Los gatos y el sentido de la vida

Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida

John Gray

Traducción por Albino Sánchez Mosquera.

Sexto Piso

Ciudad de México, 2021, , 188 pp.

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Desde la modernidad, se consideró al ser humano como el centro de todo conocimiento, como un ser vivo superior gracias a su capacidad racional. Al estar desprovistos de esa capacidad los animales fueron relegados a un ámbito inferior y, en algunos casos, eran vistos como autómatas sin alma. Eso pensaba, por ejemplo, René Descartes, que –a pesar de haber ganado fama por su duda metódica– no tenía reparo en lanzar gatos desde la ventana para probar que no tenían alma alguna que justificara la capacidad de sentir dolor. Los maullidos ocasionados por el impacto –creía el filósofo– no eran más que el producto del colapso de una máquina contra el suelo.

Filosofía felina, el libro más reciente de John Gray, cuestiona esa supuesta superioridad. Al contrario de lo que comúnmente se piensa, la razón humana no es más que una evolución accidental, en vista de que la autoconciencia no es la meta final del universo. “La conciencia –sostiene el autor– aparece en unos organismos por simple azar evolutivo, y va y viene en especies sucesivas.” La justificación para ponernos como el centro del conocimiento no tiene una base real y, por ello, cuando decimos que los gatos son inferiores porque son incapaces de pensar en sí mismos, en realidad no nos damos cuenta, según Gray, de que la autorreflexión es la fuente de nuestros más grandes delirios.

Los gatos gozan de una libertad mental que los humanos no tenemos. Pueden enfocarse totalmente en lo que hacen sin pensamientos de segundo orden que los hagan desconcentrarse del aquí y el ahora. Es decir que, si bien dan muestras de no tener gran preocupación por el futuro, parecen estar mejor preparados para afrontarlo. No viven alistándose para la muerte, como lo hacen los humanos, o como enseñan los filósofos que consideran la vida como una preparatio mortis. Esa libertad mental también significa que son libres del dominio de las palabras que rigen a los seres humanos, sobre todo en la filosofía, cuya historia se resume en la creación de ilusiones lingüísticas. Según Gray, los gatos son archirrealistas: viven siguiendo su naturaleza y concentrados en lo que sus sentidos les ofrecen y no con fantasías artificiales que les ayuden a suprimir su naturaleza.

Gray introduce a las escuelas helenísticas como el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo que trataron de contestar la pregunta que ocupa al ser humano durante toda su vida: ¿cómo ser feliz? A juicio de Gray, sin embargo, ninguna de ellas ha logrado dar una buena definición de la felicidad. Las respuestas de aquellos filósofos parecen insuficientes ante un panorama de pandemia, hambruna y guerra. ¿Cómo se puede hablar de felicidad desde la mera reducción de placeres o la aceptación de los hechos del mundo? ¿Cómo suspender el juicio podría desterrar esa inquietud que nos turba siempre?

Como una alternativa para responder esa clase de preguntas, Gray se sirve de Spinoza y del taoísmo, ya que ambos hablan de una vida buena de acuerdo con la propia naturaleza. El conatus –o lo que se le asemeja en la filosofía china: vivir acorde al tao– es la fuerza interior para autoafirmarse en el presente. Para Gray, los gatos pueden ser felices porque se despliegan conforme a su propia naturaleza, y en ese conatus se autoafirman: son siempre ellos mismos.

En los gatos la diversión de la caza o el amor que podrían llegar a sentir por sus amos son genuinos, porque no los buscan con el afán de olvidarse de sí mismos, sino por diversión, por hacer lo que en ese momento desean. Por esa razón, su compañía carece de un ego que pone al otro como objeto de su felicidad. Según la tesis de Gray, a menudo los humanos buscan negar su propia naturaleza y se ven en la necesidad de crearse relaciones, teorías y contextos necesarios para vivir. Samuel Johnson, que tenía una tendencia a la depresión, encontraba en la compañía de todas las clases sociales el aliciente de su melancolía. Pero nunca halló mayor felicidad que la que le dotaba la presencia de su gato. Hodge lo acompañaba porque así lo quería, a pesar de que, si un día Johnson moría, el animal estaría preparado para vivir en su ausencia. Los gatos en el mundo de los humanos permiten sacarlos del ensimismamiento y mirar más allá de su mundo atormentado.

Con todas estas ideas en mente, me parece que el atractivo de este libro es que permite cuestionar nuestras concepciones en torno a la felicidad y la noción de la vida buena que la tradición occidental nos enseña como una meta. A su vez, presenta una gran oportunidad para aprender más acerca de las misteriosas criaturas que son los gatos, desde la concepción mística que se les adscribía en la Edad Media –o la categoría de dioses que se les dio en el Antiguo Egipto– hasta las múltiples historias que se han escrito en los últimos cien años acerca de ellos, como La gata de Colette o Lost cat de Mary Gaitskill, un bello ensayo que habla del amor entre un gato y su dueña.

Sin embargo, tengo la impresión de que el título no refleja las ideas que contiene: si la filosofía es una fuente de ansiedad y delirio y, por tanto, parece que supone un obstáculo para la felicidad o una fuente de infelicidad, ¿por qué proponer una filosofía felina? En las primeras páginas, pensé que el libro trataría de proponer un modo de vivir felino, un modo de vivir antifilosófico, pero no parece ser el caso. ¿Esto podría revelar que la condición humana que se critica a sí misma se termina tropezando con su propio caminar? ¿O es que por el hecho de ser una filosofía felina deja de ser filosofía?

Por otro lado, Gray critica a las escuelas helenísticas que ofrecen un modo de vida bueno. Una de sus más agudas objeciones es que no se le podría decir a una persona que vive la guerra –un ucraniano, por ejemplo– que su felicidad está en la manera en cómo afronta la guerra, en suspender su juicio o en reducir sus placeres. ¿Pero podría objetársele lo mismo al decálogo que el propio Gray nos presenta al final? Es decir, ¿se salva de sus propias críticas? Pienso que no.

En su decálogo, el autor aconseja: 1) Nunca trates de convencer a los seres humanos de que sean razonables. 2) Es ridículo que te quejes de que nunca tienes suficiente tiempo. 3) No le busques un sentido a tu sufrimiento. 4) Es mejor ser indiferente con otros a sentir que tienes la obligación de amarlos. 5) Olvídate de perseguir la felicidad y tal vez la encuentres. 6) La vida no es un relato. 7) No tengas miedo a la oscuridad, pues a menudo las cosas más interesantes se ocultan en la noche. 8) Duerme por el simple placer de dormir. 9) Guárdate de cualquiera que se ofrezca a hacerte feliz. 10) Y si no puedes aprender a vivir un poco más como un gato, regresa al mundo humano de la diversión y no te sientas culpable.

Me gustaría haber encontrado algo más que un decálogo felino de cómo vivir, porque un listado de diez puntos reduce demasiado la compleja condición humana que describe Gray. ¿Cómo podría decírsele a un ucraniano que una pista para ser más feliz sería no tratar de convencer a Putin de que sea razonable?

Quizá mi lectura sea mucho más exigente y seria de lo que esperaría un libro cuyas intenciones aparentemente son más lúdicas que filosóficas. Si se tratara de una serie de consejos poco solemnes para enfrentar las vicisitudes ordinarias de la vida, el libro funcionaría como un ejercicio muy divertido. Pero me desconciertan ciertos pasajes, como cuando le recrimina a Epicuro que no sea consciente de ciertos males como la pobreza. Tomando en cuenta eso, ¿puede Gray reprochar a Epicuro que no dé respuestas a situaciones límite y sugerir al mismo tiempo que vivir como un gato sí las da?

Si se quisiera salvar la propuesta de Gray, habría que enfatizar el hecho de que el decálogo consiste en realidad en una serie de “pistas sobre cómo vivir bien” (de hecho, así las describe en cierta parte del libro), difícilmente aplicables en contextos como las guerras, los feminicidios o las desapariciones forzadas. De ser más honesto con su título, Gray podría limitarse a proponer un atisbo de cómo vivir menos atormentados ante males naturales como la enfermedad o la muerte, pero no responde ni responderá nunca, así como tampoco pudieron hacerlo ni las escuelas helenísticas ni Spinoza ni el taoísmo, a la pregunta de qué es la vida buena y cómo conviene vivirla ante males morales perpetuados por nosotros, los seres humanos. ~

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