a LG
Era el veneno del verano.
Ya se anunciaba en el olor a huevo
podrido que venía de la ciénaga.
Mamá decía que era saludable
a los pulmones y recomendaba
inhalar el perfume descompuesto
para limpiarnos de males ocultos.
Ya se anunciaba en los manglares blancos
que la sequía había convertido
en un cadáver de antes del diluvio.
Mamá decía que las ramas eran
la cornamenta regia de venados
atrapados en la salina rosa.
Era el veneno del verano.
Lo anunciaba el pregón del merenguero
que aparecía en el playón a la hora
del sol más alto como un espejismo;
su cofre de confites que guardaba
la nube del merengue y su luz cítrica,
la canasta frutal del mazapán,
las perlas ácidas del tamarindo,
los doblones de coco azucarado
y los lingotes de la palanqueta.
El vuelo en soledad de un papalote
que revelaba la naturaleza
simple y frágil de la felicidad.
Era el veneno del verano.
No el que inocula la aguamala, el bagre,
el erizo de mar y el feroz tábano
y que se alivia con el chorro tibio
de la orina, sino el que se transmite
por exponerse al ritmo monocorde
de las olas, compás que se introduce
por el oído y halla alojamiento
en un rincón oscuro del cerebro
o en el metrónomo del corazón.
El veneno que anima las visiones
de brujas y galeones fantasmales
en el reino salvaje de los niños.
Era el veneno del verano.
Nos hicimos amigos de los niños
de una casa vecina. Nicté-Há
era un poco mayor y nos cuidaba.
Acostada en la playa, permitía
que la enterráramos y diseñáramos
un cuerpo de sirena o un paisaje
montañoso con túneles y cuevas.
Al escarbar, mi mano conocía
la piel cubierta y producía el roce
un quejido que me desconcertaba.
Nicté-Há se ponía de pie e iba
a quitarse el vestido de la arena
a la orilla del mar que en ese instante
adquiría la profundidad del cielo.
Era el veneno haciendo su trabajo. ~