Foto: English: photographer: Wolfram Huke at en.wikipedia, http://wolframhuke.de, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Jürgen Habermas: el filósofo de la razón comunicativa

Con la muerte de Jürgen Habermas desaparece una de las grandes voces intelectuales de Europa, pero permanece la exigencia que recorrió toda su obra: la de sostener la posibilidad de una razón pública capaz de orientar la convivencia humana.
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Con el fallecimiento de Jürgen Habermas (1929-2026) concluye uno de los itinerarios intelectuales más influyentes de la filosofía contemporánea. Su extraordinaria longevidad le permitió atravesar casi un siglo de transformaciones políticas y culturales decisivas y participar activamente en algunos de los debates filosóficos y públicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

Su conciencia crítica estuvo marcada por la experiencia traumática de su participación forzada en las juventudes hitlerianas durante el ocaso de la Segunda Guerra Mundial. Atestiguar lo que más tarde describiría como los excesos de una “socialización deformada” producida por el régimen nacionalsocialista despertó en él una profunda preocupación por las condiciones que hacen posible la vida democrática. El hecho de haber nacido con una malformación congénita del paladar, que afectó su habla durante la infancia y que fue corregida mediante cirugías, si bien no sin dejar ciertas secuelas, tampoco constituyó un obstáculo para orientar su vida intelectual hacia la defensa del diálogo público y de la crítica racional.

Esa disposición se manifestó de forma temprana cuando, todavía siendo un joven y desconocido estudiante en la Universidad de Bonn, publicó en 1953 una reseña crítica contra la reedición de Introducción a la metafísica de Martin Heidegger. En ese texto denunció la persistencia de una referencia a la “verdad interior y grandeza” del movimiento nacionalsocialista y criticó la insuficiente confrontación de Heidegger con su turbio pasado político. Poco después Habermas se vinculó con el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt, donde trabajó como asistente de Theodor Adorno y entró en contacto con la tradición de la teoría crítica. Al mismo tiempo, su paso por la Universidad de Marburgo bajo la influencia del jurista y politólogo Wolfgang Abendroth reforzó su interés por las instituciones democráticas y por el papel de la esfera pública en la formación de la voluntad política. De la convergencia entre teoría crítica y reflexión democrática surgió el proyecto intelectual que marcó su obra.

Una primera formulación sistemática de este programa apareció en Historia y crítica de la opinión pública (1962), donde Habermas reconstruyó el surgimiento de la esfera pública burguesa en la Europa moderna. Según su análisis, el hábito de la discusión racional surgió en espacios comunicativos como los salones y cafés literarios, los círculos de lectura y las asociaciones intelectuales. En un comienzo, los participantes deliberaban en esos ámbitos sobre obras artísticas y literarias, y la fuerza de los argumentos prevalecía sobre el estatus social de los interlocutores. Con el tiempo estas prácticas de discusión se trasladaron al ámbito político y hallaron un soporte institucional en el desarrollo de la prensa y los medios de comunicación, lo que hizo posible la formación de una opinión pública capaz de someter el poder a la crítica.

Este programa se amplió hacia los fundamentos epistemológicos de las ciencias sociales en Conocimiento e interés (1968). En esa obra Habermas sostuvo que todo conocimiento se orienta por intereses cognitivos fundamentales. Distinguió así entre intereses técnicos, que sustentan las ciencias empírico-analíticas orientadas al control de la naturaleza; intereses prácticos, que orientan las ciencias histórico-hermenéuticas hacia la comprensión de la conducta humana; e intereses emancipatorios, que fundamentan la reflexión crítica de las ciencias sociales dirigida a liberar a los sujetos de formas de dominación ideológica. Fue sobre todo en este último ámbito donde Habermas situó la contribución principal de la teoría crítica y donde aspiraba a inscribir su propio proyecto filosófico. Aunque su pensamiento se nutrió inicialmente de la tradición marxista que influyó en la primera generación de la Escuela de Frankfurt, su relación con el marxismo fue siempre crítica y nunca dogmática. Con el paso del tiempo, su afinidad con ciertos ideales liberales y republicanos desplazó progresivamente las categorías marxistas hacia un lugar cada vez menos central dentro de su teoría social.

La culminación sistemática de su proyecto filosófico llegó con Teoría de la acción comunicativa (1981). En esta obra Habermas desarrolló una reconstrucción de la racionalidad social basada en la idea de que el entendimiento alcanzado mediante el lenguaje constituye el fundamento normativo de la vida social. Allí elaboró su conocida distinción entre mundo de la vida y sistemas sociales, y formuló una crítica a los procesos por los cuales los mecanismos del poder administrativo y del dinero invaden los ámbitos de la comunicación y del entendimiento mutuo. Sobre esta base se desarrolló también el programa de la llamada ética del discurso, formulado en diálogo con Karl-Otto Apel, que buscaba reconstruir los principios racionales implícitos en toda práctica de argumentación. En cierto sentido, su propuesta representa también un intento por revindicar a la razón tras el diagnóstico pesimista formulado por Max Horkheimer y Theodor Adorno en Dialéctica de la Ilustración, una obra que parecía sugerir que la racionalidad moderna había desembocado en un callejón sin salida. Para Habermas, en cambio, el potencial normativo presente en las prácticas comunicativas permite preservar la posibilidad misma de la crítica social. Este programa encontró una aplicación directa al ámbito jurídico y político en Facticidad y validez (1992), obra en la que Habermas desarrolló una influyente teoría de la democracia deliberativa y del derecho entendido como resultado de procesos institucionalizados de formación de la voluntad democrática.

A lo largo de su trayectoria participó en debates filosóficos con autores tan diversos como John Rawls, Hilary Putnam, Hans-Georg Gadamer, Jacques Derrida, Richard Rorty, Gianni Vattimo y Michel Foucault. Estos intercambios reflejan su capacidad para dialogar con tradiciones filosóficas diversas, desde la fenomenología y la hermenéutica hasta la deconstrucción, el pragmatismo y la filosofía analítica. Al mismo tiempo desempeñó un papel destacado como intelectual público en Alemania y en Europa. Con posturas no siempre exentas de polémica, intervino en discusiones sobre acontecimientos políticos decisivos como la disputa de los historiadores sobre la memoria del nazismo, la caída del bloque comunista, la reunificación alemana, la guerra de Kosovo, los atentados del 11 de septiembre de 2001, las intervenciones militares en Afganistán e Irak y los desafíos políticos que surgieron durante la pandemia de covid-19, entre otros muchos. Durante décadas fue una de las voces más influyentes del debate público europeo y, para muchos, la conciencia crítica por excelencia de la Alemania democrática. A lo largo de su carrera recibió numerosos reconocimientos internacionales, entre ellos múltiples doctorados honoris causa, y fue invitado a impartir conferencias y seminarios en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo.

A pesar de no ser creyente, Habermas dedicó en sus últimas décadas una atención cada vez mayor al papel de la religión en las sociedades democráticas. En diversos ensayos sostuvo que las tradiciones religiosas conservan recursos morales que las sociedades seculares no deberían descartar sin más. Antes bien, propuso que estos contenidos pasaran por un proceso de traducción hacia un lenguaje accesible para todos los ciudadanos dentro del espacio público democrático. En este contexto adquirió mucha notoriedad su diálogo con el todavía cardenal Joseph Ratzinger y futuro papa Benedicto XVI sobre los fundamentos morales del Estado liberal. Estas preocupaciones alcanzaron una expresión especialmente ambiciosa en su monumental obra tardía Una historia de la filosofía (2019), en dos volúmenes que en conjunto rayan las dos mil páginas, donde prácticamente reconstruyó el desarrollo entero de la filosofía occidental como un proceso de aprendizaje que resulta de la interacción constante entre tradiciones religiosas y filosóficas.

La obra de Habermas constituye uno de los intentos más influyentes por pensar las condiciones normativas de la vida democrática en las sociedades modernas. Aunque aquí solo se mencionan algunas de sus obras más emblemáticas, su legado abarca un corpus intelectual vastísimo que incluye filosofía social, teoría política, epistemología, derecho y teoría de la modernidad. Durante décadas defendió la convicción de que la razón no se agota en su dimensión instrumental, sino que encuentra su forma más plena en el ejercicio público del entendimiento entre interlocutores libres e iguales. En tiempos marcados por la polarización y la erosión de la esfera pública, su filosofía recuerda que la crítica, el diálogo y la escucha siguen siendo las condiciones fundamentales de la vida democrática. Con su muerte desaparece una de las grandes voces intelectuales de Europa, pero permanece la exigencia que recorrió toda su obra: la de sostener, frente al escepticismo y el cinismo de la época, la posibilidad de una razón pública capaz de orientar la convivencia humana. ~


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