Retrato de Milán en posguerra

Silencio en Milán

Anna Maria Ortese

Traducción por César Palma

minuscula editorial

Barcelona, 2012, 166

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Anna Maria Ortese (Roma, 1914-Rapallo, 1998) pasó su infancia entre Nápoles y Trípoli. Cambió su vocación musical por la literaria tras la muerte de uno de sus hermanos, marinero en Martinica, según Wikipedia. Fue una escritora temprana y con el libro de cuentos El mar no baña Nápoles (1953) se ganó la enemistad, “le llovieron palos, no pudo regresar a su ciudad adoptiva”, escribió José Luis de Juan en 2008. Su novela más reconocida es El colorín afligido (1993), situada a finales del siglo XVIII en Nápoles. De la cuarta de cubierta: “Tres jóvenes señores belgas –un príncipe, un escultor y un rico comerciante– emprenden un viaje al sur de Europa, a Nápoles. Estamos a finales del XVIII. El pretexto de la visita es un conocido fabricante de guantes que vive en Santa Lucía con sus hijas, la filosofía es la del Grand Tour…”

En la editorial minúscula, que también publicó El mar no baña Nápoles, leo Silencio en Milán (1958, 2012), con traducción de César Palma. La portada es una foto de Milán (Piccerella) en blanco y negro en la que destaca en el centro un tranvía rojo, como las letras del título. El libro reúne una serie de crónicas o cuentos a partir de crónicas, todas en Milán. En algunas piezas la deuda con el reportaje es más evidente que en otras. Entre las primeras, la que abre el volumen, “Una noche en la estación”, una crónica desde la estación central de Milán, ciudad industrial. Es un cuento que podría ser un poco neorrealista italiano, es fácil imaginar al fotógrafo que la acompaña, “un buen muchacho de estos pagos, de aspecto modesto y serio, la cara franca, casi infantil, de las poblaciones del norte en las que la vida parece resbalar como la lluvia por un cristal, sin dejar huella”, siendo el protagonista de la película que se podría hacer a partir de este texto. Trenes que salen y viajeros que preguntan la dirección o el horario; pero a lo que han ido en realidad es a ver quién duerme en la estación: gente que paga un billete para tener acceso a la sala de espera de tercera y resguardarse del frío. 

“Los chicos de Arese” es una crónica de la Nochebuena en un centro de menores: “eran chicos como todos los demás, eso sí, un poco traviesos, rebeldes y, sobre todo, pobres. Su educación, especialmente la manutención, costaba demasiado; a veces, cuando los padres tenían una vida irregular, su sola presencia resultaba engorrosa: entonces se inventaba cualquier historia. Una carta al ministerio correspondiente, la intervención de los carabineros, y asunto resuelto […]”. Algunos chicos aún esperan que su familia acuda a recogerlos para pasar la navidad en familia, otros saben que eso no va a pasar. A las nueve, se reúnen todos para ver un espectáculo: “Veíamos juntos por primera vez a todos aquellos infelices. Los veíamos de espaldas, no de frente, inclinados en los bancos, atentos: a veces prorrumpían en carcajadas agudas, aplaudían: las farsas de los boy-scouts (un hombre que hacía gimnasia en calzoncillos, un loco que era contratado como camarero) los excitaban; sin embargo, cuando sus jóvenes protectores, sobre un telón de fondo patético, empezaron a cantar canciones patrióticas, cayeron en sordo y formidable silencio”.

De “Locales nocturnos” me gusta lo que le cuesta a su guía dar con un club nocturno que no haya cerrado, antes de dar con el Shangai, que de día es un bar normal y que no termina de satisfacer a su guía (“lo único bueno que encuentra es una orquestilla, lo mejor que se puede beber es vino”). 

“La mudanza” cierra el volumen y es el que es más cuento de todos (me dejo sin comentar “Las pirámides de Milán”, “La ciudad está vendida” y “El desempleado”). Alberto y Masa son dos hermanos que se mudan, dejan el piso familiar para trasladarse a uno más pequeño de protección oficial que solicitara su madre ocho años antes, cuando murió el padre. Un año después murió ella. Ortese pasa del punto de vista de uno al de la otra, aparecen también otros personajes, los padres, vecinas, un par de amigos, y cuenta a la vez varias cosas: una historia de desamor, un descubrimiento o caída de guindo, y la historia de un burgués que coquetea con el comunismo, se desencanta y abandona sus ideales. Esas dos historias, la de amor y la de los ideales, siguen la misma evolución. El retrato de los personajes es fascinante. 


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