El ministro tiene razón: la literatura española es una macrogranja

El ministro no ha dicho nada que no supiéramos ya y que no hubieran repetido, hasta la saciedad en algunos casos, muchos expertos.
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Es sorprendente el escándalo que han causado las declaraciones del ministro cuando todos sabemos que, en realidad, tiene razón. Algunos centran la crítica en que el ministro hablara de ese modo en un medio extranjero, nada más y nada menos que cuando España recoge el testigo en la Feria del Libro de Frankfurt. Pero ¿acaso no pedimos a los políticos que digan la verdad? ¿Acaso la verdad no es una sola mientras que la mentira tiene mil caras? ¿O resulta que defendemos la libertad de expresión del poeta, el periodista, el rapero, pero no la del ministro? ¿Y resulta, además, que al negarle esa libertad le imponemos la obligación de mentir?

Si quieren saber mi opinión, se la digo ahora mismo: mejor. Mejor que lo dijese fuera. Que se enteren bien en el extranjero. No hay mejor momento para cuestionar las prácticas y la calidad de nuestra industria que cuando estamos presentando nuestros productos ante posibles compradores que son también nuestros competidores.

Las declaraciones del ministro fueron tergiversadas. Estamos ante un bulo. La posverdad. Toda esta polémica muestra la capacidad que tienen la derecha y la ultraderecha –¿hay diferencia, realmente?– para generar falsos debates. Es tan tremendo, tan asombrosamente perverso, que esos debates de derecha suceden sobre todo en medios de izquierda. Hasta allí llega su torticera hegemonía. Todo esto es un falso debate y un bulo pero es innegable que el ministro tenía razón. No solo eso: el ministro, en realidad, no ha dicho nada que no supiéramos ya y que no hubieran repetido, hasta la saciedad en algunos casos, muchos expertos.

¿Acaso no hay novelas españolas de calidad inferior? ¿No hay libros que son, realmente, productos oportunistas y apresurados? Si hasta el otro día Manuel Rivas lo admitía en una entrevista: las palabras están cansadas. ¿De qué? Pues de mil cosas. Son resilientes pero no tanto. Y no es lo único que está cansado.

Una buena novela –con sus besos, su Guerra Civil, sus gotitas de autoficción– es imbatible. Pero ¿no hay demasiadas? Somos el país europeo con más librerías, y tampoco se lee tanto. Publicamos 90.000 títulos al año. ¿Sabemos el papel que se gasta, todos esos albaranes para los envíos a críticos a un medio que ya ha cerrado cuando llega el ejemplar? ¡Esos bosques y con la crisis de suministros! ¿Da el país para tantas editoriales feministas, para tanta traducción de obra menor de autor mayor o de obra mayor de autor menor, para tantos rescates de en-realidad-la-buena-de-la-pareja-era-ella, para tantos premios de poesía de las diputaciones provinciales? ¿Cuántas larguísimas entrevistas en medios digitales debemos publicar a un autor que no da ni para un haiku?

Antes estaban los que escribían novelas sobre la Guerra Civil, repartiéndose los bolos como en un juego de las sillas en los centros culturales de la España de la burbuja. Ahora vemos a los escritores con sus mascarillas FFP2 en los vagones, para presentar los libros en los rincones de España rural, intentando conectar el ordenador al internet del móvil. Los ves en las ferias, con ese aire abúlico de vaca boba, y los lees enhebrando banalidades sobre la despoblación mientras presentan un relato ambientado en un rincón perdido, poco conocido, injustamente olvidado de la España vacía o vaciada, esta vez con un originalísimo giro inquietante, lírico, reivindicativo o humorístico.

Hipsters, celtíberos, cantantes con ínfulas, descendientes de mineros, paseantes líricos, peripatéticos rojipardos: todos atestando los páramos y los secarrales. Y ya decía Daniel Nesquens: en esta ciudad hay un carril bici y un carril poetas. Ahí están a matacaballo, con perdón, promocionando una autobiografía novelada o una novela autobiográfica, contando una desgarradora tragedia familiar (por exigencias del mercado cada vez más remota: el libro del duelo por la muerte de mi tía abuela), diciendo que la frontera entre la realidad y la ficción es borrosa, soltando aquello de: al final nunca es el escritor el que elige sus temas sino ellos a él, o de: he tenido que mentir un poco para decir la verdad, no digamos: prefiero publicar en una editorial independiente, o: el contacto con los lectores es lo más bonito del oficio de escritor…  Ahí están cada diciembre asomados a las listas de los mejores libros del año como James Stewart al vacío en Vértigo. ¡Qué mes tan duro, y es Navidad! Seguro que le cae algún regalo a su hermana de un escritor que odian: buenos son sus cuñados. 

Los vemos entrar medio agazapados en las librerías, poniendo sus libros en un sitio mejor y esperando que no les reconozcan gracias a la mascarilla. La cosa no da para mucho y puedes ser el speechwriter de un jerifalte y tener que ganar algún premio literario amañado. Ahí van de acá para allá, empujados por la necesidad de descubrir cuál es el tema social de moda los escritores comprometidos –¿las fosas, el feminismo, la okupación, la ecología?–, porque a fin de cuentas son novelistas sociales de mercado y lo primero que necesita el escritor que salva el mundo es salvarse a sí mismo. Recogen un premio, con cara de sorpresa.  Sueñan con Netflix, garabatean a toda prisa para prolongar un éxito o para que no dé tiempo a que se note el fracaso del anterior, en ediciones que están llenas de erratas pero no importa porque la tinta y el papel son de baja calidad y tampoco tardan mucho en borrarse. 

¿Y qué decir de la Santa Compaña de las Becas, cuya obra principal son los dosieres donde presentan proyectos subvencionables y el acopio de cartas de recomendación, mientras van de una residencia a otra, en una especie de Interraíl que no se acaba nunca? Otro sonríe y le paga una cerveza a un profesor asociado de una universidad poco conocida, que escribe reseñas casi gratis en un suplemento y tiene un club de lectura y se comporta como una Instancia de Legitimación. Por no hablar de otras figuras más oscuras como los editores de mesa, los correctores freelance, los traductores, los maquetadores: gente explotada y en general triste, a la que su familia trataría de no ver demasiado si pudieran pagarse un sitio donde vivir solos.

O esos talleres de escritura que infunden falsas esperanzas a la juventud o a gente de mediana edad que podría tener hobbies más beneficiosos para la comunidad. En sus charlas repiten todos que la cultura aviva el pensamiento crítico, que es indispensable para el desarrollo de una ciudadanía democrática, han escrito una novela histórica de una monja feminista que come patatas fritas en la Valencia del siglo XII.

Por supuesto, con fervor patriótico nos dicen que nuestra literatura es admirada en el extranjero. Y es verdad pero no todo el monte es orégano ni todos los libros son de Javier Marías. Dicen que el sector editorial ha hecho esfuerzos, que viven de él muchas familias, reivindican la libertad de elegir, la vocación, la pasión por las bellas letras. Pero muchas veces la libertad no es más que la máscara de la opresión y la barbarie. Uno no es libre para vender un riñón o para esclavizarse.  Todo esto lo sabemos todos y es un debate en Europa, donde se pide una regulación de este sector contaminante y donde la discusión es posible porque no están bajo el yugo del negacionismo.

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