César Aira: la novela inexistente

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A nadie que se interne por primera vez en el universo proliferante de César Aira le convendrá hacerlo por la puerta de Las curas milagrosas del Doctor Aira, publicada en Argentina en 1998 y editada cinco años después en México, casi al mismo tiempo que su obligada novedad en curso, La Princesa Primavera. Novela sin novela, concebida como una ficción que fracasa deliberadamente para dar lugar al artefacto, Las curas milagrosas del Doctor Aira representa en realidad la entrada del polígrafo argentino al mundo del arte conceptual donde, cerca de su venerado Duchamp, expone el método que lo ha consagrado como una fábrica de hacer novelas. Es probable que el lector impaciente, confundido sin remedio por la leyenda literaria de Aira, ceda ante la tentación de Las curas milagrosas y lo sostenga entre sus manos como lo haría con un libro convencional, sin haberse preparado para comprender la transfiguración del objeto… Dirá entonces, demasiado pronto tal vez, que es una novela imperfecta y autocomplaciente, con una trama inviable, caótica, gratuita. Sin causa ni efecto: inverosímil. Tan breve como llena de ripios: “Seis páginas magníficas salpicadas de frases que deslumbran. El resto: una sucesión incomprensible de digresiones y malos chistes.” No una ficción, sino un medio para que el autor mastique teorías sobre el futuro de la literatura, un futuro que él está ayudando a destruir: “Eso no es una novela… y punto.” Y se quedará boquiabierto, torturado, como un pobre espectador inculto frente a un peluche conceptual, sintiendo una íntima nostalgia por la novela que no ha leído. Y que pudo leer, si el autor se hubiera dado tiempo para elaborarla… Sus primeras impresiones no serán falsas. De hecho está ya metido por completo en el planeta Aira —ese reino del desconcierto donde conviven la inteligencia y el reblandecimiento formal—, pero, como apenas ha logrado captar algo del complejo sistema estético con que sustenta tantas pifias, duda. Primero de sí mismo: “¿Seré acaso un lector comodino, convencional, imbécil?”; luego del autor: “¿Estaré frente a un genio que se da el lujo de ser mediocre? ¿O viceversa?” Por último, de los críticos literarios, “esos sujetos ingenuos que siguen celebrando a Aira sin ninguna sospecha”.
     Es un hecho que el lector se ha equivocado de libro. Debió empezar con La Princesa Primavera —o con cualquier otro: tiene tantos el autor—, una farsa donde la guerra, en estos tiempos belicosos, se presenta como una novela rosa en medio de una escenografía de opereta. También aquí —Aira, a diferencia de otros escritores prolíficos, no es radicalmente otro en cada obra— se aglomeran las situaciones delirantes y los personajes ridículos. Así, la isla de una princesa, que se dedica a la traducción de libros pirata para solventar sus gastos, es amenazada por dos villanos de caricatura: un Arbolito de Navidad y el muy alegórico General Invierno. Menos distraído en su automatismo, Aira parece incluso contenerse ante los excesos de su propia golosina —la imperfección como virtud estética— y, entre la sucesión de absurdos, se verifica una escena mecanicista memorable, deudora de los maniquíes de Virgilio Piñera en La carne de René. Se trata del momento en que el ama de llaves de la princesa, Wanda Toscanini, hija del famoso director, sienta en el jardín del palacio a la momia de su ex esposo, el pianista Vladimir Horowitz, “ese narcisista enemigo del arte”. Horowitz aparece no sólo embalsamado sino con un siniestro mecanismo eléctrico que le permite seguir tocando, eterna y pedantemente, el piano.
     La suplantación, el espionaje, el doble son elementos que también aparecen en Las curas milagrosas del Doctor Aira. Sin embargo, a diferencia de ésta, la novelita de la princesa se deja leer aún como novela y no como una obra ancilar, sucedánea de la especulación artística. Porque en Las curas milagrosas no hay milagros, ni doctor, acaso ni siquiera hay trama. Todo en ella es en realidad un emblema explícito de otra cosa: el Milagro, por ejemplo, es el “procedimiento de escritura” fundado en la improvisación y la falla, porque ¿cómo podría uno intervenir en las acciones de Dios? Para “fabricar milagros”, este doctor que no cree en nada tiene que aceptar su humanidad, es decir, su imperfección… La última parte de la obra es una larga especulación sobre los mundos posibles que pretenden explicar la estructura deshilvanada de la novela. Y aunque magnífica como abstracción, el lector sentirá que la ayuda de Leibniz no es suficiente para sustentar la pieza. Porque ya ni siquiera se atreve a hablar de novela, no digamos de metanarrativa: en Las curas milagrosas del Doctor Aira, la escritura no reflexiona sobre sí misma (esa estrategia del siglo XX): va más allá (hacia el futuro) y se autodestruye al desechar de su método el cálculo, la elección, el estilo, los personajes, el rigor. Por eso, sin la justificación final, la novela desaparece.
     En su ensayo “La nueva escritura”, César Aira ha dicho que “los grandes artistas del siglo XX no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas…” Con eso bastaría para entender el conjunto de su narrativa no como un proyecto balzaciano, sino como un proyecto conceptual en el que también participa el gesto de la publicación incesante de falsas novelas, cuya única importancia es el método con que fueron fabricadas. En ese sentido, Aira no es un escritor sino un fenómeno, un síntoma, un vehículo de la disgregación contemporánea. Su incontinencia editorial es una tragedia, la misma de las Danaides y su barril sin fondo: el suplicio de la eterna insatisfacción. “Si alguna vez pudiera escribir sin estilo, podría vivir”, ha dicho Aira, sabiendo que su aspiración es inalcanzable —la ausencia de estilo, como la imperfección premeditada, es una impostura, artificio, literatura: estilo. Entonces para vencer a la escritura, Aira está condenado a “escribir mal” sin descanso. O tal vez, siendo congruente con el sistema dentro del cual funciona, llegará algún día a guardar silencio, como su modelo: Duchamp. ~