david huerta
Foto: Maritza Ríos / Secretaría de Cultura CDMX, CC BY 2.0

In memoriam, David Huerta

Capaz de la participación más animada y del silencio para escuchar al otro, David Huerta fue un crítico único que entraba en mundos de intereses propios única y exclusivamente por amor.
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La primera vez que fui invitado a participar en México en un pequeño festival de poesía en 1965 conocí a Efraín Huerta, se bebió y se rio a gusto.

Recuerdo que más adelante me presentaron a David durante la etapa en que, con su cola de caballo, llevaba la dirección de La Gaceta del FCE, y comenzamos a vernos esporádicamente en las salas, pasillos y salones de la poesía de México con cierta frecuencia.

Pasó un tiempo y lo volví a ver en una memorable lectura de poesía en la New York University, homenaje y despedida del poeta argentino Néstor Perlongher, ya tocado de muerte por el Sida, en la que participé con Néstor y Roberto Echavarren. Después de la lectura fuimos a tomar un refrigerio en casa de Jacobo Sefamí, en donde nos reunimos Néstor, Echavarren, David, Haroldo de Campos y otros amigos, poetas que tuvimos la alegría de estar juntos y la tristeza de vivir el inminente fallecimiento de Perlongher.

Recuerdo o creo recordar que estuve con David en un restaurante al que se nos invitó tras una lectura de poesía en el D.F., que hicimos Raúl Zurita y yo. No olvido que al final de la lectura que clausuró Alí Chumacero se nos acercó un joven estudiante y nos dijo: “Raúl Zurita leyendo era un volcán hacia afuera y José Kozer un volcán hacia adentro”.

Tras la cena antes mencionada hablé bastante con David y tuve la impresión imborrable de estar con un ser humano alerta, capaz de la participación más animada, la risa y un cierto desparpajo (a mí me introdujo a los albures mexicanos que me explicó en detalle), así como el silencio que implica la capacidad de escuchar al otro, capacidad que tanto brilla por su ausencia en el mundo ególatra de los poetas. Y su ternura, tranquila, una ternura que floreciera tras años de dura vigilancia de su propio espíritu ya vapuleado por la vida de la década de los sesenta, con sus virtudes de alteración y cambio tan necesarias y sus pequeñeces epatantes que se convirtieron en metralla y chatarra, en superficialidad de diversas cosas mayores: la cultura, el budismo, la búsqueda de nuevas formas de expresión, la creación artística, los nuevos maestros de la pintura, la escritura, la composición musical de ruptura.

Lo vi por última vez de pura casualidad deambulando por las calles de la Ciudad de México, encuentro fortuito que acabó siendo una lección magistral de David sobre el Siglo de Oro. Lo sabía todo, era ameno, estaba entregado y junto al poeta de Incurable tuve la fortuna de conocer a un crítico único que entraba en mundos de intereses propios única y exclusivamente por amor. Un amor central y no residual ni oportunista.

Y llegó Átropos, la diosa inexorable, tijeras en mano para cortar el hilo de la vida.

Aquí canto a David Huerta. Lo imagino sereno, montando en una orilla la Barca de Caronte, incluso acariciando al perro tricéfalo que tendría a su lado, la vista fija en la otra orilla donde se entra en lo invisible, lo veo apearse de la Barca y reconocerse feliz, en verdad feliz dado que ha encontrado la dicha de la invisibilidad, la trascendencia ulterior (gate gate paragate parasangate bodhi svaja). Es y no es David, por supuesto. Su presencia es dantesca, como cuando Dante abraza a un amigo o contempla a un enemigo y se encuentra con que su abrazo carece de materialidad, es vacío. David lo sabía, la invisibilidad feliz implicaba asir la Nada, penetrar la ausencia de formas donde “no hay sufrimiento, no hay fuente, no hay alivio, no hay camino, no hay conocimiento” según plantea el Sutra del Corazón, el sutra más breve y condensado del budismo zen. David Huerta tal vez no lo conociera, sin duda lo intuía.

Lo imagino por fin, ahora, trascendido cuan trascendente, recordando un poema de su amado Fray Luis de León (“Oda a Francisco Salinas”) donde ambos maestros, uno Barroco, el otro Neobarroco (en parte) reconocen “que todo lo visible es triste lloro”.


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