Bastante paraíso XV: Los sueños se cumplen: perdidas en Pinseque

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La de veces que he soñado que me perdía en Pinseque, escuché decir a mi madre, yo al volante de su furgoneta, instantes antes de que, efectivamente, nos perdiéramos en Pinseque. Íbamos rumbo a Enciso, donde yo participaba en el Aqueteleo, y mi madre había accedido a acompañarme con la promesa de pasar por las termas de Arnedillo y, creo, para fugarse un día de su exigente casa: huerto, perros, el gato, mis hijos, los suyos propios, entre ellos, yo, su madre, etc. 

Mis hijos se habían quedado en el pueblo de mi novio con mi novio y su madre, y yo había viajado desde el pueblo de mi abuela con mi abuela y mi tía. A mi abuela le empezó a molestar el sol, así que paramos para poner un pareo de playa en la ventanilla. Luego mi tía le iba insistiendo en que comiera pipas para no marearse, mi abuela decía que no quería y empezó a vomitar y no paró hasta llegar a Garrapinillos-sur-mer. Paramos en la gasolinera de Híjar, enfrente del Ares y a unos metros del Shangai. Compra frutos secos, cosas saladas, me dijo mi tía, y cuidadooal cruzar. Lo que tenía que cruzar era la nacional y había más tráfico del que me habría gustado. En fin, todo sea por mi abuela. No sirvió para nada: la pobre vomitó sin remedio. Eso sí, por la tarde, antes de que mi madre y yo saliéramos en dirección a Enciso, ya se le había olvidado el viaje, el mareo, los vómitos y hasta su estancia en Ejulve. 

Mi padre había estado a punto de acompañarnos (te prometo que no diré nada, dijo), pero al decirle que nos quedábamos a dormir, se lo había pensado mejor. El gps me advertía del próximo giro y yo esperaba que eso supusiera dejar ese camino de tierra junto a los maizales. La de veces que he soñado que me perdía en Pinseque, volvió a decir mi madre, que pasaba por ahí a diario cuando trabajaba en Tauste. ¿Nunca te perdiste?, le pregunté. Puede que sí, es todo igual. Comentamos lo grande que era Pinseque, mucho más que Garrapinillos. Luego fuimos en silencio bastante rato, en parte porque yo iba concentrada en la carretera, en parte porque me había dicho que necesitaba calma y silencio y no quería ser yo quien le perturbara. Vimos el cartel del Canal de Lodosa, que luego nos entretendría bastante rato comprobando si conectaba con el Canal Imperial de Aragón, etc. En realidad, entretuvo a los acompañantes: a mi madre y al marido de Marta, que venían desde Lodosa, ella a presentarme, él a acompañarla. Hicieron buenas migas enseguida, cuando se fueron juntos a comprobar si los coches estaban en el aparcamiento del que había que moverlos antes de las 22. Yo había dejado la furgoneta fatal y mi madre arregló el estropicio, pero estábamos en el aparcamiento con toque de queda. El marido de Marta se quedó impresionado con mi madre, metro cincuenta apurado, y la furgoneta, 5 metros y medio de coche, y el tamaño de ambas y la pericia con que mi madre domina el vehículo. Lo sé. 

Yo lo había pasado un poco mal en el viaje: por desprendimientos, la carretera normal estaba cortada y había un desvío que te llevaba hasta Enciso por una carretera de cuestas empinadas y curvas cerradas. Resulta que no habíamos lavado el cristal y toda la suciedad se reflejaba con los rayos del sol cegándome. Los coches de atrás me pitaban, el coche estuvo a punto de calarse en la cuesta más pronunciada porque de verdad que no veía nada de nada y las dos lamentamos no haber aprovechado el rato del semáforo en rojo en el desvío por desprendimiento para limpiar el cristal. 

Un montón de la gente que estaba reunida había estudiado en Zaragoza: la dueña de Momo, la tienda-bar donde se hacía el show, los del grupo que actuaban luego, Onki Xin, la que los presentaba… Cuando un señor del público me preguntó cómo me organizaba no caí en que ahora, desde que no estamos en Zaragoza, me he quitado muchos desplazamientos: hago la radio desde casa, las extraescolares están más cerca. ¿Quizá por eso me cunda un poco más? ¿Me cunde un poco más? Es verdad que no suelo tener que trasnochar tanto para terminarme los libros… De lo que más orgullosa estoy de mi intervención de esa tarde es de dos chistes: nuestro embajador empezó a presentar el acto sin micro y yo empecé a repetir lo que decía como si fuera una traducción simultánea y, al final, solo había llevado dos ejemplares de mi libro que no pensaba vender pero cuando la gente mostró interés fingí que comenzaba una subasta. 

Cenamos en la parte de arriba de la tienda, que antes había sido una fábrica de harina, hablamos de la película de Albert Serra, Tardes de soledad, y del Ebro, de los canales y de la mejor manera de volver: tras ver el desvío, mi madre y yo decidimos que no nos quedábamos a dormir, que pasábamos de las pozas por mucha agua caliente que tuvieran y que ya iríamos en otra ocasión. Pero conduces tú, le dije. No veo bien de noche y ella tiene los ojos como nuevos después de su operación de cataratas. Y así puedo beber. Mi madre contó que un día, llevando a mi hermano Jorge al entrenamiento de fútbol, cruzó el Ebro siete veces buscando los campos de la federación. Mejor id por la autopista, nos aconsejaron. 


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