Amanecer en el Zócalo, de Elena Poniatowska

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Para despachar el libro, esta imagen debería ser suficiente. Es miércoles 23 de agosto de 2006 y llueve. Llueve en el Zócalo de la ciudad de México, infestado de tiendas de campaña. Bajo una carpa amplia y blanca, Andrés Manuel López Obrador perora. Que Juárez. Que el fraude. Que la Convención Nacional Democrática. Entre los contados compañeros que tienen la suerte de escuchar al líder se encuentra Elena Poniatowska. Pero Elena, ay, no escucha ni participa en la discusión que sigue. “Cae una tromba –cuenta– y no puedo oír nada salvo a ratos a Dante Delgado porque su voz es muy fuerte y está acostumbrado a hablar en público. Supongo que AMLO nota mi cara de angustia porque en un momento dado dice ‘Elenita’, pero no escucho el final de su frase.”

Todo lo que importa del libro está en esa imagen: el Zócalo ocupado, el pretendido carisma del caudillo, la perpetua distracción de la escritora. El resto es casi nada aunque es demasiado: las 395 páginas de Amanecer en el Zócalo. ¿Qué es este libro? En teoría, una crónica íntima del plantón en la ciudad de México. Poniatowska, nos dicen, fue una testigo privilegiada del evento –permaneció con los justos, durmió no lejos del caudillo, participó en esos festivales de dignidad que fueron las “asambleas” del tabasqueño– y ahora comparte con nosotros su diario de aquellos días. ¿Diario? Los apuntes personales ocupan, cuando mucho, una tercera parte de la obra y el resto es pedacería: recortes de periódicos, citas de discursos, largas soflamas del líder. Si la distinción todavía importa, es necesario advertir que esto no es literatura: es un producto editorial, apresuradamente escrito, torpemente armado. Lejos está la cronista de La noche de Tlatelolco e, incluso, la de Nada, nadie / Las voces del temblor. Cerca descansan esos políticos que, atisbando una coyuntura oportuna, perpetran algún libelo. Para ellos, los políticos, parece escrito este libro: aunque extenso, es poco más que un despacho, puede ser leído diagonalmente, no quita demasiado tiempo al señor subsecretario.

Quien se acerque a esta obra en busca de revelaciones escandalosas se llevará un merecido chasco. No hay aquí inesperados apuntes sobre el caudillo ni confidencias relevantes. Quien busque, iluso, reflexiones críticas hallará menos todavía: estampas sentimentales, confesiones menores, teoremas y aforismos donados por la compañera Jesusa Rodríguez. Si atendemos el estilo de Poniatowska, lo que hay es una fiesta: miles de ciudadanos –que son soles que son flores que son pájaros– tendidos hermosamente en la plancha del Zócalo. Eso y, más acá, una farsa doble: la de una intelectual que confiesa no entender nada y la de un presidente legítimo que no es ni una ni otra cosa. Bonito espectáculo: el príncipe y el escritor trenzados en una tumultuosa parodia. Ella, la escritora, no aconseja ni critica ni advierte siquiera –como, digamos, Martín Luis Guzmán ante Villa– el feroz antiintelectualismo del caudillo. Él, el político, no escucha ni pide consejo, menos a la escritora que nada sabe. Decir que entre uno y otro existe un acuerdo ideológico es decir demasiado. Poniatowska lo declara más de una vez: no sabe de izquierdas ni de derechas, sabe que Andrés Manuel la buscó y “seguramente una de las razones para creer en AMLO fue que él personalmente buscara mi apoyo”. Divina simbiosis: la escritora engorda su ego; el caudillo, su cacareada legitimidad.

Es ya demasiado tarde para asestarle a Poniatowska el conocido sermón sobre la independencia intelectual. Ella, además, lo conoce. No hace mucho, cuando Héctor Aguilar Camín rimaba con Carlos Salinas de Gortari, Poniatowska declaró: “Un intelectual debe mantenerse alejado del poder. La cercanía con los poderosos destruye. La ronda en torno del príncipe es siempre degradante y a veces mortal.” En la ronda alrededor de López Obrador, Poniatowska viste mucho pero importa poco. Da pena atestiguar, a lo largo de la obra, cómo cualquiera la desdeña: Jesusa la regaña, sus amistades la amonestan, AMLO no la atiende. En una anécdota lastimosa, Poniatowska se pasea por el Zócalo con una carta en la mano: Cuauhtémoc Cárdenas acaba de escribirle y ella desea compartir con alguien la noticia. Cuando se cruza con López Obrador, éste declara no tener tiempo para minucias y le aconseja ocuparse de cosas más importantes. Elena hace caso: guarda su cartita y se encierra a escribir el discurso con que inaugurará día después la Convencional Nacional Democrática. Allí dirá: “Como borregos no le servimos para nada a Andrés Manuel López Obrador; como seres pensantes, sí […] Hoy es un gran día, es el día de nuestra conciencia, dialoguemos con ella para que en ella se haga la luz.”

Alguna vez Adolfo Castañón celebró que, en La noche de Tlatelolco, Poniatowska hubiera sacrificado la figura del narrador sin renunciar a responsabilidad alguna. En Amanecer en el Zócalo ocurre justo lo contrario: en vez de desvanecerse, Poniatowska se reserva el sitio protagónico; antes que asumir alguna responsabilidad, se disculpa. (“La verdad, nunca sé en qué me meto y sigo sin saber decir que no.”) La diferencia entre un libro y otro es pasmosa. Allá, la autora anda entre los protagonistas y arma un encendido collage del movimiento estudiantil; aquí, el protagonista único no termina de abrirle la ligera puerta de su tienda de campaña. Ante la lejanía del Mesías, todo se llena de serafines: ampliamente citados, Lorenzo Meyer, Sergio Aguayo, Jaime Avilés, Octavio Rodríguez Araujo y compañía componen un previsible corro analítico. (Se citan también, sin discutirlos, algunos textos adversos a López Obrador: “¡Es bien bonita la democracia!”) A la derecha del Padre descansa, inmaculada, Jesusa. Que “dice verdades de a kilo”. Que “les abre la conciencia a muchos”. Que, si la asamblea no se opone, es ya el personaje clásico de la literatura sapiencial mexicana.

No se descubre nada si se dice que Poniatowska es esencialmente ingenua. De hecho, se dice poco si nada más se afirma eso: su comportamiento raya a veces –como ha notado Luis González de Alba– con el cinismo. Ser cándido podría ser, al fin y al cabo, una ventaja: en medio de los políticos profesionales, el ingenuo podría exponer sin cautela cosas que aquéllos no ventilan. Pero Elena no dice nada. No a López Obrador, con quien se encuentra –según su propio testimonio– sólo un puñado de veces, y tampoco a los lectores. Curiosamente, oculta la información más importante. Una y otra vez apunta que las personas en la calle la reconocen, la abrazan, la besan, pero nada revela sobre sus escasas reuniones a puerta cerrada con AMLO y su equipo. Entonces titubea, pierde el oído, se distrae con el despampanante huipil de la Jesu. Más todavía: en un momento confiesa que no sabe en qué se ha metido y al siguiente ya alecciona a la muchedumbre como si lo supiera. Ni siquiera está allí, jugando cínicamente un rol secundario, para atisbar la oscuridad y escribir después algunas páginas válidas. Si Martín Luis Guzmán aprovechó su cercanía con los caudillos para escribir memorables retratos de ellos, Poniatowska gasta sus días en el Zócalo para arribar a esto: “[Andrés Manuel] Es el hombre más besado y abrazado de México. No entiendo cómo todavía le quedan mejillas.” ~