Acabemos con los tópicos

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Karl Kraus

La Antorcha. Selección de artículos de Die Fackel

Traducción y edición de Adan Kovacsics, Barcelona, Acantilado, 2011, 560 pp.

 

Sin forzar mucho las cosas, los 922 números de La Antorcha podrían ser considerados hoy unas excitantes y originales memorias. Unas memorias públicas, por supuesto, escritas por un hombre público que atronó con sus diatribas los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, y que contribuyen a explicar la trágica historia de aquellos años: el austriaco Karl Kraus, tan venerado como temido por sus contemporáneos.

La Antorcha se enciende un primero de abril de 1899, y arderá incombustible como su autor durante 37 años. Nace como un grito de combate en una época “que amenaza con sucumbir por aburrimiento”, una época corrompida, de “eunucos partidistas” y fanáticos analfabetos, una época en la que las ideas han sido sustituidas por los tópicos y el arte por la decoración. Su programa, tan ambicioso como modesto a primera vista, es precisamente “desecar el ancho pantano de los tópicos”. Pero, ¿tanto daño hacen los tópicos?, podría preguntarse el lector de La Antorcha. No, los tópicos no hacen daño, los tópicos son únicamente la sintomatología del daño, sus manifestaciones clínicas, por utilizar la jerga médica que tanto gusta hoy en día; los tópicos solo vuelven irreconocibles los hechos. Y un tópico, por ejemplo, que no ha perdido actualidad, y que da título a un artículo de La Antorcha es que “vivimos bajo el signo del progreso”. Para Kraus, el ámbito donde el progreso alcanza cotas inigualadas en la historia es el ámbito de la estupidez humana. Son numerosos los ejemplos que nos da de ella en las páginas de La Antorcha. Particularmente algunos procesos judiciales no tienen desperdicio. Ejemplos difícilmente superables de estupidez humana que serían risibles si no hubieran sido trágicos para las víctimas.

Kraus se propone con su revista una labor educativa. Quiere educar a sus lectores para que “alcancen la altura en la que la palabra escrita se concibe como la encarnación naturalmente necesaria del pensamiento y no como el envoltorio socialmente obligado de la opinión”. Quiere “desperiodizarlos”, como si los periódicos fuesen una epidemia que fuera urgente erradicar. Y para ello no dudó en convertir a la prensa en el primer blanco de sus envenenados dardos. La prensa encanallada de la época, y al parecer de todas las épocas, que no solo no hurta los detalles escabrosos de los procesos, sino que incluso los inventa cuando no los encuentra o no le parecen lo suficientemente escandalosos, y en la que la información veraz parece ser lo de menos. “La prensa como alcahueta”, reza el título de uno de los artículos recogidos en esta antología.

El propio Kraus pronto redactó por entero La Antorcha, y su periodicidad era tan caprichosa como su autor. En sus números repasaba la actualidad del país y no hubo proceso, escándalo o polémica de los que no diera cuenta y en los que no tomara partido. Un artículo político de fondo, crítica social, crítica teatral, sucesos varios, poemas, aforismos, reseñas literarias, y todo ello escrito con la misma mordacidad que lo convirtió muy pronto en el publicista más temido de Europa. Soma Morgenstern, que no fue precisamente devoto de Kraus, reconoció en él “a uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos” y en Fackel “una ingeniosa, siempre excitante y, en general, extraordinariamente amena revista”. Por su parte, Alban Berg dijo de él: “De Karl Kraus aprendí por primera vez cómo se expresa un pensamiento en palabras […] Ha aportado a toda una generación el sentimiento del respeto frente al lenguaje.” Kraus reivindica “el derecho a valorar estéticamente a los hombres y a las cosas”, y denuncia una “concepción del mundo basada en el hojaldrado vienés con requesón”. Enemigo de los monumentos (“solo los perros poseen la inteligencia para ver los monumentos desde el punto de vista de la utilidad”), enemigo de la psicología (“la psicología es la ultima ratio de la incapacidad”), enemigo de la política (“una fruslería estética”), enemigo de la moralidad (“una maldición que paraliza todas las lenguas”), enemigo de la sociedad burguesa (“un semillero del vicio”), enemigo de la opinión pública (“una casa de idiotas”), enemigo de la policía (“que cuando no sabe cómo proceder, recurre a su viejo derecho a propinar una paliza”), enemigo, sobre todo, de la hipocresía, de la injusticia y de la guerra, Kraus no dejó títere con cabeza.

Esta selección contiene artículos impagables, luminosos, brillantes, auténticas obras maestras en las que Kraus se supera a sí mismo, y entre las que yo incluiría sin dudar “Una carta de Rosa Luxemburg”, el demoledor “El baluarte de la república” o “Heine y las consecuencias”, artículo polémico que ya en su día desagradara a Soma Morgenstern. Kraus arremete contra la degradación del lenguaje que acaba unificándolo todo y haciendo que todas las obras se parezcan tanto “como un huevo podrido a otro”. La misma retórica huera sirve tanto para hablar de la firma de un tratado internacional como de la apertura de una pastelería nueva. En ocasiones le basta con citar un recorte de prensa, un fragmento de un libro. Sobran los comentarios, sobran las interpretaciones, nada puede superar el escandaloso absurdo de la noticia desnuda. Autores sobrevalorados, autores que es necesario revisar, autores a los que el tiempo no perdona, autores que deben su fama a determinadas coyunturas, supercherías y comadreos con el lenguaje, de todo esto habla Kraus en “Heine y las consecuencias”, modelo donde los haya de artículo polémico.

Arrogante y megalómano se definió él mismo (“Soy un megalómano: sé que mi tiempo no vendrá”). “Para los políticos soy un esteta y para los estetas, un político. La diferencia es más pequeña de lo que piensan los unos y los otros.” Admiró incondicionalmente a Shakespeare, a Goethe, a Lichtenberg, como ridiculizó incondicionalmente a Heine, a Hofmannsthal, y a la mayoría de sus contemporáneos, con contadas excepciones.

La Antorcha hoy puede leerse también como un original tratado de moral, en el mismo sentido en que las obras de Shakespeare son el mejor compendio de moral que se haya escrito jamás, y sin duda esta es también una de las razones de su perenne actualidad. Una antología de incendiarios artículos sobre la moral de una época tanto más satisfecha de sí misma y de sus instituciones cuanto más se hunde en la degradación y el oprobio. Textos incisivos, jocosos (“la jocosidad que tanto incomoda”), escritos en una prosa de riqueza casi lujuriosa, obscena, brillante, a años luz de lo que hoy es norma, una prosa de ideas, una prosa de combate. “Acabemos con los pobres”, escribió Baudelaire en uno de sus célebres poemas en prosa. “Acabemos con los tópicos”, le responde Kraus desde estas luminosas páginas. ~