La tierra extrañada en la ciencia ficción latinoamericana

En autores como Bazterrica, Colanzi, Damián Miravete y Fraga Lo Curto, pertenecientes a un extraño Cli-Fi/biopunk latinoamericano, la naturaleza se sale de control y es más probable que nos fusionemos con un cóndor o un jaguar que con una máquina.
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Ciencia ficción resulta un término cada vez más problemático e impreciso para referirse a la peculiar criatura mutante a la que pretende nombrar. Adolfo Bioy Casares –quien cultivó el género en obras como La invención de Morel, Plan de evasión y De un mundo a otro– prefería llamarla imaginación razonada. Estamos hablando de una de la expresiones de la literatura de lo insólito, puntualmente la que se particulariza por ofrecernos una realidad extrañada que se puede presentar bien dentro de 25 minutos en el futuro –como le gustaba la Ciencia Ficción  a Ballard–, dentro de mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana, o en un presente alterno (o futurible) a un par de centímetros de este que nos tocó.

Darko Suvin asegura que en la llamada ciencia ficción el pacto lector se construye a partir de un doble proceso de cognición y extrañamiento en el que la irrupción del elemento fantástico dentro del tejido de lo real está justificada por medio de un novum; es decir, hay un mecanismo, elemento, artefacto, detonante o excusa razonada que da cabida a esa ficción especulativa en la que nos adentramos. De esta manera el lector en la ciencia ficción es capaz de identificar: “Esta no es la realidad, pero podría (llegar a) serlo”.

En la denominada ciencia ficción dura anglosajona la presencia del novum es clara y con frecuencia se procura, además, que esté científicamente respaldada. El novum en la ciencia ficción latinoamericana, en cambio, suele estar más vedado, sutil, enmascarado. Es como si en este lado del continente el novum más que un factor tecnológico tendiera a ser producto de una alteración de lo natural. Es un elemento de la tierra el que se ha salido de control. A veces por escasez, incluso ausencia, otras por sobreabundancia. Y esa tierra extrañada, como es lógico, altera también a los seres que la habitan. La casa ahora transformada causa una metamorfosis en sus huéspedes. Es una ciencia ficción telúrica, vinculada estrechamente al paisaje, arraigada en los mitos originarios y en las muy particulares características geográficas y culturales de estas tierras.

Imaginemos, por ejemplo, una Argentina en la que el ganado vacuno ha sido contagiado por un virus y ya no es apto para el consumo humano. Entonces los comedores de productos cárnicos se ven amparados por el gobierno gracias a una ley que autoriza la cría de personas manipuladas genéticamente (una suerte de Epsilones de Un mundo feliz pero para el engorde) cuya carne sustituye en la mesa a la de res. En ese marco de antropofagia regulada nos encontramos con el empleado de un frigorífico –de la nueva carne, claro está– que se involucra sentimentalmente con una “cabeza” de ganado humano. Esa es la premisa sobre la que se construye Cadáver exquisito (2017), de Agustina Bazterrica. 

Con Las indignas (2023) Bazterrica indaga de nuevo en el tema distópico; nos hallamos en un mundo arrasado luego de las guerras por el agua, el estado de contaminación ambiental es extremo. Con la disolución del contrato social desaparece el buen salvaje roussoniano y es sustituido por un depredador hobbesiano donde el hombre en esa tierra arrasada, más que nunca, se convierte en el lobo de otros hombres. En ese marco postapocalíptico de Las indignas un grupo de mujeres sobrevivientes, confinadas en la Casa de la Hermandad Sagrada, padecen lo que sería una auténtica distopía: un medioevo oscurantista y represor –suerte de nueva Inquisición– que ahora se nos presenta disfrazada con los trajes del mañana. 

Los cuentos reunidos en Ustedes brillan en lo oscuro (2022), de la boliviana Liliana Colanzi, nos adentran también en el subgénero de la Ficción Climática (Cli-Fi) ¿Se atraviesa la distopía atómica lo mismo en El Alto que en Nueva York o Chernobyl? La autora de estos formidables relatos nos demuestra que no. Es otro el paisaje del altiplano, son otros también los mitos que alimentan las fantasías y los miedos en este pedazo del mundo. Muy importante: serán otros muy distintos sus pobladores cuando mañana ocurra el accidente nuclear “porque se contaminó con esa cosa, esa cosa que era más pequeña que un grano de arena y que estaba hecha de fuego”. Colanzi despliega con sensibilidad y vértigo un escenario postapocalíptico cargado de nuevos colores, texturas y criaturas, así como de formas distintas de mirarlos, sentirlos, aprehenderlos. La ficción climática de Liliana Colanzi tiene un abordaje cercano, familiar, incluso hermoso y hasta gracioso, lo que la hace especialmente perturbadora. 

El caso de la novela Carne nueva (2023), de Luis Fraga Lo Curto, es también digno de atención dentro de la ciencia ficción climática latinoamericana. La Venezuela del futuro ha sido reconstruida por medio de una naturaleza desbordada que ha sido manipulada artificialmente. El espacio urbano en Carne nueva prácticamente ha desaparecido, habitamos un país jungla. El futuro planteado por Fraga es un escenario tomado por la vegetación hipervoluptuosa, descomunal, de árboles colosales similares a rascacielos brutalistas. Y ese contexto selvático es habitado por una gente feral también modificada por medio de intervenciones genéticas que se desplaza entre las lianas. Esto es literalmente biopunk venezolano hasta los tuétanos; sobre todo porque la trama se construye a partir del hallazgo de un hueso de la cadera de María Lionza, de donde esta será clonada. En Carne nueva lo artificial es lo natural. Es una humanidad cuya evolución radica en amplificar las cualidades de lo salvaje. 

En la imaginación razonada hecha en Latinoamérica es más probable que en un futuro no nos fusionemos tanto con la máquina para convertirnos en cyborgs, sino con el ADN del cóndor o el jaguar. 

Siguiendo por los senderos del biopunk, pero sabiendo con elegancia eludir los lugares comunes del subgénero, nos topamos con La sincronía del tacto (2021), de la mexicana Gabriela Damián Miravete, donde el consumo de una flor –como si se tratara de un hongo alucinógeno mutante– hace capaz al viajero de doblar el tiempo y el espacio, al tiempo que redefinir el concepto de lenguaje o incluso las formas de comunicación (ahora más cercanas a la transmisión de informaciones del micelio). Damián Miravete nos señala que el verdadero agujero gusano para atravesar los pliegues espacio-temporales es el lenguaje. Como bien lo había sugerido Burroughs: “Language is a virus from outer space”. Y, de una manera similar a la que vimos en la película The Arrival, inspirada en el cuento La historia de tu vida, de Ted Chiang, el lenguaje en La sincronía del tacto determina una nueva percepción del tiempo y el espacio, una forma total de comunicarse más allá de la limitación de la palabra. También una manera distinta de concebirse y narrarse: si halláramos otra lengua, una más cuántica, capaz de desplazarse por las tramas del tiempo-espacio, haciendo confluir el futuro con el pasado y el aquí con el allá, estaríamos disolviendo esa linealidad que se establece en el tránsito del nacimiento, la vida y la muerte.

Las obras aquí mencionadas de Bazterrica, Colanzi, Damián Miravete y Fraga Lo Curto –aunque muy distintas entre sí– hacen énfasis en un curioso Cli-Fi/biopunk latinoamericano donde un elemento de nuestra naturaleza se sale de control. Su ausencia, su escasez, su metamorfosis o su exagerada presencia nos ha cambiado el panorama. Allá afuera, pero también adentro. Debemos adaptarnos o aceptar el exterminio. Pero si algo sabemos hacer en este lado del mundo es ingeniárnosla para sobrevivir. Nos tocará una vez más mutar, evolucionar, ganarnos a pulso el derecho a la existencia en esta, nuestra tierra, tan familiar al tiempo que profundamente extrañada.


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