Hay películas que, a pesar de ubicarse en los márgenes del prestigio, la aceptación masiva e incluso el buen gusto, son fuentes de placer para muchos espectadores. Las etiquetas con las que hemos conocido este cine –“de culto”, “de género”, “joyas secretas”, “placeres culpables”– buscan recalcar sus excentricidades o sus carencias técnicas, pero se corre el riesgo de terminar ocultando sus virtudes: esa especial audacia para desafiar los tabúes o experimentar con la forma sin someterse a las expectativas del público.
Ya sea con una discusión acerca de la vigencia del cine de culto, las resurrecciones del género del horror o los peligros de la fama sobre directores poco conocidos, este número de Letras Libres celebra la riqueza creativa del séptimo arte: su poder para internarse en las zonas oscuras de cada época y entregarnos obras rupturistas, inesperadas, capaces de ensanchar nuestra experiencia estética.