Descubriendo el Códice Boxer, gran crónica de Filipinas

Se publica la primera monografía sobre un manuscrito elaborado para Felipe II con descripciones e ilustraciones del sudeste asiático.
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El 27 de septiembre de 1940, la Luftwaffe lanzó veintidós bombas sobre el palacio de lord Ilchester en Londres. Siete años más tarde, los libros y códices que sobrevivieron al incendio resultante salieron a subasta. Charles R. Boxer (1904-2000), espía e historiador británico, adquirió la joya de la colección: un misterioso códice de Manila de finales del siglo XVI. Aunque dio cuenta del hallazgo en un artículo de 1950, el manuscrito no fue publicado hasta 2016. Fue entonces cuando lo leí, aunque no percibí toda su importancia. El recién publicado volumen de Manel Ollé y Joan Pau Rubiés (El Códice Boxer: Etnografía colonial e hibridismo cultural en las islas Filipinas) me ha abierto los ojos. Se trata de la primera monografía sobre este manuscrito.

No era tarea fácil divulgar el Códice Boxer, pues es una obra compleja que plantea numerosos interrogantes. En este sentido, el manuscrito revela su potencial gracias a la introducción y los seis estudios que la acompañan (dos de los editores más cuatro de John N. Crossley, Tsungjen Chen, Isaac Donoso y Paulo Jorge de Sousa Pinto). El volumen incluye una traducción del mencionado artículo de Charles R. Boxer, así como reproducciones en color de algunas de las ilustraciones originales. Sin duda, será de interés para los estudiosos de las crónicas hispano-filipinas, pero también para quienes, más ampliamente, quieran adentrarse en la historia, la ideología o la estética de la monarquía hispánica en el Pacífico.

La dimensión asiática de este imperio es uno de sus aspectos menos conocidos para el gran público. Los aficionados a la historia habrán oído mencionar las “crónicas de Indias”, que engloban textos como el diario de Colón, las cartas de Cortés a Carlos V o los comentarios del Inca Garcilaso. Sus equivalentes hispano-filipinos, compuestos por cronistas españoles como el jesuita Pedro Chirino (1604) y el alto funcionario colonial Antonio de Morga (1609), no gozan del mismo reconocimiento. El Códice Boxer los antecede, por lo que constituye la primera gran crónica de las Filipinas españolas.

El manuscrito fue compilado en Manila hacia 1590-1593, seguramente bajo los auspicios de Gómez Pérez Dasmariñas, séptimo gobernador de Filipinas. Tras su muerte durante un motín de remeros chinos (1593), la obra pudo haber sido reimpulsada por su hijo y sucesor, Luis Pérez Dasmariñas. Dada la calidad del manuscrito iluminado, que contiene información etnográfica pero también inteligencia militar sobre el sudeste asiático (Filipinas, Borneo, Malucas, Java, Nueva Guinea, Japón, China…), es probable que su destinatario fuera Felipe II. No obstante, el manuscrito no llegó a Madrid hasta tiempos de Felipe III. El códice se encuadernó en 1614 y quedó durmiendo el sueño de los justos.

Apenas once años antes, la comunidad china de Manila se había sublevado contra las autoridades españolas. En su mayoría comerciantes y artesanos, los chinos manileños –conocidos como sangleyes– vivían confinados en el barrio del Parián, acaso el primer Chinatown de la historia. Los sangleyes protagonizaron cuatro insurrecciones durante el siglo XVII (1603, 1639, 1662, 1686). Todas ellas fueron reprimidas duramente, con un alto coste para ambos bandos. El propio Luis Pérez Dasmariñas falleció en la primera insurrección, que costó la vida de 23.000 chinos. En este sentido, como apunta Ollé, el carácter bicultural del Códice Boxer “nos habla de este momento previo al deterioro irreversible de las percepciones y las relaciones entre chinos y castellanos en Manila”.

En efecto, el manuscrito refleja la colaboración entre cronistas españoles y artistas chinos. Según Rubiés, el dominico Juan Cobo pudo ser el intermediario entre ambas comunidades. Este fraile, fallecido en Taiwán, fue uno de los pocos españoles del siglo XVI que llegó a dominar el chino mandarín. Así lo atestiguan sus escritos en esta lengua, publicados en Manila. Charles R. Boxer detectó la mano sangley en las ilustraciones del códice, que incluye un bestiario con criaturas fantásticas de la mitología china. Es posible que Cobo encontrara artistas sangleyes y los pusiera en contacto con el anónimo compilador del códice, bajo la supervisión de los Dasmariñas.

Además de la población china, otra preocupación de los gobernadores fue la presencia del islam en Filipinas. Los cronistas españoles llamaban “moros” a algunos indígenas filipinos, aunque muchos solo habían adoptado prácticas como la abstinencia del cerdo. Donoso explica que el Códice Boxer es “una de las fuentes primarias más valiosas para conocer el proceso de islamización y la naturaleza de los musulmanes en el sudeste asiático a finales del siglo XVI”. En este sentido, la erradicación del islam asiático fue una prioridad en la agenda imperial de España y Portugal, que vieron el proceso como una nueva Reconquista.

Es más, el propio Códice Boxer incluye textos portugueses traducidos al español. Sousa Pinto los estudia en el último capítulo del volumen. Tendemos a pensar en el español y el portugués como lenguas vecinas en Europa y en América; también lo fueron en Asia. Por ejemplo, las primeras crónicas hispano-filipinas sobre China se nutrieron de fuentes lusas, pues los portugueses conocían mejor el país. Esta influencia, que se potenció tras la anexión de Portugal a España (1580), es muy explícita en el Códice Boxer.

Así, el manuscrito contiene tres roteiros (guías de conquista) de João Ribeiro, obispo de Malaca (1578-1601) que mantuvo correspondencia con Felipe II. El obispo soñaba con una campaña castellano-portuguesa de conquista del sudeste asiático, incluyendo China. El jesuita Alonso Sánchez secundaba planes parecidos. Felipe II hizo honor a su sobrenombre (el Prudente) e ignoró estas propuestas. No obstante, y con independencia de su escasa influencia, el Códice Boxer ayuda a entender los confines imperiales de la España del último Austria mayor. También revela las ensoñaciones arbitristas de virreinatos asiáticos, que quedarían aparcadas de Felipe III en adelante.

Por último, el Códice Boxer ilustra otro rasgo fundamental de la monarquía hispánica. Se ha escrito mucho sobre su naturaleza transatlántica, pero menos sobre su carácter transpacífico y, por tanto, global. Tendemos a olvidar que 1521, el año en que Cortés conquista Tenochtitlán, coincide con la muerte de Magallanes en la isla filipina de Mactán. Medio siglo más tarde, Legazpi (re)fundaría la ciudad de Manila sobre un asentamiento indígena (1571). Esta capital fue un eslabón fundamental en la serie de empresas mercantiles, políticas y militares que caracterizaron el surgimiento de una conciencia global en el siglo XVI.

Este temprano proceso de globalización fue también cultural. De ahí que el Códice Boxer aúne fuentes castellanas, portuguesas y chinas, así como un notable interés por el islam asiático. En este marco, y tras el riguroso volumen editado por Ollé y Rubiés, el Códice Boxer no podrá ser ignorado en futuros estudios sobre las Filipinas, un archipiélago clave para la España de los Austrias.