El mundo como miscelánea

Enciclopedia de las artes cotidianas

Laura Sofía Rivero

Random House,

Ciudad de México,, 2025, , 198 pp.

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Hay en la escritura de Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) una ligereza y levedad propia de las largas caminatas. Podría decir que Rivero se inspira de la tradición francesa de flâneurs del siglo XIX, pero prefiero leerla como un peatón inteligente, un concepto que se desprende del ensayo mexicano contemporáneo, más específicamente de la antología Contraensayo (2012). Su estilo se inserta dentro de una genealogía de escritores entre los que destacan Vivian Abenshushan, Luigi Amara, Rafael Lemus, Brenda Lozano, Eduardo Huchín Sosa, Heriberto Yépez. Formados entre la academia y las revistas, al “desescolarizar al ensayo” y “sacarlo al aire libre” logran, como bien señala Abenshushan, revitalizar y redefinir el rumbo del género.

Sus ensayos comienzan con un comentario, un dato curioso, una anécdota personal y avanzan paulatinamente hacia temas comunes. También en su libro anterior (Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros desechos, 2021), Rivero muestra su habilidad para enfocarse en lo que usualmente no consideramos digno de entrar a la conversación como pueden ser la escasez de papel o los mensajes inscritos en puertas de los baños públicos.

En su Enciclopedia de las artes cotidianas insiste, una vez más, en su “derecho a la miscelánea” para incorporar aquello que va quedando fuera de un trayecto lineal: lo insignificante, lo marginal y lo secundario, pero sobre todo para mostrar todo lo que cabe en un ensayo. Puede cuestionar un documento tan anodino como el curriculum vitae y después elaborar sobre todas esas actividades ñonas que nos encantan a los escritores y académicos como las tesis, las etimologías, los libros y las palabras en desuso.

El libro se divide en cinco partes que dialogan entre sí: “Las palabras”, “Las personas y las cosas”, “Hoy, el futuro”, “Los otros reinos” y “La vida interior”. Rivero hace precisamente lo que el ensayo demanda: preguntas y conversaciones. Describe, analiza y contrasta sus experiencias intelectuales (la lectura y la escritura) con sus experiencias vitales (no siempre en concordancia). Dos cuestiones centrales de las que se ocupa la autora son “¿cuál es el lugar de la literatura del yo en un mundo selfie, de culto permanente a la experiencia individual?” y “¿qué es un ensayo?”.

Para contestar estas preguntas, Rivero recorre la tradición mexicana y latinoamericana de ensayistas y poetas del siglo XX. Con cada texto redefine las posibilidades de este género literario y lo hace en diálogo con César Vallejo, Jorge Luis Borges, Gabriel Zaid, Octavio Paz, Rosario Castellanos. Deja a un lado la política, las teorías identitarias y/o feministas recientes, sin por ello dejarse permear por ensayistas como Vivian Gornick y Natalia Ginzburg, dos referencias clave en su trabajo.

El ensayo, para Rivero, es el espacio donde examina los malestares de su generación: “el amor en los tiempos del iPad”, el cansancio a los 35 años, el narcisismo, el desconocimiento de la flora y fauna. Observa cómo las nuevas tecnologías han modificado las relaciones sociales y afectivas. Nos lleva a pensar en la desaparición de las cartas y en nuestra percepción del tiempo, al describirnos a una Penélope “que ya no tiene tiempo de tejer por las mañanas y deshilar en las noches”. También reflexiona sobre el desgaste que implica vivir y trabajar en la ciudad, la búsqueda continua del roomie “perfecto”, las malas costumbres propias y ajenas, la higiene, el uso del piyama o el desinterés por la moda.

Mientras los gustos y las aversiones van haciendo un retrato de las manías de quien escribe, lo importante no se centra en la persona sino en el placer de la digresión que compartimos en un diálogo cálido y pausado. Ya enganchados en el flujo de la divagación tenemos la sensación de ir paseando (y pensando) en buena compañía. Pasamos por el Centro Histórico y llegamos a sus negocios de “uniformes, playeras estampadas y recuerditos”. Después nos lleva por otras ciudades que nos muestran sus abominables letreros grandes, “porque habitamos un mundo en donde nada existe si no puede concebirse como una marca”. Rivero va de lo personal a lo colectivo.

Cada texto funciona como una crítica social que se estructura y se enlaza de manera inesperadamente poética. El ensayo, apunta la autora, es “un ejercicio de imaginación” y este le otorga la libertad de experimentar con el género y de lograr un texto absolutamente poético hacia el final del libro. “El jardín de vuelta” muestra de qué manera el amor lo revoluciona todo: la respiración, nuestras sensaciones, la percepción del entorno y el lenguaje mismo:

Nuevos árboles frutales. Nuevas bestias que aún no son nombradas. La desnudez que no avergüenza. El jardín renace en nuestros cuartos. Solo el amor impugna aquel destierro y cuestiona lo escrito sobre piedra. Amo como se puede amar antes de todo.

Amo a un hombre que está hecho de palabras. Pronuncio la palabra pájaro y me brotan plumas al instante. Dice sed y mis labios urgen de humedad. Dice quizá y me tambaleo. Responde a mis preguntas y otro mundo se crea en este mundo que habitamos. […]

El hogar solo existe en su pecho. Sus brazos son los brazos del reposo. Casi la saciedad, el sueño pleno. Hay frutos bajo nuestros techos, flores bellísimas, un cielo intacto. Me acaricia la espalda y todo nace. Germina el sol, lo ciño a los arcos de mi cuerpo. Él duerme junto a mí y se completa todo. Recobramos el jardín, solo eso basta.

Rivero tiene un oído, un ritmo y una prosa pulida donde los temas y las referencias se corresponden con lucidez y belleza. Su mirada nos hace redescubrir –como el amor– lo cotidiano. Estamos frente a un libro muy bien armado y ante una escritora que desmenuza, sin pedantería o protagonismo, las ideas.

En una fiesta donde todo el mundo se divierte, ella no espera el momento de irse, para escribir no sobre la fiesta, sino sobre la urgencia de irse de ella. Ahí es donde Rivero se distingue de su generación, se va de la fiesta para poder divagar más libremente. ~


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