El principe y sus guerrilleros/La destrucción de Camboya, de José María Pérez Gay

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Los jemeres rojos tomaron el poder hace tres décadas, en 1975, y lo conservaron hasta el 79. Durante esos cuatro años consiguieron cambiar el nombre de Camboya por el de Kampuchea; colectivizar las tierras, de lo que se derivó la hambruna correspondiente; desalojar por la fuerza las ciudades (Pnom Pehn, la capital, pasó de tener un millón y medio de habitantes a sólo diez mil), reventar el núcleo familiar y redistribuir a la población en colectividades rurales esclavistas. Asimismo, prohibieron el dinero, rompieron relaciones con todos los países salvo China y expulsaron a los extranjeros. Para 1979, había muerto un número de camboyanos difícil de estimar, pero que probablemente se acercó a los dos millones y medio, buena parte de ellos ejecutados por la gente de Pol Pot. El país, a su llegada al poder, tenía algo más de siete millones de habitantes.
     Es difícil no preguntarse qué llevó a Pérez Gay, germanista, narrador, hombre de formación básicamente filosófica y sociológica, a meter las manos en Camboya. La respuesta, al parecer, es: la perplejidad. Él mismo parece indicarlo cuando recuerda que la carnicería perpetrada por el régimen comunista camboyano no ha calado realmente en la conciencia del mundo. ¿Perplejidad ante qué, pues? Seguramente, ante el hecho de que las Naciones Unidas otorgaran a los enviados del gobierno jemer el estatus de representantes legales de su país, o ante la imagen indignante de un Pol Pot que murió anciano en su cama, sin ser juzgado. O, mejor aún, perplejidad ante la falta de información disponible acerca de esta masacre insuperable, sobre todo para quienes tienen que limitarse a la bibliografía en español, mala y escasa. El libro de Pérez Gay, que revisó una amplia bibliografía en inglés, francés y alemán, es de entrada, pues, un oportuno trabajo de divulgación.
     No menos valioso es el trabajo de desmontamiento de las raíces ideológicas del polpotismo. Pérez Gay nos remite con detalle al Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Como es sabido, ahí está el suelo del que brotó el proyecto de los cabecillas jemeres, una revolución integral a la china, el paraíso sembrado en un charco de sangre. Maoístas son tanto el plan de colectivización de tierras como los métodos brutales empleados para llevarlo a cabo —aunque el referente más lejano es el experimento colectivizador soviético. Maoísta es, asimismo, el afán de “reeducar” a la población con vistas a formar hombres íntegra, convencidamente nuevos, para un mundo nuevo. Esta voluntad, digamos pedagógica, se nota en la decisión alucinada de borrar por completo el pasado “burgués” de las conciencias. Para ello es que se adiestró a los brutales jemeres rojos, milicianos jóvenes inspirados en la Guardia Roja de Mao, y de ahí aberraciones como la matanza de maestros o la incineración de bibliotecas. De influencia maoísta es, en fin, la apelación a una edad de oro, una utopía pasada de esencia agraria, esa que vislumbró Mao, entre sus clases y sus devaneos poéticos, en la China profunda. Para los jemeres, esta utopía llevaba un nombre: Angkor, la primitiva cultura que ocupó el territorio de lo que hoy es Camboya, encarnación de un ideal comunitarista ajeno a la vileza inherente a las ciudades. La restauración en versión actualizada de esa utopía fue el motivo expreso por el que emprendieron la colectivización, el desalojo de las ciudades y, como remate, esa matanza que fue además un genocidio en el sentido estricto del término, es decir, una matanza con motivaciones raciales. El ideario polpotiano propone también una utopía étnica, de la que serían excluidos, vía el exterminio, todos los grupos diferentes a la etnia jemer: vietnamitas, chinos, laosianos. Y es que los jemeres rojos no sólo fueron comunistas: fueron nacionalistas, y del modo más cruento. Así, bajo la égida del Hermano Número Uno se unieron por enésima vez —pensemos en Stalin, en Milosevic, incluso en Mao— las dos grandes aberraciones ideológicas del siglo pasado, el nacionalismo y el comunismo.
     No menos destacable es el acierto de Pérez Gay a la hora de identificar la herencia del polpotismo. Ésta es la parte más propositiva de El príncipe y sus guerrilleros. Sí, por increíble que parezca, el experimento comunista camboyano ha encontrado émulos. Los más famosos aparecieron aquí cerca, en Perú. Es bien sabido que Sendero Luminoso siguió una línea maoísta; menos conocido es el hecho de que ese maoísmo parece tener raíces camboyanas. De ese aparentemente lejano estilo nacen las conocidas masacres de campesinos o la devastación económica de amplias zonas del país, provocada por la prohibición de practicar el comercio. Otro paraíso ensangrentado.
     No está mal el recordatorio. Aunque Sendero no gozó nunca de amplias simpatías, debido precisamente a los grados de crueldad que alcanzó, las guerrillas disponen todavía de una extendida imagen de legitimidad. En este sentido, y aunque lamentablemente no es uno de sus objetivos manifiestos —habría venido bien un extra de vuelo especulativo en esa dirección—, este libro se inscribe en una tradición reciente de revisión crítica del cadáver todavía fresco del marxismo real y sus derivados. No se trata de una revisión surgida de enclaves conservadores, sino de círculos progresistas, y ésa es su mayor virtud: no es tanto una revisión del marxismo como de nuestro marxismo; de, en fin, los paraísos que nos inventamos. Es decir, un análisis de conciencia muy necesario en un país donde un gobierno elegido democráticamente puede dar impunemente las llaves de la ciudad a un tirano como Castro, o un delegado y diputado, como Gilberto López y Rivas, escupir con orgullo que trabajó para la KGB sin que casi nadie parezca escandalizarse. Bienvenido, pues, este nuevo acercamiento a nuestros pecados, que se suma a obras como Koba el Temible, de Martin Amis, sobre los crímenes del estalinismo, o Soldado rojo de las noticias, el archivo sobre la Revolución Cultural del chino Li Zhensheng.
     Terminemos con dos objeciones. Una tiene que ver con la responsabilidad que atribuye Pérez Gay a los norteamericanos en el nacimiento de la dictadura de Pol Pot. Es una idea bastante extendida que ésta prosperó, en parte, como consecuencia de los bombardeos que dejó caer sobre Camboya el ejército norteamericano. Los bombardeos existieron y es imposible encontrar una razón que los justifique, pero la relación entre un hecho y el otro no es, ni mucho menos, de necesidad. Quizás, en ediciones posteriores, podría Pérez Gay abundar al respecto. La otra objeción tiene que ver con la estructura del libro. Aunque el resultado es claro, la sensación de que los capítulos fueron acomodados un tanto arbitrariamente, sin solución de continuidad —Pérez Gay salta sin mayores avisos de China a Perú y de vuelta a Camboya, por ejemplo—, es muy marcada por momentos. Igualmente, podría hacerse un poco de trabajo editorial con las fotos, donde las raras y valiosas imágenes del exterminio camboyano conviven sin mayores explicaciones con las imágenes tomadas por Li Zhensheng. Problemas menores, sin duda, para un libro necesario. –