Galicia y su desmemoria

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Nacho Carretero

Fariña

Madrid, Libros del k.o., 2015, 358 pp.

Si convenimos que ser periodista consiste en entender una determinada realidad y traducirla; si acordamos que la pieza periodística debe ser capaz de responder a todas las cuestiones que ella misma traza, debemos afirmar entonces que el nuevo libro de Nacho Carretero es una excepción que supera cualquier norma deontológica. Porque, ¿cómo explicar el mal? ¿Cómo dar respuestas ante una realidad tan sombría? El lector sale de este libro enfangado, molesto y desconcertado, preguntándose cómo fue posible mantener durante tantos años esta colosal espiral de dolor, muerte y violencia. Galicia es la protagonista de este reportaje de gran aliento. Galicia es la gran madre de todos los jóvenes (y no tan jóvenes) que murieron infectados por un virus letal llamado cocaína (o fariña, en el argot del lumpen gallego). Aquellos zombis que habitaban en el centro de Vilagarcía morían en brazos de sus madres, y estas valientes que crearon el movimiento Érguete (Levántate, en gallego) supieron dar la vuelta a la calamidad que estaban viviendo: “Estos chicos no eran delincuentes, eran enfermos”, le confiesa Carmen Avendaño, presidenta de Érguete, al autor. Con esa fuerza que concede el saber que la lucha es contra el destino y no contra una mala elección, esas madres no se acoquinaron ante el matonismo imperante. “¿Miedo? Yo no les tengo miedo. Yo perdí a mi hijo, y con él perdí el miedo”, afirma Milagros, otra madre de Érguete. Son incontables los recovecos que Carretero dibuja en Fariña, pero la historia del equipo de fútbol Dejadnos Vivir destaca por su especial emoción. Este intento de Fernández Padín –un exnarco arrepentido que propició la caída del clan de los Charlines– de sacar a los jóvenes de los bares y parques donde se drogaban para calzarse unas botas de fútbol resultó infructuoso. Dejadnos Vivir ganó aquel campeonato y sus jugadores –raquíticos y temblones– fueron vitoreados por el público. Sin embargo, solo un par de esos chicos lograron sobrevivir. El resto engrosó aquella lista de la generación perdida de Galicia. Otra de las esquinas vitales que ilumina este libro es la que concierne a aquellos que sustentaban la ley en aquel tiempo: policías y guardias civiles, jueces, políticos… Los primeros hablan escudados en un anonimato necesario a juzgar por la hostilidad con la que todavía les reciben en las Rías Baixas. Los segundos han tenido que soportar amenazas nada veladas, como la que Sito Miñanco –el narco de Combados– dedicó a los jueces de la operación Nécora, entre los que destacaban Garzón y Vázquez Taín: “Menos mal que yo no creo en la violencia porque si no os mataba a todos.” Los terceros, por su lado, se han visto constantemente salpicados por cada uno de los casos que la sociedad iba conociendo con estupor. Núñez Feijóo y Fraga aparecen frecuentemente en el relato y el lector se pregunta si realmente fueron ciegos ante la mutación que vivió su tierra en aquellos años. El libro no responde del todo a esta cuestión, pero corrobora que Fraga era íntimo del histórico contrabandista Vicente Otero, “Terito”, y llegó a colocarle la insignia de oro y brillantes del partido político que presidía. Los capos son los otros personajes esenciales de esta narración. De orígenes diversos, con culturas diferentes pero con una misma pasión por el dinero, este grupo de clanes familiares que intentaban emular a los cárteles colombianos se convirtió en carne de rumor y leyenda. En medio de ese mundo eminentemente masculino destacó la presencia de “la Charlina”, hija del patriarca Manuel Charlín. Fue en la conservera donde aprendió a ejercer sus dotes caciquiles de mando, que sufrieron sus trabajadoras. La padrina, dura y severa, llegó a utilizar a sus hijos para blanquear dinero. Una de ellas, menor de edad, tenía cuatrocientos millones de pesetas en una cuenta bancaria. La niña, finalmente, hubo de declarar ante la Audiencia Nacional. Carretero esboza en uno de sus capítulos otra variante del capo: el empresario de éxito, un disfraz bastante solvente en aquel tiempo. Cuenta el periodista que, para salvar una inspección, los dueños de una cafetería de Vilanova –una localidad de 10.500 habitantes– explicaron que servían dos mil cafés al día. Así justificaban los capos empresarios las descomunales cantidades de dinero que ingresaban. Uno de los padres del periodismo narrativo hispanoamericano, Homero Alsina Thevenet, afirmó en alguna ocasión que a él le gustaba poco aparecer en sus textos. Y que, si lo hacía, no era buena señal. Carretero escribe con una prosa certera esta mastodóntica historia que abarca más de veinte años de calvario. Sin embargo, el lector apenas percibe su presencia. Su escritura ilumina, centra, orienta al lector a través de los distintos planos de este intrincado relato. Fariña podría leerse como una novela negra, pero esa descripción le hurtaría al libro lo que realmente es: una historia escrita por un periodista que cuenta una determinada realidad en toda su complejidad y contradicción. Carretero cierra el libro con una frase perturbadora: “No se debe olvidar lo que todavía no ha terminado.” ~

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