Europa duda mientras el mundo avanza

Después de 25 años de negociaciones, el acuerdo UE-Mercosur se enfrenta a otro retraso. Los beneficios económicos y geopolíticos son claros, las protecciones agrícolas suficientes. Rechazarlo sería confirmar la parálisis europea.
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Tras más de 25 años de negociaciones, la parte comercial del acuerdo entre la UE y Mercosur –un bloque compuesto por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay– se enfrenta a otro retraso tras su remisión por parte del Parlamento Europeo al Tribunal de Justicia de la UE. Este acuerdo comercial y el acuerdo de asociación que lo acompaña no son la panacea, pero nos brindan la oportunidad de estrechar lazos con un bloque amigo y ganar acceso a nuevos mercados y a importantes materias primas. Mientras tanto, el coste de fallar sería grande: confirmaría todas las peores sospechas de nuestros aliados y rivales sobre la falta de capacidad de acción y, francamente, de contundencia de la UE en un mundo en el que ambas hacen cada vez más falta.

Primero, revisemos el plano puramente económico. Se han hecho numerosas estimaciones de los beneficios inmediatos de aprobar este acuerdo. Sin entrar en la metodología, me gustaría recalcar que estos beneficios son la punta del iceberg –pues cuando dos mercados alcanzan un mayor nivel de integración emergen muchísimos efectos dinámicos. A día de hoy, Mercosur no es un destino especialmente importante para las exportaciones europeas, pero eso es precisamente lo que deberíamos y podríamos cambiar. Para Brasil y Argentina, que componen el 95% del PIB de Mercosur y que están en los puestos once y veinticuatro del ranking de economías del mundo, este acuerdo marca un giro histórico respecto a un modelo de desarrollo introspectivo sustentado en la sustitución de importaciones.

El acuerdo elimina los aranceles (o los disminuye enormemente) sobre el 90% de las exportaciones de manufacturas europeas. Además, prevé ciertas reformas que facilitarán el acceso a los grandes proveedores de servicios europeos, por ejemplo, los bancos o las empresas de telecomunicaciones. Finalmente, contiene incluso una sección sobre los procesos de contratación pública, por ejemplo de grandes proyectos de infraestructura, que se volverán más transparentes y accesibles para nuestras empresas. Las empresas españolas desempeñan ya un papel relevante en esos sectores en los países de Mercosur y el potencial adicional es muy sustancial.

Segundo, no podemos olvidar el plano geopolítico. Hace poco más de una semana, Trump amenazaba con tomar Groenlandia por la fuerza y Mark Carney, primer ministro de Canadá, hablaba con mucha claridad y con mucha razón de la ruptura que está viviendo el orden mundial. Si siempre fue positivo estrechar lazos y encontrar nuevas formas de cooperación económica con un bloque afín, ahora lo es todavía más. Los países de Mercosur, además de compartir con nosotros enormes lazos culturales y una visión parecida del mundo, son países con muy poca vocación geopolítica y que han recibido tradicionalmente poco interés por parte de la UE. Ahora, sus mercados para nuestros productos y sus materias primas se han vuelto especialmente relevantes. Debemos diversificar nuestras relaciones económicas y políticas y también (sobre todo) nuestras cadenas de valor, y este sería un primer paso razonable y de muy bajo riesgo.

Al mismo tiempo, existe un coste geopolítico importante si Europa no consigue sacar este acuerdo adelante. Las relaciones comerciales siempre han sido uno de los principales puntos fuertes de la UE, tanto interna como externamente. Sin embargo, el largo y tedioso proceso de esta negociación ha acabado convirtiéndose en un ejemplo claro de cómo intereses divergentes pueden derivar en parálisis europea ante numerosas cuestiones. No es el momento de mandar esa señal, sino la contraria.

Finalmente, queda repasar la cuestión agrícola, que tantos quebraderos de cabeza está causando. Me gustaría reiterar los numerosos argumentos ofrecidos sobre las protecciones que incluye el acuerdo para la agricultura y la ganadería europeas. Por ejemplo, ya en la versión original (antes de las concesiones adicionales del mes pasado), el incremento en la cuota de vacuno para los países de Mercosur suponía solo un 1,2% del consumo europeo. Asimismo, a pesar de lo que se ha dicho erróneamente, los productos que provengan de estos países, por supuesto, deben cumplir todas las normas sanitarias y fitosanitarias europeas. Además, su implementación será gradual, dando tiempo a llevar a cabo cualquier (mínima) adaptación necesaria. Por otra parte, los mercados de Mercosur quedarán abiertos a nuestros productos agrícolas de calidad: el tratado incluye el reconocimiento de 350 denominaciones de origen europeas. Esta es sin duda la dirección en la que debería evolucionar nuestra agricultura, hacia productos de alto valor añadido y aprovechando plenamente la ventaja competitiva que tenemos en estos productos de calidad. En ese sentido, personalmente me hubiera gustado que el acuerdo fuese más ambicioso, con menos protecciones, e impulsase una reforma de la política agrícola europea. Sin embargo, no es el caso.

Con todo, este acuerdo no lo es todo, pero es muy necesario. Supone una ocasión excelente para profundizar la relación con un bloque muy afín, convertirnos en el espacio de libre comercio más grande del mundo y acceder a mercados para nuestras manufacturas que hasta ahora habían estado muy cerrados, así como para mejorar y diversificar nuestros suministros de materias primas y demostrar que realmente somos capaces de actuar y que aún creemos en la apertura económica.


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