Pessoa revisitado. Lectura estructurante del “Drama en gente”, de Eduardo Lourenço

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Eduardo Lourenço es el decano de los críticos literarios portugueses y una de las figuras de la cultura europea que conservan una buena cauda de símbolos asociados al siglo pasado. Nacido en 1923 en San Pedro de Río Seco, en el nordeste de Portugal y a pocos kilómetros de la frontera española, Lourenço es un hombre de formación filosófica, recibida inicialmente en la universidad de Coimbra. Tras recorrer algunas universidades alemanas se estableció en Niza, donde enseña desde hace muchos años al grado de que se le conoce, entre los amantes de la literatura portuguesa, como “el maestro de Niza”.

Desde que fue becado en 1954 por el gobierno de Salazar, Lourenço ha vivido casi toda su vida fuera de Portugal, pero él mismo ha insistido en no presentarse ni como un exiliado político ni como un resistente contra aquella dictadura. Su obra, empero, fue un contrapunto constante y un llamado de alerta frente al aislamiento peninsular, tanto más grave en Portugal que en España, puesto que el país atlántico no padeció de una guerra civil que llamase la atención ni el régimen autoritario salazarista, benévolo en comparación con otros, se caracterizó por el terror o por la emigración masiva de sus intelectuales. Pero es imposible leer a Lourenço sin tener en cuenta que el mapa de Europa presentaba en 1945 una anomalía que entonces parecía pasajera: el fascismo –más allá de sus formulaciones nacionalcatólica o corporativista– había sobrevivido, en la península ibérica, a las derrotas de Mussolini y Hitler. El aislamiento era más desolador de lo que hubiese imaginado el poeta Antero de Quental en aquella conferencia pesimista, La causa de la decadencia de los pueblos peninsulares, dictada en 1871.

Esa sensación de asfixia sólo podía atenuarse a través de ese europeísmo un tanto paradójico que es, como veremos, el que suelen profesar los portugueses. En Heterodoxia, la colección de ensayos crítico-filosóficos publicada primero en 1949 y luego en 1966, Lourenço aspira, desde el título, al ejercicio de un espíritu de heterodoxia que lo distinga y lo defienda del catolicismo y del marxismo, las obediencias ortodoxas que se dividían la conciencia de Portugal. Debe precisarse, para aclarar un tanto la vista de aquel paisaje, que frente a la dictadura del invisible doctor Salazar, el clandestino Partido Comunista, némesis complementaria o gabinete en la sombra, gozaba de una enorme influencia política e intelectual. Lourenço explica en el prólogo a la edición definitiva de Heterodoxia (1987) que, en su caso, el existencialismo fue la única identidad “religiosa” capaz de oponerse a la doble obediencia imperante. Lourenço cultivará cierto estilo de marxismo crítico que busca a Marx en las fuentes hegelianas e, inspirado por Albert Camus, frecuentará el existencialismo cristiano, a Kierkegaard y a León Chestov.

El encuentro decisivo en la vida intelectual de Lourenço tenía que ser con Fernando Pessoa, fatalidad similar a la sufrida por otros críticos: Taine estaba condenado a encontrarse con Stendhal, Malcolm Cowley con Faulkner, como F.R. Leavis con D.H. Lawrence, Marcel Reich-Ranicki con Thomas Mann, George Steiner con Paul Celan… Se trata de encuentros que dramatizan la relación, no necesariamente cronológica, entre el maestro y el discípulo y que logran enfrentar a una época con otra que aspira a negarla dialécticamente. Encuentros en los cuales, con frecuencia, lo que se escenifica es un sacrificio.

El caso Pessoa, es decir, la manera en que un oscuro poeta de vanguardia se transforma en una familia de espíritus llamada a reinar sobre la poesía del siglo xx, es un caso en extremo complejo y Pessoa revisitado (1974), de Lourenço, es una de las piezas centrales para iniciarse en un verdadero misterio. En primer término, Pessoa apenas aparecía en el campo visual de los historiadores tradicionales de la literatura portuguesa, de tal forma que toca a sólo tres personas, a Joao Gaspar Simões, a Luís de Montalvor y a Jacinto de Prado Coelho, ocuparse, hacia 1950, de toda la labor biográfica, filológica y crítica que representará la erupción repentina e incesante de quien probablemente sea el poeta europeo más demandante desde Dante y Shakespeare.

Lourenço, como parte de la ola que en los años cincuenta hubo de revolucionar el estudio de la literatura como parte de las humanidades y que en ese camino de heterodoxia hizo el bien e hizo el mal, hubo de recurrir a cierta dosis de crueldad. La víctima no podía ser otra que Gaspar Simões (1903–1983), quien, al escribir la monumental Vida y obra de Fernando Pessoa (1954; FCE, 1986 y 1996) salvó al poeta del olvido a cambio de colorear un poco su destino con los aguafuertes del malditismo o de interpretar su biografía con rudimentos freudianos que pronto resultaron risibles. Lourenço no fue el primero en instigar el sacrificio (lo habían precedido un primo de Pessoa y Adolfo Casais Monteiro) pero en Pessoa revisitado se constataba que “la fantástica maquinaria de heterónimos” no podía seguir siendo examinada con métodos decimonónicos reputados como anticuados los de Sainte-Beuve o de Gustave Lanson) y que era inútil seguirse preguntando por la verdad biográfica de Pessoa o por el nivel de mistificación o fingimiento que había en los heterónimos.

Los críticos, según Lourenço, habían querido castigar a Pessoa “por haberse llevado con él la llave de un laberinto por el cual ellos se pierden.” Ese castigo, según lo documenta Robert Bréchon en el apéndice de Extraño extranjero. Una vida de Fernando Pessoa (1996; Alianza Editorial, 1999), se tornó extremo tras el artículo dedicado a Pessoa en 1968 por Roman Jakobson y Luciana Stegagna-Picchio. En Pessoa revisitado, Lourenço asumió el riesgo de presentar a Pessoa en el sendero de lo indecible, pregúntandose qué hacer ante un poeta que hacía estremecerse a una noción asociada a Victor Hugo, la del genio como mago de la buena conciencia. Quien soñaba con la aparición de un Súper-Camões se convierte él mismo en el resultado de su profecía: Pessoa por Pessoa es un par del Shakespeare de los Sonetos o, al menos, de John Milton. Entre la megalomanía como una mera autodescripción y la seguridad del fracaso más absoluto transcurre la experiencia límite de ese moderno Eróstrato. Si la poesía es “la más alta claridad de una época”, concluye Lourenço, al no oscurecer su obra con el truco de dividirla en diferentes autores, Pessoa no sólo le gana la partida a la nueva crítica sino que cierra el linaje de los maestros del no sentido: Hölderlin, Nietzsche, Kafka.

El libro clásico de Lourenço es un acto de fe que se balancea entre la impotencia y el escepticismo: si la poesía de Pessoa sólo puede ser explicada por él mismo, lo que sus lectores podemos decir es un tanto banal, casi anecdótico, junto a la gloria momentánea con la que los poetas que son Pessoa nos recompensan al aparecerse en una sesión espiritista para comunicarnos un mensaje a la vez existencial y esotérico, mensaje cuyo desciframiente nos tomará casi una eternidad.

Pessoa revisitado ha sido traducido al español un poco tardíamente cuando hace rato que circula su secuela (Fernando Pessoa, notre Roi de Bavière en la versión francesa de 1997) y es apenas el segundo o tercer libro de Lourenço accesible en español. No es Pessoa revisitado una obra fácil y ello no se debe al estilo profesoral de Lourenço, un tanto esquemático, donde las ideas respiran con dificultad y emergen tras no pocos minutos de angustia. Mientras que el conocimiento de Pessoa (y con él de Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares) está bien difundido entre los letrados de nuestra lengua, Pessoa revisitado le ofrece al curioso, bajo la incómoda piel del testigo mal informado, el espectáculo de otro “drama en gente”: la historia íntima y el pleito de familia ocurrido en torno al extrañísimo padre de la poesía portuguesa. Y para quienes fuimos introducidos a Pessoa por Octavio Paz, finalmente, pareciera que “el extranjero absoluto”1 que presenta Lourenço es una de las variaciones de aquella lectura precursora propuesta por Paz en “El desconocido de sí mismo”, el prólogo de 1961 a la primera antología del poeta portugués en español que después aparecerá en Cuadrivio (1965).

En Lourenço late una contradicción no resuelta, a la que se puede dar seguimiento en un libro posterior, pazianamente titulado O laberinto da Saudade (1978), una colección de artículos que pretende ser, según indica el subtítulo, “un psicoanálisis mítico del destino portugués”.2 El libro es curioso porque la saudade casi no aparece literalmente mencionada y porque lo que en Pessoa revisitado es románticamente indecible, aquí queda expuesto en términos históricos. La estructura heteronímica es propuesta como característica de la historia literaria portuguesa que va de los historiadores Alexandre Herculano y Oliviera Martins a Pessoa, pasando por Eça de Queirós, quien es (antes que Valery Larbaud como llegó a suponer tardíamente Paz) la fuente más visible de los heterónimos pessoanos.

En O laberinto da Saudade no se le escapa a Lourenço la paradoja del europeísmo portugués, cuya sofisticada identidad (y las fabulosas teorías literarias en las que descansa) está condenada a difuminarse cuando una nación cerrada se abre a la gran corriente del tiempo. La saudade portuguesa, de hecho, es un interregno, una parálisis ocurrida entre el fracaso de la idea imperial en Alcazarquivir y la profecía del retorno del rey Sebastián. Pessoa, quien aparentaba ser un místico hermético y nacionalista, nos asombra al encarnar, él mismo, al escritor a través del cual acaba por expresarse universalmente la espiritualidad portuguesa, en términos ya no modernos sino, por así decirlo, posmodernos. En 1985, en lo parece una broma del destino que no se despeja sino hasta que se lee el único libro portugués publicado en vida por Pessoa (Mensaje, 1934), sus restos fueron trasladados al claustro del monasterio de los Jerónimos. Allí reposan junto a Vasco Da Gama y Luis de Camões. 3 

La obediencia final de Lourenço, tras rechazar el nacionalcatolicismo y el comunismo estalinista, no fue ésta o aquélla variedad de existencialismo, sino el acto de fe poética en Pessoa. Su verdadera obediencia le ha dado un lugar en la historia vicaria de la crítica, donde Pessoa revisitado respira como el testimonio de una ejemplar “entrada en religión” que presenta el conflicto entre un crítico y un poeta: la fábula de la interpretación como una historia personal.

A lo largo de los últimos años el mundo de Pessoa se ha convertido en un universo paralelo donde los heterónimos, los semiheterónimos y los ortónimos aparecen tendiendo nuevos puentes en la medida en que manan, tal pareciera que infinitamente, nuevos textos en prosa y en verso (en inglés y en portugués) del par de arcones sin fondo que la hermana de Pessoa guardó y en los que hay 30.000 documentos de los cuales, según dice Robert Bréchon, una tercera parte todavía está en curso de publicación.

“Visto desde fuera (desde donde no se ve), ningún secreto o misterio humano tiene relevancia. Desde dentro, adquiere la dimensión del mundo”, dice Eduardo Lourenço en Pessoa revisitado. Tras leerlo, y habiéndose dejado guiar por él entre los verdaderos iniciados en Pessoa, a uno le queda una doble impresión: el mundo del poeta portugués es, a la vez, un caos que, si por definición no puede ser descrito, también es una lección de integridad. Por un lado, Pessoa da miedo y un amigo mío, lector curtidísimo y viajero infatigable, me decía que había dos pruebas por las que todavía no se atrevía a pasar: ir a la India y leer todo lo que de Pessoa se ha publicado. En ambos casos temía perderse, no volver, convertirse en un sâdhu, desconocer a los suyos y migrar a través de una cadena infinita de heterónimos. Pero, por otro lado, yo no comparto la visión melancólica, desesperanzada y neurótica que Pessoa impone, por justificadas razones, en otros lectores. Prefiero pensar que Pessoa produce lo que ningún otro escritor del siglo xx, esa sensación de plenitud que nos advierte que la aventura de los modernos y el camino de las vanguardias valieron la pena y fueron una magnífica hazaña náutica, otra circunvalación del mundo, el descubrimiento y la posesión de un hermoso planeta. ~ 

– Christopher  

Domínguez Michael

1. La edición francesa de Pessoa revisitado (Metaillé, París, 1990) se titula Pessoa l’étranger absolu.

2. Uso la edición francesa, Le laberynthe de la Saudade. Psychanalyse mythique du destin portugais, Éditions Sagres-Europe, Bruselas, 1988.

3. Otros textos de E. Lourenço en español son la introducción a la edición bilingüe de Mensaje (Hiperión, Madrid, 1997) traducida por Jesús Munárriz y un capítulo de Camões (UAM, México, 1982), en el que también aparecen colaboraciones de otros grandes escritores portugueses como Jorge de Sena y António Sérgio.

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