Los pasos del hombre, de Francisco Coloane

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Chata honestidadFrancisco Coloane, Los pasos del hombre. Memorias, Mondadori, Barcelona, 2001, 275 pp.El naufragio de un barco en el Cabo de Hornos se ha convertido en un leitmotiv en la obra de Francisco Coloane. En sus memorias, Los pasos del hombre, reaparece la anécdota en varios de los capítulos que se suman a la buena de Dios para retrasar los principales hitos en la vida del escritor chileno. La última versión del naufragio encierra una clave para leer, a un tiempo, el temple y la creación de Coloane: "El barco llevaba en su vientre un cargamento de pianos que habían quedado sobre una punta arenosa. Sobre sus teclados las olas hacían escalas de ida y vuelta. Intenté más de una vez contar este episodio, pero siempre me pareció que no lograba comunicar su misterio. Lo incluí en mi novela El camino de la ballena pero… no sé, siento que algo falta". No sería exagerado extender este juicio al conjunto de la obra de Coloane y, en particular, al recuento de Los pasos del hombre.
     Abundan episodios potencialmente tan maravillosos como el naufragio de este barco que abandona su cargamento al capricho del viento y, no obstante, junto con Coloane, llegamos a sentir que, a cada paso, "algo falta" y que este "algo", antes que a la magnitud del misterio, es atribuible a una carencia del escritor: la imaginación. Sin duda, Francisco Coloane percibe y sitúa los misterios, a menudo más terribles que epifánicos, que la Patagonia revela como relámpagos de lo numinoso. Seguramente, también tiene mucha razón al afirmar: "Es más fácil inventar una realidad que penetrar en la que tenemos más cercana […] El mayor problema en la creación literaria, para mí, es armonizar la profundidad de pensamiento con el reflejo de la verdad de la vida, a través de la imagen, el símbolo o de la palabra sencilla, accesible para muchos". Pero la falta de imaginación es precisamente lo que le impide penetrar en la realidad con el arpón, por ejemplo, de un Melville.
     En Coloane encarna la ambigua virtud del autodidacta. Por un lado, la información de primera mano, un conocimiento como inocente de esta región que Chatwin así describía: "La Patagonia es el lugar más alejado al que el ser humano ha ido a pie desde su lugar de origen. Es por tanto un símbolo de inquietud. Desde su descubrimiento ejerció sobre la imaginación un poder similar al de la Luna, aunque, en mi opinión, más poderoso". Por el otro, esta "inocencia" del autodidacta raya en un desprecio, por supuesto mal entendido, hacia el otro tipo de conocimiento que el arte añade a la penetración de la realidad. En el corto aliento de la prosa de Coloane, de cuando en cuando se oyen los hipos antiliterarios que lo atragantan y no le dejan respiro para retener las ráfagas que pasan ante sus ojos. Coloane es el prototipo del escritor "honesto" que deslumbra a los europeos fatigados de teorías, posmodernismo y deconstrucción. La suya es una honestidad teñida del puritanismo de los antiguos comunistas, de aquellos compañeros de ruta que recorrieron las sucesivas dictaduras de Chile con entereza pero también con las orejeras propias del sentimentalismo alimentado por la tribu Neruda. Sus evocaciones de los indios alcalufes, onas o yámanas parecen estar peleadas con los conocimientos que ahora se tienen de estas civilizaciones destruidas por los inmigrantes blancos en un juego de feria macabra. Una anécdota se repite de un capítulo a otro como un cliché de simpático impacto: "Los onas se ponían rayas de colores en el rostro para advertir a sus semejantes cuando habían amanecido de mal humor". Coloane es un escritor indeciso entre todas las disciplinas (etnología, botánica, fauna, mitos) que se asoman bajo su pluma para resarcir el ojo de la imaginación del que carece.
     "Pero condensar y expresar en su integridad la majestuosa tragedia de esta provincia del globo es algo que sobrepasa mis fuerzas", confiesa Francisco Coloane en el capítulo "El guanaco blanco" de sus memorias. Esta honestidad fundamental de Coloane que algunos aplauden como una garantía de verdad, como si lo auténtico fuera un asunto de carencia y no de mirada, podría contrastarse con un juicio sobre el discutido pero apasionante libro de Bruce Chatwin En la Patagonia. Este inglés salido del enrarecido ambiente de Sotheby's, impregnado de complicadas teorías sobre el nomadismo, consiguió algo que, efectivamente, sobrepasa las fuerzas de Coloane: "Bruce Chatwin no dice una media verdad, sino una verdad y media. Su logro no consistió en describir la Patagonia tal y como es, sino en crear un paisaje llamado Patagonia, una nueva forma de mirar, un nuevo aspecto del mundo".
     A ratos, Francisco Coloane da la impresión de llegar a un umbral, como si hubiera ascendido hasta la cima de los barrancos del mar, y desde allí estuviera a punto de emprender el vuelo. Un ejemplo es este párrafo que apunta a la experiencia del hombre en la pampa patagónica: "El hombre se evade por dentro, viaja por sus venas, se empina por el andamio de sus huesos, bebe en su corazón, y llega hasta un maravilloso reflector que está arriba, en su mente, y que sólo pueden atisbar sus ojos cerrados durante horas y horas". Pero las memorias ni siquiera le dan pie para contar este viaje interior que, aseguran los antiguos y actuales viajeros, cambia al hombre que transmuta sus recorridos por estas inhóspitas extensiones en el descubrimiento de otra mirada.
     Los dos momentos magistrales de estas memorias no pertenecen a Coloane, sino a personajes de quienes él se vuelve el fiel transcriptor, como suele ser su costumbre. El primero es el poeta ruso Evtushenko que, al llegar a los glaciares del sur, exclama: "La Patagonia tiene algo de Siberia. El mismo olor a espacio…" El segundo es el padre de Coloane que, al morir, pronuncia las exactas y extraordinarias palabras del tránsito: "Volvamos al mar". –

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