Los dientes eran el piano de Hugo Hiriart

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El piano de Hiriart
Hugo Hiriart, Los dientes eran el piano, Tusquets, México, 1999, 257 pp.

Del siglo XV a nuestros días. Dos horas después de que Marco Aurelio Major me llamara por teléfono para invitarme a presentar el libro Los dientes eran el piano, de Hugo Hiriart, leía yo las amenas noticias de Marcelino Menéndez y Pelayo sobre la corte poética del rey castellano don Juan II. A Juan Rodríguez del Padrón, el último trovador de la escuela gallega —cuenta el Montañés—, se atribuye una traducción de las Heroidas de Ovidio que lleva el extraño título de Bursario, porque —cito a Rodríguez del Padrón citado a su vez por Menéndez y Pelayo— "asy como en la bolsa hay muchos pliegues, asy en este tratado hay muchos oscuros vocablos y dubdosas sentencias, y puede ser llamado bursario, porque es tan breve compendio, que en la bolsa [se] lo puede llevar; ó es dicho bursario porque en la bolsa, conviene á saber, en las células de la memoria, debe ser refirmado con gran diligencia, por ser más copioso tratado que otros". Se me ocurrió de inmediato pasarle el pequeño dato sobre la palabreja bursario a Gerardo Deniz, para que la pusiera al lado de uno de sus vocablos emblemáticos: gatuperio ("Mezcla de diversas sustancias inconexas […] embrollo, intriga", dice el Pequeño Larousse), vocablo éste, gatuperio, que tiene todas las vocales y las tiene en el mismo orden que Aurelio, con lo cual me acordé de mi más venerado Aurelio, Marco Aurelio, el emperador estoico de los Pensamientos, traducidos con verdadero esplendor por Antonio Gómez Robledo, a quien Deniz dedica un precioso recuerdo en su libro Anticuerpos (otra palabra panvocálica). Rodríguez del Padrón tuvo nada menos que la ocurrencia de agregar un par de epístolas de su invención al repertorio ovidiano, cuenta Menéndez Pelayo.
     Esas páginas sobre el siglo XV castellano me llevaron, naturalmente, a consultar las noticias mexicanas que da Antonio Alatorre sobre las traducciones de esas cartas de la antigüedad clásica latina, en el prólogo a su moderna versión en prosa de las epístolas del "poeta narigudo", que así llamaba Miguel de Cervantes a Ovidio. A esas alturas ya tenía medio olvidada la invitación de Major a presentar el libro de Hiriart; pero Antonio Alatorre se encargó de recordármela, pues en la página 17 de su prólogo —hablo de la edición popular de la colección Cien del Mundo— leí lo siguiente, acerca de la traducción ovidiana-alatorriana de 1950 publicada por la UNAM: "[…] no suena mal. Su lenguaje es convincente. Lo pueden testificar —sigue Alatorre— quienes asistieron, en 1983, a la representación del Mecano II de Hugo Hiriart, donde una mujer medio trastornada prorrumpía en tiradas patéticas literalmente tomadas de 'mi' carta de Laodamía a Protesilao" Los hilos de las conexiones volaban en todas direcciones y enlazaban muchos temas, demasiados, en un verdadero frenesí holístico.
     Era, la verdad, un exceso para una sola sesión de lectura, y prendí la televisión en busca de un buen juego de beisbol —cuyas reglas, dicho sea de paso, conozco pasablemente, a diferencia de cierto personaje de Hiriart—, un partido, de ser posible, de las Grandes Ligas. Pero esas curiosidades de erudición ajena die hard, como se dice en inglés, y a los pocos minutos volvía yo a los libros. Ahora a los de Hugo Hiriart, quien para hablar de estética recurre lo mismo al beisbol (bello deporte, para quien conoce las reglas) que a la gastronomía, pues todo lo sucedido en las últimas horas parecía conducirme a ellos, a esos libros entrañables. Me acordé de su maravilloso texto sobre don Juan de Tassis y Peralta, el turbulento conde de Villamediana, quien, según cuenta la leyenda, tuvo "amores reales", como en el siglo XV —también cuenta la leyenda— los tuvo el gallego Rodríguez del Padrón. Villamediana escribió a dos manos, se supone, nada menos que con su adorado maestro don Luis de Góngora, El Cisne Cordobés, un pasaje memorable de La Gloria de Niquea. Fui pues a la Disertación sobre las telarañas y releí de un tirón los "Datos para el retrato de un poeta barroco" y seguí leyendo el clásico texto sobre las dedicatorias y… Ya estaba hecho: no podría olvidarme de Hugo Hiriart y de sus extraordinarias escrituras durante varios días y semanas. A él, a sus páginas, me llevaron, por distintas vías, entre otros, un erudito católico, un filólogo mexicano, un trovador gallego, el beisbol, unas cuantas palabras llamativas. Qué bursario, qué gatuperio, qué balumba.

La catacresis. Ahora tenía ante mis ojos las páginas de Los dientes eran el piano. ¿Qué clase de postulado es ése? O bien, ¿de qué clase de piano se hablaba en esos términos? Leí con cuidado el subtítulo del libro de Hiriart: "Un estudio sobre arte e imaginación". Por ahí asomó entonces la palabrita catacresis, ese fenómeno de las metáforas naturalizadas, por así decirlo, en el lenguaje cotidiano para nombrar a las cosas que no tienen un nombre propio. Catacresis son, por ejemplo, "los dientes del peine (o del tenedor)", "los brazos (o las patas) de la silla", "el ala del sombrero", "las faldas de la camisa", "las patas de los anteojos". ¿Por qué me sonaba a catacresis eso de "los dientes del piano"? Porque quizás aludían a una posibilidad perdida: la de que las teclas consabidas del piano nunca hubiesen tenido un nombre propio —como lo tienen: teclas— y fueran llamadas, por lo tanto, "dientes del piano". Además, porque me recordaba unos dibujos animados del grupo de comediantes ingleses Monty Python en los que un señor fabuloso —¡qué número de circo!— usa su propia agilísima dentadura como pianola o piano. La línea era nada más una ocurrencia poética del cubano José Lezama Lima, según me enteré de buena fuente más tarde.

Hiriart y Savater. Una feliz manera de leer de mi amigo Rodolfo Fonseca, experto editor, me hizo ver la posible y deseable, enorme utilidad pedagógica de un libro como Los dientes eran el piano. Fonseca me decía que junto a los libros sobre ética y política de Fernando Savater podría ponerse éste de Hiriart para abordar el tema de la estética (a lo mejor habría que llamar al libro Estética para Sebastián, como me insinuó otro querido y admirado amigo, pintor por más señas). Vislumbro en esa sugerencia una pequeña revolución en los planes de estudio y también en los estilos de la enseñanza.
     Los parecidos entre Hiriart y Savater son evidentes y a la vez tienen un límite, marcado por la irreductible singularidad y originalidad de sus escrituras y de sus respectivos modos de pensar y de exponer las ideas. Tanto Savater como Hiriart escriben muy bien; piensan con meridiana claridad; exponen con amenidad asuntos difíciles; suscitan la reflexión y la discusión; son capaces de arriesgar metáforas, bromas, extravagancias, en el tratamiento de temas tradicionalmente serios, que no pierden una pizca de su seriedad por ser abordados de esas maneras. Ambos tienen una formación filosófica sólida que no les prohíbe una admirable versatilidad literaria. Más allá de estos puntos en los que se tocan por sus parecidos, los libros de ambos difieren de mil modos.

Un campo de prueba. El estudio de Hugo Hiriart sobre arte e imaginación se ocupa de los grandes temas de la estética: las peculiaridades de una obra; el trabajo artístico propiamente dicho y los rasgos que lo distinguen; nuestra percepción y valoración de las obras de arte; la experiencia estética, en fin, aun frente a la naturaleza. Lejos está del tratado de largo aliento, formal y erudito; aunque Hiriart no puede ni quiere disimular su conocimiento amplio de los temas que trata. En buena hora se familiarizó con los pormenores del oficio periodístico. Cuando uno cierra estas páginas —sólo, por cierto, para volver a ellas, y repasar sus incontables pasajes memorables— siente la tentación de aplicarles algunas de sus propias ideas; es decir: siente la tentación de volver este estudio un objeto de apreciación estética, de convertirlo en una especie de campo de prueba para lo que entre sus pastas quedó dicho con tanta brillantez. El libro de Hiriart lo merece porque se trata de una pieza literaria perfectamente articulada y le refrenda al ensayo su singularidad como proeza de la imaginación, la inteligencia y la inventiva.
     Así, al aprender sobre estética en este libro, puede aplicar uno, de inmediato, esas enseñanzas con el mismo libro, objeto artístico. De momento no puedo imaginar un elogio mejor para este libro de Hiriart, verdadera pieza maestra del arte literario mexicano de nuestros días. –