Ajmátova escrita en papel de fumar

El expediente Anna Ajmátova. La viajera del mundo de adentro

Alberto Ruy Sánchez

Alfaguara,

Ciudad de México, , , 2021, 264 pp.

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Sobre Anna Ajmátova “recayó la misión de preservar la belleza y la memoria en la Rusia del siglo XX, y de ser un valioso eslabón en la memoria en la cadena generacional que se conservaría intacta de milagro”,

{{ Vitali Shentalinski, Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB, traducción de Marta Rebón, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, 2007.}}

 escribió Vitali Shentalinski (1939-2018), el osado periodista que abrió, durante la perestroika y aún después, los expedientes secretos que la KGB guardaba de miles y miles de escritores rusos. Ese levantamiento de datos registra la persecución más cruel y sistemática que la literatura (para no hablar de la música o de la ciencia) haya sufrido jamás. Esos expedientes, con muy pocas excepciones, significaron la muerte civil o la servidumbre literaria, las torturas, el destierro al gulag o el asesinato para cada uno de los infamados, durante un período que va de 1918 a los años inmediatamente posteriores a la muerte de Stalin en 1953. Algunos, sin duda, sobrevivieron a sucesivas prisiones y destierros –aun habiendo combatido victoriosamente contra el ejército alemán como fue el caso del historiador Lev Gumilyov, el hijo del también poeta Nikolái Gumilyov y de Ajmátova– gracias a la “rehabilitación”, siniestro ejercicio de perdón que el Estado soviético se daba el lujo de otorgar, sin ofrecer reparación alguna del daño, de cuando en cuando y recurso al cual, tras 1956, la desestalinización y el deshielo, se recurrió con mayor frecuencia, en la medida en que se iba desbordando la marea genocida contenida por el bolchevismo de Lenin, Trotski y Stalin.

La cita de Shentalinski es solo una, a su vez, de las muchísimas que se han escrito en honor de la gran poeta rusa, uno de los ejemplos más altos de integridad humana y valor moral con los que cuenta la sangrienta centuria pasada, y abordar su expediente, recurriendo a la ficción, no es una tarea fácil. Alberto Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951), narrador de larga trayectoria, seguramente asumió la dificultad implícita en novelar una vida cuyo itinerario, sin agregar nada que no pueda ser documentalmente probado, era por sí solo una “novela-tragedia”, como la hubiera llamado Viacheslav Ivanov, el poeta simbolista y filólogo moscovita que pretendió a la joven Ajmátova durante sus años de “pescador de seres humanos” en San Petersburgo. Si pareciera innecesaria la novela misma –estando disponible una biografía colosal como la de Roberta Reeder (Anna Akhmatova. Poet and prophet, 1994)–, el tono para escribirla debió preocupar al autor, logrando transmitir un patetismo tan hondo con la debida solemnidad, sin caer (solo ocurre en algunos párrafos, los que recrean los amores de Ajmátova y el pintor italiano Amedeo Modigliani en 1911) en la impostación de sensualidad, acaso el principal defecto de Ruy Sánchez como escritor.

Postulando a una agente chequista (aunque Checa fue el nombre tan solo de la primera policía secreta soviética, fundada en 1917 y reorganizada en 1922 como OGPU, Shentalinski llama “chequistas” a todos los sicarios subsecuentes) de nombre Vera Tamara Beridze, oriunda de Georgia, como su jefe Lavrenti Beria y el propio Stalin, a quien ella informaba periódicamente de la vigilancia sobre Ajmátova, Ruy Sánchez recurrió con fortuna al expediente. Previsiblemente, Vera Tamara Beridze termina por quedar prendada del arrojo y la serenidad de la poeta, hasta incurrir en complicidad y acabar por ser enviada al gulag por órdenes del propio Stalin. El expediente Anna Ajmátova, siendo así, es una variante afortunada de la novela epistolar, porque lo que leemos, con ciertas intromisiones impertinentes del autor en los dominios de la voz narrativa, son alrededor de cien cartas (junto a poemas y otros documentos policíacos) enviadas y “encuadernadas” como hojas de abedul, desde el destierro siberiano por quien se había hecho pasar, para cumplir su cometido, por amiga y vecina de Ajmátova.

El segundo elemento utilizado por Ruy Sánchez parte del escalofriante azoro provocado por la obsesión de Stalin con los escritores, a quienes –a mayor talento, mayor riesgo– el tirano salvaba de la liquidación inmediata o del exilio (“Expulsarlos es salvarlos y no los vamos a salvar. Ya se me pondrán en el camino. Mientras tanto, no los toques”,

{{Alberto Ruy Sánchez, El expediente Anna Ajmátova. La viajera del mundo de adentro, Ciudad de México, Alfaguara, 2021, p. 236.}}

 le ordena Stalin al comisario Agranov) para jugar con ellos al gato y al ratón. Ruy Sánchez describe un encuentro fantástico entre el bolchevique, aún llamado Koba y encargado por Lenin de las actividades criminales de la organización, con Ajmátova. La clandestinidad le permite al futuro Stalin desaparecer tres días en San Petersburgo y acudir a una lectura de poesía organizada en 1911 por el “Gremio de poetas”, la escisión acmeísta de los jóvenes poetas fastidiados del magisterio dionisíaco de Ivanov. En esa lectura, su anfitriona resulta ser la propia Ajmátova, quien había publicado La tarde, su primer libro de poemas (aunque en 1912), que Stalin conocía al dedillo. Invitado a leer entre los acmeístas, como era usual cuando se presentaban espontáneos, Koba declama sus poesías patrióticas a la Nekrassov y los vanguardistas no pueden sino burlarse del palurdo personaje con sus botas bien boleadas. Aquello no lo perdonará cuando sea el padrecito de los pueblos y quedará sellado el futuro de Ajmátova, de su entonces marido Gumilyov (fusilado en 1921 por haber participado en un imaginario complot contrarrevolucionario) y de Ósip Mandelshtam, entre otras víctimas del Gran Terror.

La fabulación es pertinente. Gracias a las nuevas biografías de Stalin, las de Simon Sebag Montefiore (La corte del zar rojo, 2004, y El joven Stalin, 2007), Donald Rayfield (Stalin y sus verdugos, 2004) y Stephen Kotkin (Stalin. Paradoxes of power, 1878-1928, 2015), ha resultado del todo falsa la imagen difundida por Trotski y el resto de los comunistas rusos de formación europea, de un Stalin atroz también en su rústica ignorancia. Nada de eso. Dueño de una biblioteca monumental y lector omnívoro (como Mao, por cierto), fue un seminarista sobresaliente y aspiró a ser poeta y novelista, amante de la lengua georgiana, en la cual llegó a ser considerado, por sus aterrados aduladores, un gran bardo (modesto, Stalin los disuadió, al parecer, de hacerlo figurar en las antologías). De allí su celo por los intelectuales, mezcla de envidia y sadismo, así como su amor por la poesía, sobre todo la de sus enemigos, la cual copiaba, anotaba y memorizaba, dilatando la infamia para sus víctimas mediante la petición, entre otras crueldades, de odas a modo. La propia Ajmátova escribió un poema indigno de su estro (Gloria a la paz, 1950) para tratar de liberar, con ello, a un Lev nuevamente prisionero. No ocurrió así: el hijo quedó preso pero Gloria a la paz (acompañada de una súplica escrita por Ajmátova a Iósif Vissariónovich) impidió el inminente arresto de la poeta, a quien la admiración del historiador Isaiah Berlin, de origen letón, liberal y nacionalizado británico, quien la visitó en tres ocasiones en 1945, había puesto en serio riesgo, según puede recordarse releyendo a Shentalinski.

(( Shentalinski, op. cit., pp. 383-384.))


Ajmátova permaneció vigilada (e incluso se le llegó a poner un monumento a Stalin visible desde la ventana de su departamento), pero nunca fue al gulag y solo fue arrestada en pocas ocasiones y por breve tiempo. Esa “libertad” conllevaba la prohibición de publicar y hasta de escribir pues se sabe que su poesía se preservó gracias a los amigos que memorizaban sus poemas, escritos en papel de fumar e incinerados de inmediato, una vez concluida la visita en que se hablaba de trivialidades por temor a los micrófonos. Leyendo El expediente Anna Ajmátova se ratifica esa mala conciencia necesitada por Stalin como una perversa compensación consistente en jugar con sus víctimas, incluyendo sus memorables y terroríficas llamadas telefónicas desde el Kremlin. “Pocos dictadores desde la Italia del Renacimiento manipularon a los poetas, entre sus vasallos, tan asiduamente como lo hizo Stalin”, apunta Rayfield.

((Donald Rayfield, Stalin and his hangmen. The tyrant and those who killed for him, Nueva York, Random House, 2004, p. 17.))

Acaso la mayor virtud de El expediente Anna Ajmátova, de Ruy Sánchez, no sea su cabal presentación de la poeta indoblegable ni la fabulación del juego con que Stalin la habría dominado durante décadas y al final sin éxito, sino la incierta Vera Tamara Beridze, vigilante y espía, amiga y enemiga, víctima propiciatoria y heroína. Sin ella –en este universo novelesco– Anna Ajmátova (1889-1966) no habría recibido la verdadera rehabilitación, que no fue la gracia soviética, sino la otorgada por todos aquellos para quienes su Réquiem (1939-1957), consagrado a las víctimas del comunismo ruso, es acaso lo más parecido a una experiencia religiosa que un lector profano puede recibir desde el corazón del siglo XX. Libro noble, sin duda, el de Alberto Ruy Sánchez. Ilustrado con esmero, parece escrito en papel de fumar. ~

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