Imagen: Émile Bayard, via Wikimedia Commons

Mátenlos a todos

La historia de una matanza ocurrida en 1209 suscita una pregunta: ¿cuándo deciden los muchos defender a los pocos?
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Estoy en Beziers. Las guías me indican que visite la catedral de Saint-Nazaire, o San Názaro, la iglesia de santa Magdalena, el Jardín de los Poetas, que coma en “el mercado más bello de Francia” y beba los vinos de la región, atraviese el puente Viejo, mire las esclusas y otras lindezas. Todo bien. Faltan las palabras más famosas que se han pronunciado en esa ciudad: “Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius” o bien, “Mátenlos a todos. Dios reconocerá a los suyos”. Las dijo Arnaldo Amalric, el enviado papal para la cruzada albigense y se desató una matanza de veinte mil personas, incluidos ancianos, mujeres, niños y curas, casi toda la población de Beziers.

Se cuenta que el obispo de la ciudad había dado a los invasores una lista de doscientos veintidós herejes que debían eliminar, pero los pobladores decidieron no entregarlos.

Tal matanza ocurrió el 22 de julio de 1209.

Más que repasar esta historia y hablar de cuán contento se mostró el papa Inocencio III al enterarse del exterminio, me puse a pensar en eso de pagar justos por pecadores. En este caso, la decisión de los muchos de defender a los pocos.

Aunque a veces, son pocos los justos que pagan por los muchos pecadores, según se nos dice acerca de Sodoma y Gomorra.

En Las suplicantes, de Esquilo, cincuenta mujeres conocidas como las Danaidas huyen de Egipto para evitar un matrimonio que no desean, y solicitan asilo en Argos. De no obtenerlo, todas se habrán de quitar la vida. “Estoy muerta de miedo. Quisiera conseguir un mortal lazo, colgarme de una soga, antes que un hombre odioso me rozara la piel. ¡Mejor es que en mí, muerta, reine Hades”.

Luego de deliberar, los argivos deciden protegerlas, así se provoque una guerra contra los egipcios. No llegamos a ver lo que ocurre, pero las últimas palabras del enviado egipcio lo dan a entender: “Ambos imaginamos que está estallando ya una nueva guerra”.

Eurípides tiene una obra de tema emparentado con la de Esquilo: Los Heraclidas.

Los hijos de Heracles se refugian en Atenas. Sus enemigos los exigen de vuelta y, al no concedérseles la petición, comienza una guerra.

Lisias lo resume así:

Cuando Heracles desapareció de entre los hombres y sus hijos huían de Euristeo y los expulsaban todos los griegos –avergonzados, sí, por su comportamiento, pero temiendo el poderío de Euristeo–, llegados a este país, se sentaron como suplicantes junto a los altares. Como Euristeo los reclamara, los atenienses se negaron a entregarlos. Era mayor el respeto que sentían por la virtud de Heracles que el temor a su propio riesgo, y tenían en más combatir en favor de los débiles en unión de la justicia que entregar a los poderosos, por congraciarse con ellos, a quienes eran agraviados por éstos.

Cuando en 1829 llegó Alexander Griboyédov a hacerse cargo del puesto de embajador de Rusia en Persia, de inmediato recibió a un eunuco y dos esclavas que le solicitaron asilo. Una turbamulta rodeó la embajada para exigir que devolvieran a los tres prófugos; pero ante todo estaba el inalienable derecho de asilo. La embajada terminó asaltada y quemada y resultaron muertos todos los funcionarios, el eunuco y las esclavas. Al embajador y dramaturgo Griboyédov lo decapitaron en un puesto de kebab y su cuerpo lo arrastraron por Teherán.

Alguna tradición de asaltar embajadas hay en esas tierras. También en Ecuador. Pero ya no se defiende a los asilados con la vida.

No sé si los maestros de escuela continúen con esta tradición: al descubrir una fechoría amenazan a todo el grupo, a menos que delaten al culpable. Es una estrategia poco inteligente. En mi era de estudiante, jamás nadie acusó a nadie para salvar el pellejo. Pero estos son todavía juegos de niños. En negociaciones de vida o muerte de seguro que pueden valer otros criterios.

A veces es tiempo perdido preguntarse “¿qué haría yo en caso de…?”, pues el ser humano suele ser más valiente en la imaginación que en los hechos. Hay que esperar la situación que exige valor para saber de qué estamos hechos. Aunque también es cierto que el valor es algo que puede aprenderse a priori.

Para los griegos, estas historias tienen que ver con el valor, la justicia, los principios. Para los católicos, era otra cosa: sumisión a la Iglesia o muerte, obediencia o infierno. Se reconoce, por supuesto, el valor y la determinación, pero solo si se defiende la verdadera fe.

Al final no hallé a los veinte mil muertos de Beziers. Seguí los consejos para los visitantes y me comí una tielle, o sea, una especie de empanada rellena de pulpo; unos deliciosos encornets farcis, o sea calamares rellenos, unos riñoncitos, buenos vinos de la región, todo con pain à discrétion, como escribe Balzac en Las ilusiones perdidas.

La historia cuenta que Beziers quedó desierta luego de la masacre, los incendios y la ruina, y que muy pronto comenzó a reconstruirse y rehabitarse. Quizás ésa sea la lección. ~


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