Zambrano: el silencio comprensible

El silencio hispano tras conocer las imágenes de la atrocidad cometida con Antonio Zambrano revela el grado de miedo que padece la comunidad. No es falta de indignación: es exceso de temor, sumisión obligada por vivir en las sombras.
AÑADIR A FAVORITOS

El asesinato de Antonio Zambrano a manos de la policía de Pasco, Washington, culmina una serie de abusos que ha puesto los pelos de punta a medio Estados Unidos. En el último par de años, distintos departamentos de policía han tenido que enfrentar la indignación popular tras haber reaccionado con fuerza desproporcionada en incidentes en los que debió prevalecer la mesura. La lista es larga. En las primeras horas de 2009, un policía de Oakland mató por la espalda a Óscar Grant, un hombre desarmado que yacía esposado en la plataforma del tren ligero conocido como BART. En julio de 2012, la policía de Anaheim en California disparó contra Manuel Díaz, también indefenso. El 17 de julio de 2014, la policía de Staten Island en Nueva York detuvo a Eric Garner, un hombre que había sido visto supuestamente vendiendo cigarrillos en la calle. El policía que inmovilizó a Garner recurrió a una maniobra alrededor del cuello que terminó por ahogar al sospechoso. El 22 de noviembre, la policía de Cleveland mató a Tamir Rice, un chico de solo 12 años de edad que llevaba un arma de juguete (el agente responsable tardó dos segundos en dispararle al niño al momento de llegar a “investigar”). Y luego está el célebre caso de Ferguson, Missouri, en el que el agente de policía Darren Wilson balaceó a Michael Brown, un adolescente afroamericano que tampoco portaba arma alguna. De hecho, si uno busca en Google (en inglés) “policía dispara contra hombre desarmado”, aparecen más de 2 millones de resultados. La historia, pues, no es nueva.

Lo que ha sido relativamente nuevo ha sido el calibre de las protestas generadas por la mayoría de estos incidentes. El veredicto en el caso de Ferguson desató días enteros de manifestaciones de solidaridad, desde desaforados saqueos hasta reflexiones elocuentes, todos abonando a un clima de indignación plenamente justificado. Al final de aquellos días de furia, el saldo de arrestos a lo largo y ancho del país estuvo cerca de alcanzar el millar. En cualquier caso, el repudio a esos abusos policiales, claramente motivados en gran medida por prejuicios raciales, no pudo haber sido más sonoro. A pesar de que el policía responsable del asesinato de Brown logró escapar al juicio, las críticas probablemente serán un parteaguas, aunque sea modesto: los costos de abusar de la fuerza contra la comunidad afroamericana acarrea costos enormes para los policías involucrados y los departamentos que los amparan. La sola visibilidad del caso ya ha sido una especie de justicia.

Y eso nos lleva de vuelta al caso de Zambrano. Tras conocerse el video que muestra el salvaje fusilamiento del mexicano, la opinión pública estadounidense supuso que la reacción de la comunidad hispana sería cuando menos equivalente a la de los afroamericanos de Ferguson. No habría sido para menos. Aunque sea a lo lejos, el temor de Zambrano y su evidente indefensión son incuestionables. Lo que se ve en el video es repugnante. Aun así, para sorpresa de muchos, el crimen no ha suscitado protesta alguna, o al menos no digna de mención. Nada de marchas en Los Ángeles, Nueva York, Chicago ni ninguna de las otras ciudades donde los hispanos tienen gran presencia. ¿Cómo explicarlo?

Para entenderlo hay que hacer un análisis costo-beneficio. Veamos, primero, la composición demográfica del condado Franklin, donde está Pasco. En el condado viven 41 mil latinos, 51% del total. De esos, casi la mitad son mexicanos nacidos en México: no son ciudadanos estadounidenses. La enorme mayoría está casado(a) y tiene hijos. 42% trabaja en la agricultura y poco más de 30% se encuentra en niveles de pobreza. Hablamos, entonces, de gente que tiene mucho que perder y muy poco que ganar si optara por la protesta. Imagínese usted en esa situación: sin papeles, sin dinero, con esposa e hijos… por más que la indignación lo rebasara, ¿saldría usted a la calle a pelear, a protestar, a correr el riesgo de la deportación o simplemente antagonizar a una fuerza policial capaz de hacer lo que hizo la de Pasco con Zambrano? La respuesta es evidente. No salen las cuentas por estas razones y por otras más. Pienso, por ejemplo, en lo siguiente. En Estados Unidos se escucha en estos días una comparación inapropiada: ¿por qué no salen los indocumentados a protestar contra lo ocurrido a Zambrano de la misma manera como se han manifestado para alcanzar una reforma migratoria? La respuesta es simple: no es lo mismo pelear por un objetivo concreto que por una meta completamente abstracta. Las cuentas, pues, no salen. Por supuesto, es una pena que así sea: el silencio de los hispanos tras conocerse las imágenes de la atrocidad revela el grado de miedo que padece la comunidad. No es falta de indignación ni dolor: es exceso de temor, sumisión obligada por años de vivir en las sombras, con el único manto protector del anonimato y la invisibilidad social. Es triste, pero así es.

(El Universal, 23 de febrero, 2015)