Vanguardia y revolución

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Carlos Granés

El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales

Madrid, Taurus, 2011, 470 pp.

 

“Por un azar de la historia, en una misma manzana de una ciudad sosegada, en medio de un país neutral y tranquilo, se urdieron las conspiraciones más turbulentas y exaltadas del siglo XX”, cuenta Carlos Granés al principio de El puño invisible. La ciudad era Zúrich, en Suiza, el año era 1917, y las revoluciones eran la bolchevique, que pretendía “desmantelar las estructuras de los Estados y alterar el funcionamiento de la economía y la administración de la propiedad y el poder”; y la dadaísta, que se proponía “transformar las mentes, las costumbres, los valores y la forma de vivir de las personas”. La primera era, pues, una revolución política; la segunda, cultural. Se podría pensar fácilmente que la primera triunfó: a fin de cuentas, buena parte del continente europeo y otras partes del mundo fueron comunistas durante largas décadas; mientras que la segunda, en cambio, fracasó: ¿qué influencia social han tenido en realidad los ready mades o los poemas futuristas? Sin embargo, como explica Granés en este magnífico ensayo, lo que sucedió fue lo contrario: el experimento político comunista fue un fracaso que sumió en la pobreza a millones de personas, mientras que las vanguardias fueron mutando, fueron expandiéndose, hasta el punto de que consiguieron revolucionar la costumbres occidentales y ser, de hecho, la tendencia dominante del arte y, en cierta medida, de la cultura actuales.

El puño invisible es, sobre todo, una historia de esto último: el proceso mediante el cual las vanguardias pasaron de ser un serio intento de dinamitar el establishment cultural burgués para acabar convertidas, no tantos años después, en una estética apreciada por burgueses de todo tipo y celebrada en las mismas instituciones culturales con las que quería acabar. Los protagonistas de tal proceso fueron en un primer momento gente como Marinetti, Duchamp, Tzara, Breton o Aragon, cuyos perfiles, entre los de muchos otros, Granés va esbozando con el relato de sus ideas, sus provocaciones y sus obras. Su pretensión era “borrar toda distinción entre el arte y la vida”, como propuso Duchamp; liberarse de todos los convencionalismos sociales, de las ataduras de la tradición, y si para tener una vida más plena era necesario destruir el arte, así se haría. Granés cita el caso de John Cage y su famosa obra en tres movimientos 4’33’’,que tenía la particularidad de que “los músicos no extraían una sola nota de sus instrumentos durante la duración de la pieza. La única indicación del compositor era que el intérprete debía permanecer allí, sentado en silencio, siguiendo una partitura en blanco durante 4:33 minutos”. De ese modo, creía Cage, se acababa con la pretensión de la música tradicional de ordenar el ruido. ¿Quién era el artista para tratar de dar un orden lógico a la vida? La verdadera vida consistía en oír las toses y el roce de las ropas de los espectadores estupefactos.

Los segundos protagonistas de esta historia fueron continuadores lógicos de los primeros vanguardistas, pero lo fueron en una época ya distinta: la del pop, es decir, la de la cultura popular y la exposición mediática. Gente como Warhol –y también la mujer que intentó asesinarle para acabar no ya con el arte, sino con los artistas– tuvieron la brillante intuición de que la transgresión no solo podía ser divertida en sí misma, sino que además podía hacerles inmensamente famosos:

 

El arte pop dio carta de ciudadanía a lo trivial, a lo camp, a lo mediático y a lo anodino para que entraran en la institución del arte. Lo curioso es que ya no se trataba de un desafío o de una burla, como con Duchamp, sino de una exaltación de la estética publicitaria.

 

La copia llegó a tener más valor que los originales; “no hacer nada”, como en el caso de Bruce Nauman, se convirtió en una obra de arte en sí misma; y también lo hicieron mercancías sin ningún mérito aparente si eran convenientemente presentadas como arte por alguien como Jeff Koons. “En el segundo tiempo de la revolución cultural la cuestión ya no era destruir el museo, sino ser acogido y vanagloriado por él.” Naturalmente, con millones de dólares de por medio. El artista transgresor se había convertido en el gran entrepreneur.

El puño invisible es una magnífica historia de las revoluciones culturales que la vanguardia, en su primera encarnación y en su posterior deriva pop, provocó a lo largo del siglo XX. Y, al mismo tiempo, un argumentado despliegue de pesimismo cultural. Como Vargas Llosa, como George Steiner, como Harold Bloom, Granés interpreta la historia cultural del siglo XX –o al menos la de su segunda mitad, porque respeta algunos de los frutos de las vanguardias históricas– como un proceso de decadencia y banalización que no se limita al arte. Las vanguardias, de acuerdo con Granés, han contagiado de frivolidad y banalidad a toda la cultura, y la filosofía que las ha acompañado, al refutar los principios de la Ilustración –la universalidad de los valores, el arte como aprendizaje, la tradición como fuente de creatividad–, ha provocado una fragmentación de la política y la estética que ha corrompido las grandes instituciones de conocimiento:

 

Las universidades y los museos, antiguas instituciones encargadas de ofrecer una masa de información compartida, de jerarquizar los conocimientos y de fundar criterios homogéneos para juzgar las producciones artísticas e intelectuales, mutaron en lo opuesto: campos de batalla donde cada colectivo daba una lucha por el poder y donde el poder se traducía en la imposición de un vocabulario que restablecía la dignidad del grupo, en unos planes de estudio con perspectivas de género, orientación sexual o raza, y en cuotas en las galerías, museos y facultades.

 

La vanguardia, en definitiva, rompió la cultura.

Granés, en este sentido, es un sólido conservador cultural. Para él, como queda patente a lo largo de todo el libro, las máximas cifras de la civilización son la cultura democrática, la libertad de expresión y el mercado libre como espacio de relación entre iguales. Pero, al mismo tiempo, recela profundamente de las consecuencias culturales que todo eso nos ha traído. La frivolidad de los medios, la espectacularidad como único valor del arte, la filosofía en constante búsqueda de la provocación barata… Para Granés, la época de mayor libertad de los humanos en la historia ha devenido, paradójicamente o no, en un triunfo de la estupidez. No hay en esta denuncia la menor actitud aristócrata, pero la verdadera pregunta subyacente en todo el libro es: ¿por qué diablos tanta astracanada disfrazada de arte, tanto sinsentido vestido de trascendencia, han conseguido imponerse como el paradigma del gusto y en objeto de la protección de los poderes públicos?

“A finales de los sesenta, las ideas vanguardistas empezaban a demostrar lo útiles que habían sido para destruir la cultura elitista, basada en el talento y la disciplina, en el oficio y la visión imaginativa y personal, y lo pobres que se mostraban para fundar nuevas tradiciones artísticas”, escribe Granés. La afirmación es discutible, y sin duda hay argumentos de sobra para creer que la cultura, desde entonces hasta ahora, no ha sido solamente una charca, sino sobre todo un espacio en el que las condiciones políticas y económicas han difuminado las fronteras tradicionales entre lo alto y lo bajo, la seriedad y la fiesta, la virtud y la trampa, y en el que a consecuencia de ello hemos tenido que aprender a tratar de discernir sin las jerarquías de otros tiempos. Para Granés, eso ha tenido consecuencias culturales –y hasta políticas, como sugiere en su análisis de mayo del 68 y el reciente 15-M español– estériles en los mejores casos e indeseables en los peores. Aun cuando uno no comparta del todo su razonado pesimismo, El puño invisible es un libro brillante y raro en nuestra lengua. Una espléndida historia de las corrientes estéticas del siglo XX que encierra también una espléndida historia de las ideas políticas. ~