El cutis patrio, de Eduardo Espina

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Leo a Espina de dos modos: con frac y bombín o con la túnica del monje budista. El primer atavío me propicia el acceso a su jacaranda, al arrebato gozoso de la palabra; la segunda vestimenta me arropa para enfrentar, detrás del aparente desvarío, la desolación de quien, creyente deseoso, está a la intemperie, en un estado de la mayor desconfianza: sabe del absoluto de la muerte, de la Nada donde no hay nada, pero que nada; sabe que en vida también la Nada rige los movimientos del día, los pesados y azarosos pasos del tiempo desaguando en el día después de la posteridad, donde, sin duda, el cero que en vida tuvo miedo a enmudecer, de a todas todas al morir, enmudece. O como dice el subtítulo del poema titulado “La fecha del día siguiente: (si hoy es sábado, mañana no).” Nada más evidente, ¿verdad? Cual decir, sin maldecir, Nada más evidente que la Nada. Pues lo evidente evidencia lo inevitable: que estamos de paso, pájaro incierto, ala ficticia, y a fingir llaman (o habría que pegarse un tiro). Así, leo doble, a veces bizco, la obra de Eduardo Espina, quizás el poeta vivo más imaginativo del lenguaje en lengua castellana. De atavío dieciochesco o decimonónico leo su gramática de salón, y zarabandeo; de ropaje monástico y búdico leo, lo que él mismo llama “el milagro de lo trascendente [que] habla por lo contingente”; y desde una desesperación hormigueante, proliferante, que comparto, padezco su desolación.

En lo que va de siglo, y que se sepa, en el inabarcable ámbito del Universo, sólo a Eduardo Espina se le ocurriría titular un libro El cutis patrio. ¿Boutade? ¿Arbitrariedad? ¿Un loco asirio escribiendo destartalamientos en castellano? Al contrario, locura sería seguir haciendo escritura al trillado modo desgastado que tanto gusta a la generalidad de los lectores de medio pelo; arbitrario sería cantar a estas alturas de la “Historia a la Patria”, pongamos, al modo decimonónico (Oh tan conmovido); Boutade, que no debe faltar, sería gratuita, si el estro galante no contuviera el estro espiritual, hondo, que caracteriza la persona y la obra de Espina. Ese título es, dicho en plata, oro razonable: sintetiza, en su paradójico esplendor, la pugna fundamental entre lo general y absoluto, y lo singular y relativo: o dicho al modo clásico (y calássico) la búsqueda (por necesidad del ser que teme devenir Nada) de lo imperecedero, desde la dolorosa conciencia de lo efímero. La Patria es de todos (en teoría); el cutis de cada cual: y así, lo general y lo singular se conjugan en este título, en cuanto deseo: el deseo de que cada cutis pueda participar de toda la Patria, tal y como la dermis participaría de un Orbe inalterable y dichoso para todos, tras la Muerte.

Espina es más intenso que extenso: la extensión cuadrada de cada uno de sus textos no exigiría, a ras, más de diez minutos para una lectura; sin embargo, leerlo en profundidad, dada la intensidad sintáctica, de desplazamiento y desarticulación de su poesía, exigiría días y horas interminables de paciente lectura, que a este lector inveterado de su obra, ha procurado y procura momentos múltiples de conocimiento en el desconocimiento, de luz en la tiniebla, de júbilo en la desolación. Así, considero, que la intensidad de Espina es una extensión: sólo que se trata de una extensión en verticalidad, extensión escabrosa, de simas y cimas, de valles y anfractuosidades en que crece la hierba lapislázuli y la roca que da agua y fertiliza. Los textos del cutis pican, forjan, recomponen y cavan hacia un subsuelo que nada tiene que envidiar al cielo ni a la Nada: sus renglones, casi todos del mismo tamaño, hunden la zarpa y el pico en el duro granito o la mojada arcilla, extrayendo del lenguaje, Verbo, y del Verbo, risa, referencialidad, desasosiego, infinito vocabulario, precisión del estro, magnitud de la mano que sabe donde colocar de la tinta al papel, o de la tecla a la pantalla, justo lo necesario: el mot juste que, ajeno a toda verbosidad, compone y recompone el infinito, proyectado desde el arduo trabajo de Eduardo Espina.

¿Cómo leer a este individuo, casi personaje, feroz cuan tierno, que es Eduardo Espina? El primero paso por dar es disfrazarse, y estar así a tono, para leer en los disfraces de sus textos. El segundo paso, dejarse llevar por lo imbricado, cantar o canturrear sus poemas, no esperar de primera y pata un sentido concreto, un sentido que tenga premisas y consecuencia, o presentación, trama (traumática, sobre todo, para no llorar en el ángulo de un cuarto oscuro) y desenlace. O sea, paso segundo: desembarazarse de los prejuicios de lector y armarse de paciencia para lo nuevo, un “nuevo” en el sentido que diera Pound a la expresión del chino que dijera Make it new (evidente que Pound lo dijo en inglés, habiéndolo dicho el chino en chino). Paso tercero: sostener todo el tiempo la noción de que estamos ante una poesía que remodela los fundamentos poéticos de la tradición, renovándolos y revitalizándolos: y lo logra, una y otra vez, acudiendo a los subterfugios de la desarticulación del texto, del corte del discurrir sintáctico, de su desplazamiento, así como a la banalización de lo exquisitamente sublime de la tradición venida a menos (léase, un sublime en falso, por retoricón) constelando así una hibridez moderna que moviliza lo uno hacia lo Uno, reconfigura la disrupción para irrumpir, desde su escurrimiento interminable, como agua remansada y serena, agua cristalina donde todo dolor se lava, todo lo turbio se enaltece e ilumina, principalmente a través de un lenguaje travestí, y de un lenguaje que entre vera y burla, se padece a sí mismo, compadeciéndose, cuando hace falta, de su condición. Así, esos poemas de El cutis patrio, forjados como cuadrados (tombeaux) son en verdad redondeces redondeadas por la magistral imaginación lingüística del poeta Espina. Unas redondeces a las que acuden la aliteración y la paranomasia, desde un maridaje continuo que hace de lo retórico no una banalidad sino una verdad: otro modo de acceder a lo oculto, y otra luz para leer en la noche cerrada de nuestra individual oscuridad, no desde la manida lógica de los poetas quod poetas, sino desde un espacio sintáctico que más que ilógico se naturaliza alógico.

Hay que levantar en cada poema de este libro el tegumento: debajo se encontrará otro tegumento de la infinita cebolla que es el poema que leemos, el libro que aquí presentamos, la obra ingente y enjambrada de Eduardo Espina. Estos tegumentos muestran una verdad: el rostro no es pura superficie, cutis que se lava, piel que se muda, y mejor o peor cuidada, desaparece. Por el contrario, bajo el rostro singular yace el rostro universal; bajo el hoy está la totalidad del tiempo (“Entre hoy y ya pasaron varias semanas”) de modo que la piel, ora del cuerpo ora del rostro (vulto o cara) es “librada membrana adonde despertarse.” Una madre para todos, por ende, el rostro, su cutis: una patria para todos esa piel ora pellejo ora beldad. No es gratuito que Espina se muestre tradicional cuando corresponde: “Corre a su fuente tal fortuna que a la una dio la eternidad.” El reloj de muñeca pasa a ser cósmico Reloj, de igual modo que “la cara del labriego alcanza el calvario”. Esa zona nada especiosa donde muerte y resurrección se aúnan, rostro y patria se abrazan. Un calvario que evoca por asociación inmediata un calvero, espacio labrantío estéril que a su vez evoca la esterilidad de la muerte, muerte que a través del calvario alcanza su trascendente sumidad (“y lleva al principio:”).

Añado: leer a Espina es ser testigo fehaciente de que ahora “está de odas todo”. Júbilo que implica que “Todo será según la noción sanada”. Júbilo que hace, de los juegos barrocos de palabras, una nueva risotada sana y sanadora, regeneradora, que el ingenio creador conjuga, descubriendo, por ejemplo, en un “con don perdiendo la posibilidad” un condón de jacarandosa verba que, más que erotizarnos, nos hace soltar la carcajada (y bien pensando, ¿hay mayor erotismo que reír a mandíbula batiente?). El serpentino discurrir de este libro de poemas, que Aldus tuvo a bien publicar (esperemos que no en sus últimas boqueadas) es un canto a la vida en todo su zigzaguear proliferante, un canto de vida y esperanza (no, no me burlo) donde viaja la vida “con larvas debajo”. Larvas que son estro y astro, reo y parte de “tanto astro natal y semblante rasante”, en que el ras de la piel, frágil y vulnerable, encuentra puerto seguro en el astro luminoso de la poesía de Espina. ~