Una monarquía particular

La monarquía británica no está sola en el mundo, pero el duelo en torno a la muerte de Isabel II convence de que es distinta a las demás.
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Cuando se acabó la monarquía en Egipto, el rey Faruq predijo que no iban a sobrevivir más que cinco monarcas: los reyes de corazones, diamantes, tréboles y picas, y el rey de Inglaterra. Se equivocó.

Subsisten bastantes. Aparte del Reino Unido, Europa cuenta con los reinados, de norte a sur, de Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica y España. Mas allá están Marruecos, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, Bután, Nepal, Tailandia, Borneo y Japón; todas estos sin contar con los países del Commonwealth que no han optado por ser repúblicas y comparten la corona con los británicos: Australia, Nueva Zelanda, Canadá, y no pare de contar…

La mayoría son monarquías constitucionales. Entonces, una proporción grande de la humanidad ha hallado algo útil en la institución: tranquiliza con la continuidad, ahora trabajo del ejecutivo, pone a los políticos pasajeros en su sitio, da pábulo a los insaciables periodistas y hasta cierto grado garantiza las instituciones democráticas y las libertades.

No es un sistema para todos. Fuera de Canadá, ha tenido poco éxito en las Américas: imposible instaurarlo después de sus guerras de independencia. Los mexicanos tuvieron que fusilar a dos emperadores, no cuajó en Haití, y al fin, a pesar de la oportuna división de la familia real portuguesa, desapareció en el Brasil. Y los grandes imperios, Alemania, el Habsburgo y sus monarquías satélites mueren en Europa. Después de 1789, varios intentos han mostrado que los franceses son pésimos monarquistas.  

Esta ojeada, sin duda incompleta, del monarquismo mundial sirve para recordar que la monarquía británica se encuentra lejos de estar sola, pero el duelo de los últimos días convence de que es única, particular, no como las demás: los desfiles, las marchas, las distintas guardias, los gaiteros, las trompetas, los insistentes tambores; las multitudes silenciosas, la cola de varios kilómetros (“visible desde el espacio”) con la espera de catorce horas para pasar frente al féretro… Los británicos son pésimos republicanos, y con toda probabilidad van a seguir siendo así.  

Hay republicanos: los del norte de Irlanda, producto de injusticias recientes, algunos del País de Gales, resultado de injusticias de la Edad Media, y unos intelectuales ingleses que no miran The Crown más que a escondidas. (Se le ocurre a uno, con todo respeto, que Netflix no va a hacer una serie similar sobre la familia real de Bélgica, ni del Japón.)

¿Por qué nuestra aparatosa singularidad? En parte es porque hemos heredado una monarquía de escala imperial, aunque ahora somos un país chiquito, y cuesta tiempo ajustarse. En parte es por nuestra índole conservadora: estas ocasiones siempre han sido marcadas así, y no hay tanta razón para cambiar. Una pequeña parte del espectáculo de los últimos días ha sido la de los periodistas descubriendo que la mayoría de la gente no piensa como periodistas, y asume su asistencia al duelo como algo apenas natural.

Y es muy importante no olvidar lo obvio: lo personal. Responde a un reinado y a una reina excepcionales. Setenta años, un récord no batido en Europa más que por Luis XIV, quien tuvo la ventaja de empezar muy niño. Setenta años de deber aceptado y cumplido con empatía, gracia, humor, sonrisa e infalible cortesía no son poca cosa en el mundo en que vivimos.


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