El compromiso con la literatura fantástica de Muñoz-Rengel

Su obra traza un mapa de lo imaginario mediante el que está recorriendo algunos grandes temas del género, como la imaginación y la mentira.
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Cuando un escritor se vuelca con decisión en la literatura fantástica, sin dar un paso atrás en el cultivo del género, la coherencia con la que sus libros se  relacionan entre sí le proporciona un marco de estabilidad. Lo estable –imposible hablar de lo fijo en lo fantástico– es apenas el agujero desde el que el escritor proyecta argumentos dominados por lo imprevisto y la paradoja. Sus premisas narrativas son imposibilidades que devienen certezas argumentales y con ellas se accede a través de la imaginación a un lugar en que lo extraño se muestra ante el lector con naturalidad absoluta.  

Las cinco novelas de Juan Jacinto Muñoz-Rengel, sus tres libros de relatos, su ensayo Una historia de la mentira (2020) van trazando un mapa de lo imaginario mediante el que está recorriendo algunos grandes temas de la literatura fantástica. Sobre todo, la imaginación y la mentira como elemento constitutivo de nuestra condición humana y lo voluble y lábil de esa condición. Lo fluido, líquido y escurridizo de las ficciones que los seres humanos somos queda en evidencia en historias que alteran esas ficciones y trastocan la construcción de sus personajes para imaginarlos dentro de mundos distintos, en los que algunos de sus resortes se han quebrado. Los personajes que pueblan esas ficciones son parecidos a nosotros, pese a que se haya fracturado alguno de los elementos con los que se construye su identidad. 

Sus novelas se desarrollan en mundos en los que la transformación fundamental viene de las identidades descabaladas de sus personajes, que pueden ir del filosófico sicario de su primera novela, El asesino hipocondríaco (2012), al olvidado y misterioso escritor que recreaba el mundo para sí en El gran imaginador (2016) o a las identidades confundidas de El sueño del otro (2013). 

En La transmigración Muñoz-Rengel ha colectivizado esos trastornos identitarios, que ya no afectan al protagonista de la novela, como en obras anteriores, sino a la humanidad misma. Ha ampliado el foco, que es contemporáneo, puesto que el lector se siente cómodo y reconoce como cercano el enloquecimiento colectivo que sienten diversos personajes cuando, sin que haya un motivo concreto que desate el fenómeno, sus personalidades, sus identidades, lo que ellos creen ser, quedan atrapadas en cuerpos ajenos, que a su vez expulsan a otros lugares y otros cuerpos distantes el contenido de su cáscara carnal. La ronda de ocupaciones es imprecisa, no obedece a parámetros que puedan advertirse, lo que hace de esa transmigración de almas a lo largo del mundo una reconstrucción del Juicio Final. Nunca como ahora, al menos en la última década, hemos tenido tantas veces la sensación de vivir cotidianamente en un día de la ira continuo, por lo que La transmigración se lee también, con avidez, en esa clave presentista de mundo baqueteado sin parar por un posible final que nunca llega. 

Los libros de Muñoz-Rengel, que escribe desde una sólida formación filosófica, se apoyan entre sí, desarrollando ideas presentes en unas novelas para ir en otras más allá, completando una visión fantástica de la realidad que, en el caso de su última novela, se beneficia de las reflexiones contenidas en Una historia de la mentira, donde reafirmaba el sustrato imaginario de nuestra condición y que todos estamos ahormados en una ficción, pequeña o grande, aquella que cada uno es capaz de escribir para sí. En el capítulo que dedicaba a la muerte, apuntaba: “El individuo no importa. Tan solo importa la especie.” Uno de los temas de La transmigración precisamente es hasta qué punto tiene sentido salvar a la humanidad si en mitad del trance la lucha colectiva nos obliga a perder la condición de nuestro yo íntimo, esa personalidad trabada con mimo o por descuido, la que hace de nosotros un altruista y vocacional cirujano como el doctor Garrigues, mi personaje preferido de la novela, o un pederasta como Ángel. Ambos transmigran a cuerpos bien distintos a los suyos: Garrigues, con sus fuerzas físicas decaídas, en sus días de jubilación, reaparece encarnado en el cuerpo joven y fornido de Chema, que trabaja en un matadero; el malvado Ángel se cubre con la máscara inocente, que no despierta sospechas, de una mujer generosa. 

Hay que hacer notar que la novela, como todas las de su autor, se beneficia del hecho de que sea no solo un escritor fantástico puro, sino además un estudioso del género, lo que le permite afrontar juegos sofisticados en sus novelas, que parten de la tradición para buscar el quebrantamiento de sus reglas y encontrar ángulos nuevos desde los que narrar.

En el tiempo en que los personajes que aparecen en La transmigración, que viven en distintas partes del mundo, han de adaptarse a sus nuevos cuerpos y seguir luchando con objetivos antiguos, con propósitos que no están dispuestos a cambiar, la encarnación y encarnadura, el cuerpo, se demuestra como lo que siempre ha sido, un obstáculo más que una ayuda, un inconveniente que, por unas causas u otras, no permite la realización y la supervivencia en el mundo trastocado en el que ahora se encuentran. 

El mundo dislocado en el que va adentrándose apocalípticamente La transmigración no puede funcionar si no se cumple el principio de identidad entre las personas y el lugar que ocupan en el mundo. El sistema capitalista precisa de nosotros en un espacio determinado, con una función determinada, apegados a cuerpos concretos. Al fin y al cabo, seguimos siendo fuerza de trabajo física que no permite el intercambio ni el desplazamiento. Para que todo funcione, cada uno ha de estar en su sitio. La novela lanza por los aires las piezas del ajedrez y juega a mostrarnos qué pasaría si los alfiles o las damas ocuparan casillas lejanas a las que les pertenecen. ¿Qué partida podría jugarse? Como en aquel cuento de Poe, “El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether”, ¿elegimos creernos doctores encerrados en el manicomio por locos que han huido o locos que nos hacemos pasar por los doctores, como única forma de huida de la prisión que también son nuestro cuerpo y el lugar social donde este nos coloca por el simple hecho de habitarlo?

Hace doce años Muñoz-Rengel publicó en la editorial Páginas de Espuma El libro de los pequeños milagros, un conjunto de microrrelatos que eran su cartografía diminuta de muchos de los temas de la literatura fantástica que le son cercanos. Uno de aquellos cuentos se titulaba “Transmigración”, en el que un afamado espiritista hace un experimento que provoca resultados inesperados. “El tonto del pueblo se materializó en el señor arquitecto, que en esos momentos se encontraba enfrascado en la fase más delicada de la remodelación de la escuela; el arquitecto, que adolecía en secreto de unas pronunciadas tendencias pedófilas, se personificó en la joven maestra de enseñanza primaria, y la maestra, que pretendía reservarse virgen hasta el altar, lo hizo en el fabricante de venenos, a quien la Justicia estaba a punto de confinar en la cárcel para hombres de Exeter por fabricar algo más que matarratas.” A partir de esta idea, que encontraba un desarrollo humorístico en aquel micro, Muñoz-Rengel ha construido ahora una realidad alternativa angustiada, porque refleja a una orquesta mundial disonante, donde no funcionan ni las personas ni las estructuras sociales y económicas que mantenían en pie. La paradoja es que en su mundo de raíz vitalista las personalidades son las mismas, no menguan ni desaparecen, simplemente se confunden en cuerpos y lugares equivocados. Ese desorden produce la entropía en un nuevo sistema que ya no logra funcionar, a pesar de los intentos de personajes como el doctor Garrigues o Andrea, que luchan con todas sus fuerzas por reinstaurar un orden de justicia moral, en el que la ciencia y el conocimiento sean aún códigos de conducta. 

Si el lector atraído por la novela fantástica o de ciencia-ficción va a sentirse atrapado en su narración enfebrecida, otros lectores que no sean adictos al género la leerán con placer por el juego feliz entre ideas y trama, y disfrutarán además con las concomitancias con nuestro tiempo actual, en el que los fabricantes de venenos se han puesto al frente de la farmacia.

Como se disfruta, finalmente, ese otro paralelismo obvio al que la novela conduce: ¿qué quedará de nosotros, de nuestra identidad, cuando muy pronto partes de nuestro cuerpo interactúen con implantes electrónicos o informáticos externos, cuando se instalen tan dentro de nosotros que no podamos diferenciarlos claramente de lo que pensamos ser?


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