¿Por qué quiero que gane México?

Un triunfo, por más insubstancial que parezca, es una felicidad que cura y reanima. 
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Desde el principio de la Copa del Mundo he estado siguiendo las crónicas que escribe Aleksandar Hemon desde Bosnia para el blog mundialista de The New Republic. Hemon es un novelista mágico, tremendo intérprete de la dolorosa historia de su país y de su propia trayectoria como exiliado. Hemon es, además, un gran aficionado al futbol. Por eso decidió volar a Sarajevo para narrar, con la maestría que lo ha hecho famoso, la ilusión que había provocado en el minúsculo país (de los que juegan en Brasil, sólo Uruguay tiene una población menor) el debut de su equipo en un Mundial. Hemon hizo la crónica de lo que significa para un país como el suyo, que ha pasado por tanto dolor, tener a los “Dragones” (el apodo del equipo nacional) representándolo en Brasil. De manera conmovedora, Hemon platicaba hace unos días cómo Sarajevo entera se había paralizado para ver el debut contra Argentina: incluso la Plaza de la Liberación en el centro de Sarajevo fue rebautizada como “El nido de los dragones”. “La realidad, por dura que sea, ha sido temporalmente suspendida a lo largo y ancho de Bosnia Herzegovina”, decía Hemon, con un dejo de nostalgia y, sí, de ilusión ante el posible arribo de días de felicidad; esa simple, pasajera pero indudable felicidad que provee el futbol.

Ayer, cuando tuvo que escribir de la eliminación de Bosnia contra Nigeria, el desánimo de Hemon era evidente. Por algunos días, los bosnios habían soñado con “ser redimidos por la grandeza del equipo nacional”. En esa frase no hay sarcasmo alguno. De acuerdo con Hemon, los Dragones bosnios de verdad tenían la capacidad no solo de proveer de alegría sino de, quizá, promover una suerte de improbable catarsis social. Tanto poder le atribuía Hemon al equipo de Susic que, una vez consumada la derrota contra Nigeria, escribió lo siguiente: “La redención ya es imposible: el fuego en Bosnia Herzegovina puede estar cerca de encenderse”.

Estos días he pensado mucho en Hemon y la compleja dinámica entre los bosnios y su equipo de futbol, sobre todo cuando me topo con quienes, desde México, desean abiertamente la derrota de la selección nacional. También, claro, he leído a las voces pesimistas de siempre, esas que suponían que México iría a Brasil a hacer el ridículo. Pero esas no son nuevas ni me preocupan: en el futbol, como en todo lo demás, el pesimismo es una elección respetable y todo mundo tiene derecho a equivocarse. Pero una cosa es ser pesimista y otra muy distinta desear que el equipo mexicano quede eliminado hoy en su juego contra Croacia.

¿Qué mueve las pasiones de aquellos que de verdad añoran semejante desenlace?

Mi primera intuición sería acusarlos de ser impermeables a la felicidad. Pero es un argumento sin complejidad además de ser, quizá, injusto. Prefiero quedarme con algo que infiero desde las reflexiones de Hemon: aquellos que sueñan con el descalabro del equipo mexicano sufren de miopía social.

No es casualidad que los bosnios optaran por acordar una tregua consigo mismos durante la Copa del Mundo. El futbol es, quizá, la única celebración inofensiva y limpia que nos queda de la idea de nación. En el mejor sentido, el equipo en la cancha representa al país y decir lo contrario es ocioso. Cuando los aficionados bosnios se reunían en la plaza central de Sarajevo envueltos en su bandera, aclamaban a sus jugadores pero también a su patria: su identidad, su existencia misma. Lo mismo ocurre con los aficionados mexicanos. Y no se trata de demagogia chovinista: hablo de vínculos reales. Pienso, como siempre, en lo que el equipo significa, por ejemplo, para los millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. La selección mexicana es un lazo palpable y festivo con la patria original. Un triunfo del equipo es la reafirmación de la fortaleza de las raíces, en palabras de Hemon “la posibilidad de una redención”. Es una felicidad que cura y reanima, por más insubstancial que parezca. Negar ese efecto –y, encima, desear que ocurra lo contrario– es un acto de egoísmo y, sí, de ceguera social.

Por eso, porque el futbol es un bálsamo y un paréntesis de júbilo, deseo que el equipo de Miguel Herrera avance a octavos de final. A los mexicanos no nos sobran alegrías.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)

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