De Sodoma y Gomorra. “Púrpura” de Ana García Bergua

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Cuando una primera novela es hija de una gestación espiritual paralela a la existencia de su autor y éste expresa con dignidad artística ese proceso, queda el temor del agotamiento. Tras la aparición de El umbral. Travels and adventurers (1993), de Ana García Bergua, una estupenda novela fantástica y memoriosa, había razones para sospechar que sus libros siguientes sufrirían en esa ordalía, más aun cuando El imaginador (1996), colección de cuentos de García Bergua, fue una obra sin duda competente pero que estaba, casi naturalmente, por debajo del aliento dejado en El umbral.
     Púrpura, segunda novela de Ana García Bergua, muestra a un escritor dotado del talento para superarse a sí mismo, es decir, salir de los dolores de la intimidad y enfrentar la creación novelesca como una otredad cuyos hilos ya no dependen exclusivamente del yo. Practicante de las formas fársicas por su formación teatral, García Bergua decidió escribir una educación sentimental basada en una caudalosa sorna, que a lo largo de Púrpura revisa alegremente los tópicos consagrados del provinciano cuya entrada a la gran ciudad, de la mano de Mauro, un esquivo pariente rico, resulta un consistente melodrama que no oculta su devoción por el viejo cine mexicano. Las aventuras de Artemio González, héroe de Púrpura, son un homenaje a ese sentimentalismo de utilería que sustenta las intimidades colectivas. Y a diferencia de otros autores, que al interesarse por la frivolidad acaban siendo víctimas sumisas de lo que pretenden parodiar, es la prosa concentrada, elegante y paródica de García Bergua la que hace de Púrpura una novela inquietante.
     La esencia de Púrpura no es el cuidadoso cuadro de época, situado entre "los trescientos y algunos más" que hacia 1940 modernizaban usos y costumbres de una sociedad ansiosa de elegancia y cosmopolitismo, cuya fatalidad estuvo en ignorar que el buen gusto de hoy es la cursilería del mañana. Esa frase la escribió Octavio Paz para explicar el veloz descrédito del teatro de Xavier Villaurrutia. Pero por ser una lectora apasionada de Salvador Novo —que aun en sus peores momentos sospechaba ese destino—, Ana García Bergua retrata en Púrpura esa encantadora chabacanería y la redime. Tampoco me parece esencial la calculada ingenuidad de Artemio ni su papel como hombre superfluo, venturosamente manejado por una escritora asidua de la gran tradición decimonónica. Pero gracias a esos valores artísticos se despliega una de las novelas más consistentes que sobre la homosexualidad masculina se han escrito en la literatura mexicana contemporánea. Mediante un proceso psicológico cuya fineza narrativa se oculta tras el humor, la atracción de Artemio por las mujeres, probada y legítima, se va ensombreciendo por ese amor que no se atreve a decir su nombre, según el angustiado grito de Novo. Y el esplendor homoerótico nunca llega a buen puerto, no por los demonios de la culpa, sino por las reglas de un universo regido por las sobreactuadas convenciones del atrezzo teatral, la escenografía del galanteo cinematográfico y la negligencia clandestina de los amantes.
     Una frase define el espíritu de Púrpura: "Benditos sean los ingeniosos, los que veían la siempre continuación de los callejones sin salida, los que podían escaparse por una falsa perspectiva pintada en una pared". A través de los figurantes, esas puertas irreales de la escenografía, vemos a Artemio descubrir su sexualidad, una latencia dolorosa desde sus días provincianos, en escenas que reúnen una doble cualidad: sensualidad y violencia. Tenía que ser una autora probada en la escritura de una educación sentimental —en El umbral— la que lograra transmitir esa libertad que los escritores militantes escasamente consiguen.
     Quizás el homenaje a Chesterton que ordena la trama de Púrpura sea demasiado obvio. Es probable que el final de la novela sea poco respetuoso de la lógica implacable del melodrama, pues Ana García Bergua rehuyó tanto el final feliz como la tragedia, votando por disolver con la cámara al hombro a su personaje. Pero siempre me he preguntado por qué la autora de El umbral y de Púrpura no goza de la fama y hacienda de tantas escritoras y escritores latinoamericanos convictos de confundir el examen literario de la frivolidad con su ejercicio comercial. Acaso la respuesta sea simple. A diferencia de quienes venden su género —forma deshonrosa de prostitución—, Ana García Bergua "únicamente" se dedica a hacer literatura.
     Púrpura es una novela que rebasa su aparente modestia por mor de la insinuante belleza de su prosa, valentía para encarar el deseo e ironizarlo en un libro tan alegre como uno de los Pensamientos descabellados de S.J. Lec, pues su héroe nos cuenta cómo "se mudó de Sodoma a Gomorra" y vivió para contarlo. –