A quien viviera la época ingenua del primer internet de masas, quizás le sorprenda la pervivencia de algunos mitos y personajes del esoterismo popular (valga el oxímoron, que luego explicaremos) del siglo XX. Se decía entonces, con ecos de alguna idea feliz de Asimov, que la cantidad de información disponible a un clic disiparía las supersticiones del mundo industrial como estas habían desplazado a las antiguas. Es cierto que, por ceder al lugar común, no hay más fotografías reconocibles de alienígenas desde que todo el mundo lleva una cámara digital encima. Pero la gente sigue fascinada por los ovnis, las leyendas urbanas, el espiritismo o los animales misteriosos, con avatares cambiantes y picos cíclicos de popularidad.
Pocas figuras simbolizan esa pervivencia –contumacia, dirán algunos– como Erich Von Däniken, fallecido el 10 de enero pasado. El profeta de los astronautas-en-la-Antigüedad se ha tirado casi sesenta años viviendo de un cuento que ya era viejo cuando él lo convirtió en bestseller. Baste pensar que ese mismo año se estrenaba 2001: una odisea del espacio, versión mucho más sofisticada, en pantalla o papel, del hipotético influjo de una inteligencia cósmica sobre la evolución humana. Y esa fue siempre la tesis fundamental de Von Däniken: los extraterrestres visitaron la tierra desde los tiempos más remotos, de lo que hay vestigios en todas las culturas antiguas, y modelaron a su imagen al hombre, su conciencia y su civilización. La tradición francesa del “realismo fantástico”, auspiciada por Pauwels y Bergier en la revista Planéte (Horizonte en la versión española), llevaba años coqueteando con ello antes del primer libro de Von Däniken; y por ahí andaba Robert Charroux (Histoire inconnue des hommes depuis 100.000 ans, 1963), cuya editorial obligó al suizo a mencionarlo en las sucesivas ediciones de sus dos primeros libros. (Von Däniken se defendió aduciendo artículos en prensa desde comienzos de la década). En Italia, en fechas cercanas, “Peter Kolosimo” (Pier Domenico Colosimo en el siglo) se subió al carro de los dioses con parecida imaginación y un no despreciable éxito.
Pero si nos remontamos más allá de la mitad del siglo, la nunca muy sólida línea entre ficción y no ficción se difumina del todo. En los cuarenta, la Amazing Stories de Raymond Palmer se hace de oro con el “Shaver Mistery”, una historia sobre civilizaciones perdidas y una raza de alienígenas refugiados en las profundidades de la Tierra. Antes aún, la referencia inevitable es Lovecraft y su círculo de correspondientes. En su introducción clásica a Los mitos de Cthulhu, Rafael Llopis estableció que los lovecraftianos habían completado la transición del cuento gótico, espiritista, al cuento materialista de terror. En paralelo, el esoterismo se hace materialista y popular, sobre todo a partir de Charles Fort, que se dedica a coleccionar “anomalías” en recortes de prensa. Las fronteras entre unos y otros son tan tenues que cuesta distinguir si un relato como Reliquia de un mundo olvidado (Out of the Eons, 1933/1935), de Hazel Heald y el propio Lovecraft, se inspira en el supuesto hallazgo del ocultista inglés Churchward de unas momias procedentes del continente perdido de Mu o viceversa. Pero el caso es que las momias y el continente acaban apareciendo en un libro de Kolosimo. Y, si hacemos más arqueología, o astroarqueología, en la década de 1880 los hermanos belgas “Rosny” planteaban en Les Xipéhuz un conflicto entre la humanidad neolítica y unos extraterrestres geométricos sorprendentemente modernos, que casi evocan las trinidades de Los propios dioses de Asimov.
El fenómeno Von Däniken, la dänikitis de la que llegó a hablarse, es por tanto fruto de unos topos y unas tendencias –sociales, editoriales, tecnológicas– que el personaje supo aprovechar mejor que nadie. A mediados de los sesenta, en pleno apogeo de la mitología ovni y de la carrera espacial, y a una década del descubrimiento de la estructura del ADN, la idea de unos dioses-astronautas que dirigían la evolución humana con ingeniería genética y mitos instrumentales casi caía por su propio peso. No dejaba de ser un evemerismo, idea de antigua raigambre griega, adaptado a la era espacial. Y que su expresión fuera la de la literatura popular, el libro de bolsillo, no era sino consecuencia de una cultura impresa de masas que había convertido los saberes ocultos del pasado en acertijos tecnológicos accesibles al oficinista que lee en el autobús: un hermetismo abierto, un esoterismo exotérico.
Por lo demás, la historia es conocida. Erich Von Däniken, un católico del cantón de Aargau sin estudios superiores, hostelero con un historial de fraude y algún robo adolescente, da con la tecla del superventas en 1968. Después de pasear por una editorial tras otra un manuscrito concebido en las horas interminables de un hotel de Davos –también Charles Fort había sido un chupatintas aburrido–, Econ Verlag accede a publicarlo con una reescritura profesional; a cargo, por cierto, de un antiguo editor del Völkischer Beobachter. Ya fueran de su cosecha o de la editorial, Von Däniken siempre tuvo buen ojo para los títulos: su primer libro aparece como Recuerdos del futuro (Erinnerungen an die Zukunft); el segundo, como Regreso a las estrellas (Zurück zu den Sternen) –el Profeta del pasado que he tomado prestado para estas líneas también es suyo.
En sucesivas entregas va repasando un catálogo de supuestas anomalías y de lugares de misterio, a menudo tomados de otras obras, que hoy es canónico en el género: de las líneas de Nazca a la isla de Pascua, del mapa de Piri Reis a las piedras de Tiahuanaco, de los cart-ruts de Malta al “astronauta” de Palenque. Se ruedan dos películas y se publican productos tan improbables como Testigo de los dioses (Im Kreuzverhör, 1968), una recopilación de respuestas al público de sus conferencias. Solo para muy cafeteros, el experimento tiene el interés de leer al autor defendiendo la energía nuclear con una diatriba contra el decrecentismo, atribuyendo las acusaciones de racismo que se le hacían a críticos neomarxistas o expresando alguna reticente opinión política de actualidad.
La dänikitis se fue apagando con los años, quizás por saturación, y porque las profecías del pasado resultaron ser demostrablemente falsas en más de un caso. Von Däniken se enredó con el descubrimiento de una fabulada biblioteca de láminas metálicas en la Cueva de los Tayos, Ecuador, durante una expedición que nunca tuvo lugar. Otras anomalías no eran tales, como las calaveras de cristal centroamericanas –las de Indiana Jones– o el pilar de hierro de Delhi. A veces los fraudes, o autofraudes, eran particularmente burdos: la pintura que representaba una nave espacial en una cueva centroasiática era, al fin, la ilustración de una revista rusa de ficción. Ronald Story y Clifford Wilson publicaron refutaciones in toto de la obra danikiana. Los dioses-astronautas se fueron apagando en los ochenta al ritmo de la propia mitología madre, los viajes espaciales, y de la demanda editorial que los había sostenido. Von Däniken siguió a sus cosas y en 2003 abrió en Interlaken un parque de atracciones, Mystery Park, que sigue operando hoy expurgado de mitologías. En Interlaken ha muerto.
Desde la época dorada de Von Däniken y la industria editorial del esoterismo, el género ha decaído y ha vuelto a la vida varias veces. Y no solo en los nichos de internet. Los canales temáticos de televisión se han convertido en refugio de ovnis, críptidos y astronautas antiguos. No está de más recordar que Cuarto Milenio lleva 21 temporadas consecutivas en la misma cadena y franja. Pero quizás el único autor comparable a Von Däniken en nuestros días sea Graham Hancock, que, pese a no haber recurrido nunca a dioses extraterrestres, afronta parecidas acusaciones de racismo. Los misterios antiguos circulan ahora en vehículos más respetables, al menos en apariencia, que las naves espaciales: como las destrucciones del Dryas Reciente y otras catástrofes geológicas y climáticas. Pero se sigue representando una danza furiosa de acusaciones entre la arqueología “oficial” y los cazadores de anomalías. Hace poco, buscando en la oscuridad rieles de piedra en una playa de Malta, recordé una vez más lo que mi imaginación debe a Von Däniken; y la simpatía que, pese a todo, les guardo a los truhanes de su cuerda.