Un hombre de fe, fue lo primero que me dijo Enrique Krauze cuando comenté con él que Primitivo Rodríguez Oceguera había muerto por el cáncer. En efecto, un hombre de auténtica y militante fe cristiana, que siempre quiso servir a su prójimo.
Nació en la pequeña localidad de Ixtlán de los Hervores, Michoacán, en una zona de emigración intensa a los Estados Unidos. Fue activista por causas progresistas y de justicia social. Quiso ser sacerdote para ayudar a los oprimidos, pero el superior del Seminario Nacional e Internacional de los Jesuitas lo disuadió poco antes de su ordenamiento, pues su espíritu libre sería más efectivo en el mundo laico. “Dejé de ser seminarista para convertirme en activista”.
Entró a estudiar un doctorado en Historia en El Colegio de México, en la generación de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze. Después fue a la Universidad de Chicago con el gran maestro Friedrich Katz. Ahí su actividad más importante fue política, su verdadera vocación: fundó la OLAS (Organization of Latin American Students) para alzar la voz y hacer conciencia contra las dictaduras militares de Sudamérica. Polemizó intensa y apasionadamente con los Chicago boys que asesoraban en economía al gobierno chileno de Pinochet. Acabó como amigo de uno de ellos, pues jamás sintió rencores personales hacia nadie. En Chicago contribuyó a construir una coalición de negros y chicanos para combatir la aparentemente invencible influencia de la dinastía Daley que había gobernado mafiosamente la ciudad por más de 40 años. En 1983 consiguieron lo impensable: el triunfo de Harold Washington, un político demócrata negro, que, entre muchas otras cosas, hizo de la ciudad un santuario para migrantes indocumentados. Por desgracia murió repentinamente tras haberse reelegido en 1987, otra vez apoyado por organizaciones de base chicanas.
De ahí Primitivo se fue a Filadelfia, donde trabajó más de diez años con el American Friends Service Committee, una organización de cuáqueros dedicada a apoyar causas progresistas en Estados Unidos y otros países. Particularmente, Primitivo trabajó con ellos defendiendo a migrantes indocumentados en diversos lugares de Estados Unidos, ayudándolos a organizarse en defensa de sus derechos laborales. Llegó a ser conocido en el mundo del activismo político estadounidense por su entrega incondicional, sus buenas ideas y su efectividad. También por su buen humor y bonhomía. En particular, las organizaciones de trabajadores latinos lo tenían en gran estima. Los cónsules mexicanos en ese país lo escuchaban con atención, por su conocimiento y experiencia. Quien lo conoció, lo apreció y respetó
De regreso a México, ya en el nuevo siglo, trabajó con partidos políticos y funcionarios de gobierno en favor del voto de los mexicanos en el extranjero, lo que se logró en 2005 y se aplicó por primera vez en 2006. Durante algunos años escribió en el periódico La Jornada. Fue amigo de varios periodistas. Era muy apreciado por los corresponsales extranjeros en México, a quienes frecuentaba en lo personal y lo profesional, y con quienes intercambiaba ideas sobre los más diversos temas políticos. Aquí se mantuvo en contacto con las instituciones del gobierno mexicano responsables de atender a los mexicanos en Estados Unidos.
Desde sus primeros años en Estados Unidos y de manera constante por el resto de su vida, se aficionó a la fotografía. Su primera cámara fue una Kodak de 35 mm elemental, de mirilla, con la que empezó a fotografiar reflejos de los más diversos objetos, edificios y monumentos en vidrios, agua, metales. En una ocasión, retratando algún reflejo en la orilla inferior de un aparador de una tienda departamental en Filadelfia, lo interrumpió un policía que lo arrestó por actividad sospechosa. Pasó unas horas detenido y ahí conoció a un indocumentado también detenido, a quien le hizo el favor de contactar a su familia (no existían los celulares) y conseguirle un abogado de asuntos migratorios. Para su muy original fotografía de reflejos inventó tomar fotos a través de botellas de colores. En conjunto, los reflejos que captaba eran oníricos y muy hermosos. Incluso expuso en Bellas Artes y en algunas galerías de arte. Fue aficionado al baile, cliente dilecto del Bar León junto con su querido amigo Segundo Portilla, antes de su estadía en Estados Unidos; muy querido por el gran Cayito, director del Combo del Pueblo, y por Pepe Arévalo.
A su regreso a México, desaparecido el Bar León, se hizo afecto al Mama Rumba de la colonia Roma, fue muy amigo de su propietario y bien conocido por los asiduos. A sus amigas les encantaba bailar con él por el gusto, el entusiasmo y pericia que ponía, como en todo lo que hizo. Sus amigos lo quieren de veras y saben que nunca lo olvidarán, porque invariablemente tocaba las almas que entraban en contacto con él. Como dice uno de ellos, David Suro, de Filadelfia: ¡Que viva Primo! ~