Desde inicios del siglo XX, los puertorriqueños han sido en Estados Unidos una suerte de avanzada de la población latina que buscaba ganar espacios de todo tipo conforme su peso demográfico crecía. Una de las principales figuras de esa lucha, que con su obra musical fue emblemático de la cultura puertorriqueña y latina dentro y fuera de Estados Unidos, fue el compositor, productor y trombonista Willie Colón (1950-2026), fallecido en febrero pasado.
Nacido en una familia puertorriqueña establecida en el Bronx, creció al tiempo que músicos extraordinarios de origen boricua, como Tito Rodríguez, Tito Puente y Eddie Palmieri, hacían sus pininos y llamaban la atención hacia la música latina en los Estados Unidos. En 1957, el musical West side story (llevado al cine en 1961) escenificaba las complejidades de la mezcla cultural. En 1964, Johnny Pacheco fundaría la disquera Fania Records, que marcaría un antes y un después: reuniendo a los mejores músicos latinos en Estados Unidos, cimentaría la cultura musical puertorriqueña, con la salsa como sonido emblemático emanado del mestizaje.
Al norte de Manhattan, en el Upper East Side, así como en la zona sur del Bronx, había un circuito de bares y foros donde se bailaba y escuchaba música afrocaribeña, además de algo de rock and roll, soul y jazz. Inserto en ese circuito estaba el joven Colón, quien ya había dado sus primeros pasos en la música. Además de absorber las influencias del entorno, se puede decir que estaba en el lugar y momento precisos para sacarle el mayor jugo a su talento. No tardaron en llegar a manos de Johnny Pacheco los demos que había grabado un Willie Colón de 16 años con su banda La Dinámica, y decidió buscarlo. Al año siguiente, El malo (1967), debut discográfico de Willie Colón, ya estaba en el mercado, con tremendo éxito.
Aunque no es el mejor de Colón, El malo es un álbum extraordinario y contiene muchas de las claves para entender su carrera.
Para empezar, su apertura para colaborar constantemente con otros grandes músicos. Pacheco había presentado a Colón con el cantante Héctor Lavoe, esperando una colaboración en el álbum. La química fue tal que el cantante dominicano participó como voz principal en casi todas las piezas del álbum, y así inició una de las duplas más icónicas de la salsa. Colón hizo muchas colaboraciones después, no solo como parte de la afamada orquesta Fania All-Stars, sino también en otros álbumes junto a cantantes como la cubana Celia Cruz y el panameño Rubén Blades. Con este último grabó Siembra (1978), que fue un parteaguas de la música del siglo XX.
En El malo, la pieza “Jazzy” cuenta con un ritmo en el piano extraordinario y un intenso sello sonoro de los trombones, muestra de la cercanía de Colón con el jazz latino y una conexión directa con sus antecesores Tito Puente y Eddie Palmieri. La fuerza de los trombones con tintes jazzeros estaría presente en grandes piezas posteriores como “The hustler”, “La murga” e “Idilio”, uno de sus más grandes éxitos.
La pieza “El malo”, además de ser una suerte de presentación de Colón, retrata la aspereza de los barrios latinos en Estados Unidos, y está más cercana a la estructura del género que eventualmente sería llamado “salsa”. Incluye los llamados y respuestas en la voz, así como una serie de secciones tipo montuno, mambo y moña. Hay varias piezas de la discografía de Colón que podrían contender a ser las mejores composiciones dentro de la salsa: “El gran varón” (1989) es una obra maestra que además hace una fuerta crítica a la paternidad machista y homofóbica del siglo XX; “Pedro Navaja”, del mencionado Siembra, es otra joya musical del siglo que rinde homenaje a “Mack the Knife” de Kurt Weil. También hay que destacar de nuevo “Idilio” (1993): desde los años 80, el subgénero de la llamada “salsa romántica” había sido considerado inferior musicalmente a la “salsa brava” representada por el catálogo de Fania Records, además de contar con letras demasiado frívolas; “Idilio” llegó para demostrar que dentro de ese subgénero cabían piezas magistrales.
En El malo también hay miradas hacia el boogaloo, que unía elementos del rock and roll y R&B con mambo y chachachá. Se trata de “Willie baby” y “Skinny Papa”, esta última, de hecho, más cercana en influencia al sonido del cuarteto de Liverpool que había desatado tres años atrás la Beatlemanía en Estados Unidos. Esa búsqueda en los géneros populares de vanguardia contemporáneos fue otra línea que siguió. Quizás otro de los grandes ejemplos de ello proviene también de Siembra: se trata de “Plástico”, que inicia con un bajo funk y un ritmo que, junto con el sonido de las cuerdas, está totalmente a tono con la música disco de su momento.
Al trabajar con Rubén Blades, Willie Colón comenzó a experimentar con estructuras de letra no tan convencionales dentro de la salsa, así como progresiones armónicas más elaboradas, como explicó en una entrevista de 2009. Esa experimentación se revela también en álbumes como El baquiné de angelitos negros (1977) y Fantasmas (1981), donde se mezclan sonidos orquestales y vanguardistas –por momentos casi new age– con células rítmicas africanas y caribeñas. En el último álbum de estudio de Colón, El malo Vol. II: Prisioneros del mambo (2008), también coqueteó con ritmos electrónicos cercanos al hip hop y reggaetón en piezas como “Amor de internet” y “Corazón partido”.
Finalmente, “Borinquen”, de El malo, traza una línea importante en la creación de Colón. Se trata de una versión de un clásico del guaguancó dedicado a Puerto Rico (“Borinquen” deriva del término original utilizado por los taínos para nombrar a la isla), y con ella Colón inicia una constante búsqueda en sus raíces musicales en el Caribe y en África. En sus álbumes Asalto navideño (1970) y The good, the bad, and the ugly (1975), particularmente en las piezas “Esta Navidad” y “Doña Toña”, se escucha el cuatro puertorriqueño, instrumento de cuerdas tradicional de la isla. Hay también una constante vuelta a ritmos africanos a lo largo de su carrera, en piezas como “Ghana’E” de 1970, “Aguanile” (1972) y “Un bembé pa’ yemayá” (1987), esta última una de sus grabaciones más interesantes con Celia Cruz, que también recorre los caminos de la experimentación musical vanguardista.
En 1972, Willie Colón participó en Soul!, un programa de la televisión abierta estadounidense que presentaba las manifestaciones musicales negras y latinas, las que llamaba “black and brown America”. En el episodio, donde también participó Tito Puente, se buscó hacer un retrato y radiografía de la cultura puertorriqueña en Estados Unidos a partir de la música. Antes del cierre, con una gran versión de “Aguanile” tocada en vivo en el estudio, Colón hablaba de su búsqueda para retomar la música cubana y combinar elementos afrocaribeños y puertorriqueños. Trataba de tocar la música típica, popular, describía, añadiendo que buscaba tocarla de forma cool, es decir, en una clave dirigida a la juventud del momento, su generación. Esa visión de Colón, muy clara desde sus 22 años de edad, fue la que lo llevó a ser uno de los principales arquitectos de la identidad puertorriqueña en Estados Unidos, y defensor de las causas migrantes durante décadas. Cuando Colón adoptó el apodo de “El malo”, lo hizo con un toque de ironía. A las viejas generaciones, su forma de tocar “cool” les parecía de mala calidad. El apodo era una manera de darle la vuelta a sus críticos.
Por ello, sorprenden las reacciones de Colón al show de medio tiempo del Super Bowl de 2026. La participación del también puertorriqueño Bad Bunny en ese espectáculo fue, en cierta forma, resultado del trabajo de generaciones de músicos, artistas e intelectuales puertorriqueños y latinos en Estados Unidos, trabajo dentro del cual Colón fue una figura esencial. Pero, días después, Colón compartía en su cuenta de IG múltiples posts que acusaban al cantante de mala calidad en la música, de lo pobre de su espectáculo, y buscaban argumentar que la audiencia había sido inflada y que la gente en el estadio prácticamente no le había aplaudido ni había bailado sus piezas.
Esas publicaciones, junto otras en las que defendía a ICE, adulaba a Trump y denunciaba a los “progres”, “liberales” e “izquierdosos”, llamaron la atención por venir de Colón. Pero con ello, pareció pasarle de forma involuntaria la estafeta de “el malo” a la estrella actual del reggaeton. En su sentido obituario a quien fuera su compañero de múltiples álbumes, Rubén Blades dice que la postura política que en sus últimos años adoptó Colón no cambiaba su legado musical ni su calidez humana; que “su apoyo y simpatía por el político más mentiroso, narcisista y racista que se haya visto en Estados Unidos” no opaca el monumento musical que dejó a través de casi 50 álbumes, muestra de genialidad y virtuosismo no solo en su instrumento, sino en la composición y en la habilidad de integrar géneros musicales afroantillanos y estadounidenses. Eso es ya parte fundamental del corpus cultural y musical latinoamericano del siglo XX. ~