En una de sus cartas, el cura y escritor del siglo XVIII, José Francisco de Isla, termina diciendo que dirige sus oraciones “precisamente al único fin de que Dios me dé una buena muerte”. Si esta Nochevieja yo hubiese estado brindando con él, en el momento en que llegan las campanadas y se dan los abrazos y los buenos deseos, me habría costado trabajo decirle: “Querido José Francisco, ojalá este año te mueras bien”. No podría hacerlo aun entendiendo que sus deseos son los de un creyente, que se ajustan al adagio: “Quien bien muere, la mejor tumba tiene; quien muere pecador, tiene la peor”.
Heródoto cuenta en sus historias acerca de Creso, que ostentaba su vida de hombre afortunado, pero en el futuro le esperaba lección sobre el infortunio. De manera breve, Sebastian Brand lo dice en La nave de los necios: “Un necio es quien osa jactarse de que le sonría mucho la fortuna y tiene suerte en todas las cosas: éste espera el rayo sobre el tejado”.
Este Creso pregunta a Solón quién es el hombre más dichoso del mundo; y Solón cuenta la historia de dos hermanos, que “eran a la par campeones atléticos” y un día, a falta de bueyes, se uncen al carro de su madre y la transportan al santuario de Hera. La madre, muy orgullosa, le pide a la diosa que les conceda a sus hijos “el don más preciado que alcanzar pueda un hombre”. La diosa los mata y la madre queda muy contenta. “La divinidad hizo patente que para el hombre es mucho mejor estar muerto que vivo.”
Tales de Mileto aseguraba que no había diferencia entre la vida y la muerte. Y cuando le preguntaban, “¿entonces por qué no te mueres?”, él respondía: “Porque no hay diferencia”. Tales fue el padre de la filosofía, pero esta anécdota tiene más de chiste que de amor a la sabiduría.
Para los antiguos griegos era motivo de alegría morirse en la cumbre, luego de una hazaña. Hoy no consideraríamos afortunado a un equipo de futbol al que le caiga un rayo justo cuando los jugadores alzan la copa de un recién ganado campeonato.
Se cuenta que Sófocles y Dionisio de Siracusa murieron cuando sus dramas ganaron el primer premio. Este año puedo desearle a un colega escritor algún reconocimiento literario, pero no que muera de gusto o por intoxicación alcohólica al celebrar.
Los deseos para los amigos tienen que ver con que permanezcan largamente con vida. Sin embargo, en Plutarco leemos que “no debemos llorar a aquellos que han muerto jóvenes, con el pretexto de que se han visto privados de cosas que han sido consideradas como buenas en una vida larga; pues como ya hemos dicho muchas veces, no es seguro esto: si han sido privados de bienes o de males”. Prefiero apostarle a los bienes, y lamentarme de la muerte niña.
En Los viajes de Gulliver, tenemos a los inmortales struldbruggs. “A veces, aunque en raras ocasiones, nacía en una familia un niño con una pequeña señal, roja y circular, en la frente, justo sobre el párpado izquierdo, lo que constituía un signo infalible de que nunca moriría.” Esto parece algo grandioso, hasta que nos enteramos de que los inmortales sufren la vejez extrema con el paso de los años que no acaban. “Jamás había visto nada de aspecto tan repugnante, aunque las mujeres eran aún más horribles. Además de las usuales deformidades de la edad avanzada adquirían un adicional aspecto de espectros, proporcional a su edad.”
Este año morirán cerca de setenta millones de personas, equivalente a toda la población de Francia. Serán millones y millones de féretros, fosos, nichos, cremaciones, y muy poco estoicismo, o sea, habrá una generación de tristeza que corresponda a esas muertes.
“La meta de nuestra carrera es la muerte”, escribe Montaigne, “es el objetivo necesario al que nos dirigimos: si nos asusta, ¿cómo vamos a poder dar un paso adelante sin fiebre?”
Luego cae en un lugar común: “El remedio del vulgo es no pensar en ello. Pero ¿qué brutal estupidez puede ocasionarle una ceguera tan burda?”
No creo que el “vulgo” omita pensar en la muerte, ni creo que, en todo caso, sea una “brutal estupidez”. Más sabio que Séneca o San Pablo es ese vulgo cuando dice: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”.
Continuemos con Montaigne: “No tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte. Nos la hemos de representar a cada instante en nuestra imaginación”.
Gracias por el consejo, pero no.
“Así lo hacían los egipcios”, sigue Montaigne. “que, en pleno banquete, y en medio de la mejor comida, hacían traer el esqueleto de un hombre para que sirviera de advertencia a los comensales.”
Lo cuenta Heródoto, pero con variaciones:
Por cierto que en los festines que celebran los egipcios ricos, cuando terminan de comer, un hombre hace circular por la estancia, en un féretro, un cadáver de madera, pintado y tallado en una imitación perfecta y que, en total, mide aproximadamente uno o dos codos; y al tiempo que lo muestra a cada uno de los comensales, dice: “Míralo y luego bebe y diviértete pues cuando mueras serás como él”.
Algo de monótono habría en esos banquetes. “¿A qué hora sacan al muerto?”, se estarían preguntando los comensales para, ya después, pasar a disfrutar la comilona. No sé si hoy alguien ponga como centro de mesa las cenizas de la abuela. A veces tenemos alguna calaca de azúcar o una botella de tequila con calavera, pero no hace falta la reflexión sobre la muerte. En fin, en ciertos temas prefiero la costumbre presente que la sabiduría ancestral. ~