El presidente electo, de Salvador Camarena y Jorge Zepeda Patterson y Calderón presidente, de Jorge Fernández Menéndez

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A un año de la elección más reñida en la historia de México, cada quien tiene su propia versión de lo ocurrido. Exagero: el grueso de los filoperredistas ha claudicado de su función de pensar para abandonarse blandamente en la interpretación del líder iluminado. Mi versión es la siguiente: luego de una campaña intensa y de una elección concurrida y limpia (recordemos que el PRD no presentó una sola impugnación el 2 de julio), Andrés Manuel López Obrador decidió negar su derrota como una forma de sobrevivir dentro de su propio partido y así evitar el canibalismo propio de las tribus que lo integran. Nació así el mito del fraude. Mito poderoso alimentado de varios factores: la teoría de la conspiración, el victimismo y una larga tradición de elecciones fraudulentas. En estos elementos López Obrador se apoyó para tratar de arrebatar lo que perdió en las urnas. Con una franca intención golpista, reunió multitudes y ante ellas chilló, amenazó y chantajeó con la violencia primero al IFE y luego al Tribunal Electoral. Durante varias semanas asistimos impávidos a ese intento de golpe de Estado (trasmitido en vivo a todo el país por las frecuencias de Monitor). Finalmente, nuestro sistema electoral –hecho a prueba de muchas cosas, menos a la ausencia de demócratas– resistió la andanada. Hoy, que navegamos por aguas turbulentas (sindicalismo insaciable, narcotráfico alebrestado, oposición autista) solemos olvidar que nos libramos de haber caído en el precipicio del caudillismo mesiánico.

Es común oír decir que López Obrador perdió por tal o cual motivo (su soberbia en primer lugar, la ausencia de autocrítica en su equipo más cercano, el pésimo trabajo de las redes ciudadanas, su inasistencia al primer debate, su desprecio a las clases medias, su discurso agresivo y de ruptura social, la total impericia en asuntos electorales de Horacio Duarte –ese abogado que gusta citar a Stalin– el activismo de Fox), pero se suele restar mérito al timonel que nos condujo hasta buen puerto: Felipe Calderón. ¿Quién es Felipe Calderón? Salvador Camarena nos brinda claves para entenderlo en su libro El presidente electo, escrito en mancuerna con Jorge Zepeda. De él extraigo los elementos de la biografía calderoniana.

¿Quién es Calderón?

Felipe Calderón nació en Morelia, en 1962. Desde niño soñó con ser presidente (aunque la primera vez que lo reconoció en público fue en 1996). Hijo de Luis Calderón Vega –uno de los fundadores del PAN–, y casado con Margarita Zavala desde 1993: sin ella no se entiende a Calderón. Panista clasemediero, con fama de jefe irascible y demandante.

En Morelia, estudió la primaria con la congragación de las Hermanas del Espíritu Santo y con los padres maristas. Sus primeras actividades sociales, organizadas por los maristas, fueron para ayudar a comunidades pobres. Vivió con intensidad la carrera política de su padre: en no pocas ocasiones participaron él y sus hermanos en sus mítines callejeros. Su padre renunció al PAN en 1981, y murió en 1989, luego de varias embolias cerebrales. Cuando salió su padre del partido, Felipe Calderón encontró en Carlos Castillo Peraza el asidero intelectual y el guía que le ayudaría a trazar su camino.

Estudió leyes en la Escuela Libre de Derecho. “Era desafiante, era retador intelectualmente, combinaba una lucidez intelectual notable con cierta irreverencia hacia los maestros”, recuerda Juan Miguel Alcántara, su mentor. Gracias al apoyo de Luis H. Álvarez, fue postulado como diputado de la naciente Asamblea Legislativa del df en 1988, y como diputado federal en 1991. En 1989 cursó una maestría en economía en el ITAM. Su primer viaje al extranjero fue a Texas, ese mismo año. En 1993, Castillo Peraza fue investido presidente del PAN y Felipe Calderón ocupó la Secretaría General. En 1995, se lanzó como candidato al gobierno de Michoacán, y, aunque subió la votación del partido del once al veinticinco por ciento, perdió. La relación con Castillo Peraza se cuartearía sin remedio a partir de 1997, durante la campaña de éste por la Jefatura del DF. A pesar de que Calderón, llorando, le rogó que se quedara, Castillo Peraza renunció al PAN en 1998 y poco después, en 2000, fallecería en Alemania; la muerte los encontró distanciados. Dice Germán Martínez: el triunfo de Calderón es el triunfo de Castillo Peraza. Como presidente del PAN, lo marcó su colaboración con Zedillo. El acuerdo tácito fue: reforma electoral definitiva y el cargo de Lozano Gracia en la Procuraduría, a cambio del apoyo panista en las cámaras. Ambas experiencias dejarían insatisfecho al PAN y tendrían costos para Calderón. La relación con Zedillo se fracturó a consecuencia del Fobaproa, pero las negociaciones entre el gobierno y el PAN continuaron. Con Vicente Fox, la relación siempre fue muy difícil. Como presidente del PAN, tuvo trato frecuente, incluso amistoso, con el presidente del PRD, Andrés Manuel López Obrador. Ahora le parece, dice Calderón, que López Obrador “es alguien que se ha venido llenando de mucha amargura, de mucho rencor, de mucha frustración”. (En el libro que López Obrador escribió sobre el Fobaproa, el nombre de Calderón no aparece entre los responsables de esa operación.)

A los 36 años –luego de haber sido dos veces diputado, secretario general del PAN, candidato a gobernador de Michoacán, líder nacional de su partido–, decidió irse a estudiar un doctorado a Harvard. “Recuperé la capacidad de sentirme feliz”, dijo. En el 2000 regresó a México y acompañó a Fox en algunas giras. Llegó de Harvard mejorado, más sereno. Pero en general sus amigos dicen que es “un tipo intenso, complicado”. De él comentan que tiene seguidores, no compañeros. Felipe Calderón en verdad cree que él debe solucionar el problema de México. Asume a fondo su responsabilidad. En el 2004, renuncia a la Secretaría de Energía, luego del regaño público que le propinó Fox de resultas del lanzamiento que hizo Francisco Ramírez Acuña de su candidatura para la Presidencia. Está convencido de que hay que tomar decisiones, aunque sea por mayoría. Dice Calderón: “El ambiente legislativo va a estar marcado por la negociación. Entiendo perfectamente cuándo es tiempo de guerra y cuándo es tiempo de paz.”

Duerme poco y se despierta con varias tazas de café. Le encanta viajar por México. “Tiene fama de mejor amigo que jefe –señala Camarena–, de mejor orador que diplomático, de ser más hábil en la negociación de la sustancia que en el cuidado de las formas.” Es dicharachero. Le gusta celebrar cantando mariachi. Lee poco: Crimen y castigo lo marcó. Encuentra de inmediato la esencia de un problema, y sus implicaciones, pero luego duda, titubea y mete reversa.

Felipe y su escuadrón

Pero Calderón no ganó solo la elección.

Sus adversarios afirman que ganó gracias al apoyo de “los poderes fácticos” (empresarios, televisoras, Fox). Lo cierto es que Carlos Slim, el segundo hombre más rico del mundo, apoyaba a López Obrador (para conseguir ese apoyo, por cierto, le vendió al empresario a precios de locura cientos de propiedades del Centro Histórico), así como también es cierto que muchos empresarios terminaron por apoyar a Calderón por las continuas agresiones y desplantes verbales del AMLO en contra de ellos. ¿Las televisoras? Es un hecho que López Obrador contaba con el apoyo de TV Azteca (en cuyos canales tenía un programa propio que se trasmitía martes y jueves, por las mañanas y en las noches) y de Televisa (gracias a su amistad con un alto directivo de esa empresa, las entrevistas con el perredista eran suaves y duras con Calderón), además de que fue el candidato que más gastó en spots durante la campaña. ¿Y el descarado apoyo de Fox? Dudo mucho que las chocarreras frases de Fox (el oro y el moro, el jinete y el caballo) hayan hecho cambiar la opinión de un solo votante perredista, a menos que creamos en su retraso mental, algo que, al contrario de muchos perredistas, me niego a considerar. No, Calderón no ganó solo. Lo hizo acompañado de un equipo de jóvenes talentosos, su escuadrón.

Zepeda Patterson, al que no se puede tachar de panista, afirma que, la de Calderón, “fue una verdadera hazaña política, por donde se le mire”. Por su parte, Fernández Menéndez, éste sí filopanista, afirma que, en 2005, México tenía más posibilidades de ganar el Mundial de Futbol que Calderón de convertirse en presidente. En menos de un año, Calderón se impuso a Santiago Creel, a Vicente Fox, a Manuel Espino y a López Obrador, “el fenómeno político –dice Zepeda– más sorprendente de los últimos años”. En lo cual yerra Zepeda, pues apelando a la lógica se puede afirmar que más sorprendente aún resulta quien pudo vencer a tal “fenómeno político”.

En ese escuadrón, comandado por el hoy Presidente, fue determinante el papel de Juan Carlos Mouriño, el organizador. Mouriño impuso disciplina pero sobre todo impulsó una metodología –basada en la investigación y el análisis– que ha demostrado ser muy efectiva. Se empleó primero para conquistar la candidatura del PAN (estrategia basada en ganarse a los liderazgos locales, y más a fondo: a los operadores políticos que estaban detrás de esos liderazgos) y más tarde para conquistar la Presidencia. Enamorados de las teorías simplonas, los filoperredistas prefieren seguir creyendo que se ganó “con el apoyo de los de arriba”, en vez de mirar con más atención el trabajo metódico de los que estaban “abajo” del propio Calderón. Fue ese equipo, esa escuadra, la que obligó a Calderón a asumir públicamente que la campaña no funcionaba y que debían dar un golpe de timón. Se llevó a cabo y los resultados no se hicieron esperar. La distancia, que en marzo era todavía de diez puntos, se fue acortando hasta que, a finales de abril, Reforma publicó la primera encuesta que lo ponía a la cabeza de las preferencias electorales. Todo lo contrario sucedía en la campaña de López Obrador, donde él se obstinaba en tomar todas las decisiones y no había nadie que se atreviera a hacerle el menor señalamiento crítico. Los caudillos, nos enseña la historia, no saben ganar elecciones: acostumbran tomar el poder a la fuerza.

Por un lado, un equipo de jóvenes muy preparados que utilizan las encuestas y los análisis para detectar errores y corregirlos, para sugerir derroteros y ceñirse a ellos férreamente. Por el otro, un equipo integrado casi por puros cartuchos quemados del salinismo, repletos de mañas y expertos en golpes bajos (como la guerra sucia que orquestaron en contra de Hildebrando, que casi les cuesta la Presidencia a los panistas). Concluye Salvador Camarena que el escuadrón de Calderón tomó decisiones políticas muy audaces por no conocer las reglas no escritas de la política mexicana. En resumen: la técnica se impuso a la politiquería.

Los obstáculos

Frente a la avalancha de libros escritos sobre López Obrador, antes y después de las elecciones, sólo dos libros han buscado comprender la estrategia de Calderón para alcanzar la Presidencia: el de Camarena-Zepeda y el de Fernández Menéndez. El primero de ellos, El presidente electo, está dividido en dos partes, la inicial (que detalla la biografía de Calderón y, sobre todo, hace un esfuerzo muy notable por adentrarse en las entrañas del equipo calderonista) es obra de Salvador Camarena, y la complementaria (en donde se analizan los retos y obstáculos que enfrentará en el poder el nuevo mandatario) de Jorge Zepeda Patterson. Se trata de un libro serio de investigación, crítico de Calderón y escéptico ante los retos que éste debe enfrentar. El segundo, Calderón presidente de Fernández Menéndez, se presenta como “una crónica que no intenta disfrazarse de falsa objetividad”. Libro que reúne entrevistas con Calderón y una serie de artículos que el autor fue escribiendo a lo largo de la campaña, es disparejo, prolijo y débil. Ambos volúmenes, empero, son necesarios para entender las claves del México que hoy vivimos. Ambos libros coinciden en señalar que no es López Obrador el mayor obstáculo al que deberá enfrentarse el gobierno de Calderón, sino el desafiante y creciente poder del narcotráfico. Lo acertado de ese pronóstico lo vemos día a día traducido en ejecuciones y balaceras, en presiones nunca antes vistas –como la reciente escaramuza de la mafia internacional, que públicamente intenta doblegar al gobierno a través de la mitomanía levantada por el chino naturalizado mexicano Ye Gon. Otro de los desafíos de Calderón es el del sindicalismo magisterial. Para Zepeda, el haber entregado la educación básica al snte es una “irresponsabilidad como Jefe de Estado”. Sin embargo, reconoce necesaria su alianza con ese sector: “El problema con el sindicalismo corporativo es que son pésimos aliados del gobierno, pero como enemigos son aún peores.” Y si no lo creen, pregúntenle a Madrazo, o a lo que queda de él.

El reto mayor, sin embargo, no le corresponde a Calderón como presidente sino a la ciudadanía en su conjunto. El reto consiste en poder articularse, en organizarse como fuerza vigilante y activa. El reto mayor: transformarnos de súbditos en ciudadanos. No hay mejor antídoto contra el populismo o el autoritarismo que una ciudadanía dueña de sus derechos y responsable con sus deberes. A eso debemos aspirar, o terminaremos por hundirnos. ~

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