Corregir a Uclés

Algunas de las novelas que triunfan en nuestras benditas librerías (y muchas de las que fracasan) las reconocen sus propios autores y autoras de milagro.
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Algo que me interesa mucho del caso Uclés es lo que atañe a su escritura. En particular, todo lo que se afea de ella. Me interesa porque pienso que quienes señalan tal y cual defecto en la prosa del ganador del Nadal, en realidad lo que señalan, sin pretenderlo, no es tanto un problema del autor ubetense (en su modo de manejarse en la lengua que compartimos seiscientos millones de personas) cuanto de sus editores y, por extensión, de los profesionales a los que estos contrataron para mejorar el manuscrito. Nunca sabremos (o quizá sí) cuánto ni cómo aliñaron el texto que el escritor jienense envió a Siruela, pero sí podemos analizar el resultado. Como no he leído la novela, del resultado no digo nada. De lo que sí opino, sin embargo, es de la injusticia que supone adjudicar a Uclés todos los errores de Uclés, a menos que el autor se haya negado a aceptar las correcciones que los profesionales sugirieron, algo que nunca vamos a saber (o quizá sí). A veces pasa, no esto último, sino lo anterior, es decir, que los autores se nieguen a aceptar según qué sugerencia, aunque bien podemos convenir, no obstante, que nadie rechaza la corrección de un anacoluto. Seamos claros, si hay anacolutos no es porque sea mala la novela ni malo el autor, sino porque la corrección es mala, o sea, porque el trabajo de aliño editorial es insuficiente. Entre colegas de profesión corre la especie de que los buenos escritores no ponen muchas trabas a las sugerencias que los correctores deslizan, de hecho, cuanto mejor sea el escritor, menos pegas pone, mientras que los escritores flojos ponen muchas y cuanto peor sea un escritor más problemas da, según parece. El trabajo que un escritor malo genera no es solo por su escritura deficiente (o no por ello en exclusiva), cuanto por la fatiga de andar en la pelea con él (a veces en duelo a muerte) y en el tremendo tiempo que lleva justificar, ya sea tirando de las normas generales (de nuevo, de seiscientos millones de personas, más veintitrés corporaciones o academias), ya las particulares del libro de estilo de cada sello editorial o, a veces, de ambas. Entiendo que muchos o algunos de los que afean la escritura de Uclés han escrito (quiero decir, les han publicado) un libro. Todos ellos saben sin duda que del libro que entregaron al que después llegó a los lectores pudo mediar un abismo. Pocos son los escritores y escritoras que lo reconocerán, pero algunas de las novelas que triunfan en nuestras benditas librerías (y muchas de las que fracasan) las reconocen sus propios autores y autoras de milagro. En ocasiones porque coincide el nombre de los personajes protagonistas, si me permiten la exageración.

En España ya no se puede exagerar más. Quienes hace años no vivimos en otro país distinto a este nos podemos permitir enunciados de este tipo. Me pregunto cuánto se exagera por ahí. ¿Habrá en Nueva Zelanda personas exagerando públicamente como en esta orilla del mundo? ¿Qué pasará en Tanzania? Se exagere lo que se exagere aquí o en Turquía, entiendo que cada país dispone (y disfruta) de buenos profesionales que se dedican con empeño a mejorar los textos de otros. Sin duda podemos decir que en España se han reducido los gastos editoriales, quizá no tanto en las empresas que se dedican a publicar libros (aunque también) cuanto en los medios de comunicación. Se leen, por ejemplo, unas cosas en los periódicos digitales que «pa» qué, como dirían en mi pueblo. Vuelvo a los libros. Lo ideal, según parece, es que cada título, antes de llegar a imprenta, pase por las manos de un corrector de estilo cuya tarea retomará un corrector ortotipográfico antes de que el editor de mesa le eche un último ojo. La escritora o el escritor entregan un manuscrito (muy habitualmente tras la lectura de colegas, licenciados incluso y hasta catedráticas, he oído por ahí) que, además, en el mundo editorial (ideal) mejorarán, como digo, otros tres profesionales, siempre que haya tiempo y dinero. Si es verdad que en España se publican cerca de doscientos cincuenta nuevos títulos al día, un segundo, lo vuelvo a escribir: si es verdad que en España se publican cerca de doscientos cincuenta nuevos títulos al día, ¿hay industria para que se publiquen bien? ¿Hay una, dos o tres personas (tres profesionales) antes de que esos libros vayan a imprenta? ¿Hubo tres personas que ayudaron a fijar el texto de Uclés? Si me permiten la broma, y si nadie ayudó a mejorar el manuscrito, podríamos decir que sería entonces la novela de Uuno. Si solo le metió mano un corrector que cumplió con las labores ortotipográficas y de estilo (ambas la misma persona), estaríamos ante el libro de Udós, no confundir con U2.  Y si, por fortuna, ya termino, la Península la peinaron los dos profesionales deseables, podríamos decir sin miedo a equivocarnos que es la novela de Utrés. En el mundo ideal nada exagerado al que aspiramos quienes queremos leer sin falla aún tendríamos un editor de mesa, un jefazo, que se sumaría al corrector de estilo y al ortotipográfico y, por ende, tendría sentido que la novela de las casas vacías la firmara un metafórico Ucuatro. Entonces, ¿quién de todos es el autor de la Península de las casas vacías?: ¿Uuno, Udós, Utrés o Ucuatro?


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