Tres lecturas de Clarín

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Relectura de un clásicoEmilio Alarcos, Notas a La Regenta y otros textos clarinianos, edición de José Luis García Martín, Ediciones Nobel, Oviedo, 2001, 232 pp.Antonio Vilanova, Nueva lectura de La Regenta de Clarín, Anagrama, Barcelona, 2001, 350 pp.Clarín: 100 años después. Un clásico contemporáneo, Instituto Cervantes, Madrid, 2001, 258 pp.El centenario de la muerte de Clarín, que se celebró en 2001, propició toda una serie de congresos, simposios, conferencias y exposiciones. Así tenía que ser. Porque Clarín fue, junto a Galdós, el novelista más significativo de nuestro siglo XIX. A su condición de novelista hay que añadir que fue posiblemente el autor de cuentos más descollante de la España y de la Europa decimonónica. Y a todo ello hay que sumar su extensa y extraordinaria labor de crítico literario. A menudo me pregunto si no habría que considerarle sobre todo un intelectual comprometido con su tiempo. Un intelectual de ideología progresista que se sirvió de la novela, de las narraciones cortas, de la crítica y esporádicamente del teatro para llevar a cabo el empeño, compartido con otros pocos intelectuales de la época, de sacar a España de su atolladero político-social y literario.
     La Revolución de 1868 abrió el horizonte político-social hacia la revolución burguesa. Pero la débil burguesía española, el ejército y la Iglesia cerraron ese horizonte restaurando en 1875 la monarquía. Es decir, desacelerando la desde un principio timorata y alicorta revolución burguesa española. La Restauración, un pegote para desnaturalizar la necesidad de transformar en profundidad las estructuras del país, detuvo el proceso entonces en ciernes de modernizar el país.
     La literatura no podía seguir siendo un discurso para y al servicio de las clases hegemónicas, para y al servicio de los intereses de los poderes que reinstauraron la monarquía. Ni tampoco podía seguir siendo una mera categoría estética fabricadora de enigmas o folletines enajenadores. La literatura —la novela, en particular— era considerada una rama más de la ciencia. Escribir era estudiar, analizar, experimentar. El escritor tenía un compromiso con la sociedad, un cuerpo enfermo cuyos males debía contribuir a diagnosticar.
     En torno a estas premisas se fue atisbando la génesis de una compleja red de cambios que iban a afectar a la manera de producir y consumir productos literarios, maneras que representaban la nueva función, con una clara intención ideológica, de crear conciencia de sujetos en los sectores mayoritarios de la sociedad española y así ampliar las bases de la participación en la cosa pública. O lo que es lo mismo, la literatura era el resultado de un nuevo proceso democratizador y era también —y sobre todo— un factor que debía desempeñar un protagonismo esencial en ese proceso. Clarín decía en "El libre examen y nuestra literatura presente": "Es la novela el vehículo que las letras escogen en nuestro tiempo para llevar al pensamiento general, a la cultura común el germen fecundo de la vida contemporánea, y fue lógicamente este género el que más y mejor prosperó después que respiramos el aire de la libertad de pensamiento."
     España se está mostrando tan bien dispuesta a la conmemoración interesada como al olvido interesado. Hay numerosos indicios de que desde 1977 domina la tendencia oficial —gobierne quien gobierne— a servirse de la conmemoración para dejar bien sentado que el país tiene un legado cultural que recordar. Pero los contenidos de ese legado son siempre lo de menos. No interesa escarbar demasiado en ellos porque nadie quiere remover demasiado el pasado.
     Resulta a todas luces obligado denunciar esa política cultural que no dudo en calificar de nefasta. Puestos a ello, creo oportuno señalar que va ya siendo hora también de que los contribuyentes exijamos que los responsables culturales nos pasen las cuentas del dinero gastado en celebraciones y fastos culturales.
     Hay una grave desproporción entre esos gastos y el que, por citar el caso de Clarín, no dispongamos todavía, un siglo después de su muerte, de una edición de sus obras completas, ni de nuevas aproximaciones críticas a su obra. Esta última labor la hacen en España unos pocos francotiradores y con resultados no demasiado alentadores. Están fuera de los circuitos que dominan el cotarro editorial y/o universitario.
     El libro de Emilio Alarcos, Notas a La Regenta y otros textos clarinianos, es, sobre todo, un resto arqueológico de la conocida imposibilidad de hacer crítica sobre autores considerados malditos por la dictadura franquista y sus corifeos. La inclusión de la reproducción facsimilar del número que la revista Archivum de Oviedo dedicó en 1952 a Clarín poco aporta al conocimiento de la obra clariniana. Ese número, como los artículos de Alarcos, muestra de manera lacerante las limitaciones y deformaciones que imponía el franquismo. Y, a la vez, ilustra la poquedad del mundo universitario español de entonces. La apología que se hace del autor y del libro en la nota preliminar de José Luis García Martín y en la contraportada es un indicador de la pervivencia de una retórica residual que debería desecharse de una vez por todas. Como muestra estas palabras de la contraportada: "Sólo un lingüista que fuera también poeta, sólo un especialista que no desdeña sus intuiciones de lector privilegiado, puede analizar con tanta lucidez y tanta claridad el entramado de sonido y sentido, de ideas y sintagmas, de técnica y sangre, que constituye el milagro de la obra literaria."
     Antonio Vilanova, que ha sido catedrático, como Alarcos, de la universidad española, titula su libro Nueva lectura de La Regenta de Clarín. Muchos lectores se preguntarán, como hago yo aquí y ahora, ¿qué "nueva lectura" ofrece esa Nueva lectura de La Regenta de Clarín? El emperador anda desnudo y todos proclaman la magnificencia de sus vestiduras. El libro de Vilanova, una colección de viejos ensayos publicados en los años ochenta y comienzos de los noventa, que reúne bajo el título de la conferencia "Nueva lectura de La Regenta de Clarín", con la que clausura el Simposio Internacional Leopoldo Alas, "Clarín" celebrado en el Aula Magna de la Universidad de Barcelona —la Universidad de Vilanova— del 23 al 26 de abril de 2001, hace caso omiso —en 2001— de las corrientes críticas que, sobre todo fuera de España, han ido cristalizando en torno a la obra de Clarín y acerca de la escritura naturalista. Esa "Nueva lectura…" no es nueva porque, de un lado, repite lo dicho por Vilanova en los años ochenta y, de otro, porque no contrasta sus viejas disquisiciones —más bien opiniones— críticas con la crítica más actual. Vilanova no se cansa de repetir que Ana Ozores "cae irremisiblemente en el pecado de adulterio", ni de enredarse en obsolescencias como éstas, que recuerdan las sentencias de algunos jueces y moralistas para los que no pasan los años: "la caída de una mujer genuinamente honesta y virtuosa como Anita Ozores en el pecado del adulterio, sin duda hay que buscarlo en la irresistible atracción física que ejerce sobre ella la apostura y gallardía de don Álvaro Mesía, apuesto galán de quien está perdidamente enamorada a pesar suyo [sic], y hacia el cual la arrastra un ansia irreprimible de placer sensual, que ella confunde con una gran pasión, pero que no es más que una sublimación sentimental de sus instintos eróticos frustrados."
     La Regenta no aspira a adentrarse en esas abstracciones. La Regenta se ocupa de realidades concretas que el texto no cesa de plantear y verificar. Como de la realidad concreta de si Ana podía saltar "la muralla de la China", ese obstáculo que para "sus ensueños" eran tanto su marido como el Magistral, don Álvaro, los Vegallana y el resto de la Vetusta bienpensante. La lectura de Vilanova debería, en todo caso, contrastarse con materialidades personales y ambientales. Porque entre espíritu y materia hay en La Regenta y también en Su único hijo, y en la casi totalidad de la producción literaria de Clarín, una relación dialéctica. Ese otro Hegel está ausente en el libro de Vilanova.
     El experimento que se lleva a cabo en La Regenta es de signo positivista. Un experimento que Galdós, en su prólogo de 1901 a la novela, donde la califica de "muestra feliz del naturalismo restaurado", describía con estas palabras: "Doña Ana de Ozores tiene horror al vacío, cosa muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales, consumados ya, abrumadores como una ley fatal."
     Galdós aludía en 1901, pues, a unos "hechos sociales" —el "medio" y el "momento histórico" de la novela experimental— y a unas eternas leyes de Naturaleza, que provocan "un estado espiritual" en pugna con esos "hechos" y "leyes". Galdós reconoce la existencia de "un estado espiritual", que no abstrae —como hace Vilanova cien años después— de la materialidad de los hechos sociales y de una ley fatal. Al contrario, relaciona dialécticamente uno y otros.
     Existe, por tanto, una divergencia notable entre lo que señalaba Galdós en ese prólogo y lo que había dicho Clarín en el prólogo a Cuentos morales, que luego ha sido retomado por algunos críticos como Vilanova o Sobejano, acerca de sus escasas preferencias por "el mundo exterior, las vicisitudes históricas y sociales"; de otro, ponía Galdós de manifiesto que en la novela decimonónica el hombre interior nunca se podía abstraer del mundo exterior.
     Unos seis años después de La Regenta, Bonis acaricia, en Su único hijo, la quimera del hijo, que habrá de darle a Bonis —padre natural o putativo que también, como Ana Ozores, tiene "horror al vacío"—, trascendencia, razón de ser. Y debía hacerlo, en Su único hijo, a contrapelo del "mundo exterior" y de "las vicisitudes históricas y sociales". Pero a ese deseo de Bonis se contraponen las materialidades que aparecen —como se verá más adelante— en numerosos pasajes de Su único hijo y de su continuación inconclusa, Una medianía. La realidad, las cosas de la vida, las materialidades del mundo, siempre acaban imponiéndose o simplemente son, de uno u otro modo, una mediación. Clarín era materialista hasta cuando decía no querer serlo. O simplemente daba a entender que no quería serlo.
     En La Regenta el narrador crea una ciudad, Vetusta, cuyo nombre está cargado de simbolismo. Vetusta sugiere ciudad vieja, ciudad que reúne todos los vicios del Antiguo Régimen y, por extensión, la incapacidad de la España decimonónica para adentrarse decididamente por los senderos de la modernización y lo que ello comporta, la superación de las estructuras feudales y religiosas que estaban sirviendo de apoyatura a la Restauración de 1875…
     La ciudad de Vetusta —una metáfora, en suma— está estrechamente ligada a Ana Ozores, a la Regenta. Sin Vetusta ella no puede existir. Comprendemos, pues, por qué empieza la novela hablando de esa "heroica ciudad". En Su único hijo el énfasis lo pone el narrador, al menos en un principio, en Emma Valcárcel, sin la cual no puede nacer el hijo que da título a la novela. O lo que viene a ser lo mismo, sin Vetusta no se hubiera podido escribir La Regenta y sin Emma no se hubiera podido escribir Su único hijo. Esas primeras frases, que remiten a una materialidad espacial —el espacio de Vetusta— y a una materialidad corporal —el cuerpo de Emma Valcárcel— inauguran unas acciones, un entrecruzamiento de tramas y subtramas, que conducen a un final desde el que todo lo narrado ha de tener cohesión y sentido.
     La Regenta, en sintonía con la estética de la novela experimental, sitúa la acción en un medio provinciano, a cuyos referentes sociohistóricos y económicos presta el narrador una atención muy cuidadosa. Por contra, en Su único hijo el espacio y el tiempo narrativos son progresivamente desatendidos por el narrador, quien tiene —como veremos en el transcurso de la lectura— otras prioridades.
     Son tantas las lagunas del libro de Vilanova que no veo lo que hay de nuevo en él. Un libro que considero anclado en el pasado, en un pasado que, como en el caso del libro de Alarcos, no daba —ni da— mucho de sí.
     El libro del Instituto Cervantes es, de los tres, el más útil. No tiene pretensiones científicas. Su meta es, sobre todo, divulgar, con la ayuda de numerosas ilustraciones, la figura y la obra de Clarín. ~

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