanía con las familias que dejaron atrás. Para muchos de ellos, el sacrificio ha sido intolerable: traer a los hijos a Estados Unidos como sea se ha vuelto el único camino factible para no perder la más mínima semblanza de familia.

Por desgracia, la desinformación también explica el drama. Parece ser que las redes sociales y el simple y llano rumor de boca en boca han diseminado la versión de que Estados Unidos ofrece albergue para niños víctimas de violencia. La posibilidad de una reforma migratoria próxima también parece un anzuelo, aunque no haya ningún proyecto de ley que pretenda beneficiar a niños migrantes indocumentados de reciente arribo. Y aunque, dado el caos de las cortes de migración acá, el proceso de deportación para niños centroamericanos puede en efecto implicar una estancia prolongada en Estados Unidos, lo cierto es que los pequeños migrantes y los adultos que los envían actúan más desde la fe que desde la evidencia. No: Estados Unidos no es ningún santuario.

¿Qué hacer, entonces? A mediano plazo, la única respuesta es la que ya ha ofrecido Margarita Zavala en el periódico El Universal. La señora Zavala, que dedicó buena parte de su notable esfuerzo como primera dama precisamente a la migración infantil, explicaba hace poco que “debe trabajarse para que en los lugares de origen se generen incentivos y que el niño o la niña prefiera quedarse que arriesgarse a viajar. A la pregunta que me hicieron en Washington sobre ¿cómo evitar la migración de los niños y niñas? La respuesta es sin duda: con el desarrollo de las comunidades de origen”. Lo que se necesita, me parece, es una suerte de Plan Marshall para Centroamérica. No queda otra más que desear que llegue pronto el día en que Estados Unidos comprenda que la manera de revertir la marea migratoria es atender el origen y no aventarle miles de millones al barril sin fondo de la estrategia punitiva en la frontera.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)