Argentina: ¿El último tango de la Kirchner?

Cristina Fernández de Kirchner y su equipo no se caracterizan por tener buen manejo de crisis.
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Cristina Fernández de Kirchner y su equipo no se caracterizan por tener buen manejo de crisis. Me viene a la mente el terrible accidente ferroviario de hace dos años en Buenos Aires, cuando en vez de poner por encima de todo el dolor y las necesidades urgentes de los pasajeros heridos y los deudos de los fallecidos, la presidente y sus funcionarios se enfrascaron en una absurda e insensible batalla legal y política para culpar al gobierno de la capital federal. Y cómo olvidar el impresionante error de uno de tantos Ministros de Economía del país quien, al ser cuestionado por una periodista extranjera sobre cuál es realmente la tasa de inflación –dada la falta de credibilidad de las cifras oficiales– no pudo sino decir: “me quiero ir, me quiero ir”.  

Como si estas anécdotas para manual de “Crisis Management for Dummies” no fueran suficientes, el gobierno argentino está dejando boquiabierto al mundo con el pésimo manejo de la crisis económica que enfrenta desde hace ya muchos meses. Aquí algunas lecciones que nos deja este recurrente caso de estudio:

1. Los libros que explican las crisis del pasado no son instructivos de qué hacer, son advertencias de qué no hacer. “Ya nos saquearon. México no se ha acabado. ¡No nos volverán a saquear!”.  ¿Quién no recuerda el sentido discurso de López Portillo nacionalizando la banca y congelando el tipo de cambio por decreto en 1982? ¿Y qué pasó? Mercado negro de divisas, varios tipos de cambio, fuga masiva de capitales, pánico especulativo y una crisis que nos costó años remontar. Pero en Argentina pensaron que correrían otra suerte. Para cuidar sus 49 mil millones de dólares de reservas internacionales, impusieron férreos controles a la compra de divisas… que hoy los han dejado solo con 29 mil millones de dólares para hacer frente a la crisis que trataban de evitar. En las calles de Buenos Aires hay “dólar blue” (dólar negro suena muy feo); “dólar Messi” (porque hasta hace unos días se vendía a 10 pesos, como el número del jugador); “cuevas” (lugares donde se compran y venden dólares ilegalmente) y “arbolitos” (personas que trafican con dólares ilegales, por aquello del “billete verde”).

2. Si la crisis estalla, no se ponga a los medios en contra negando la realidad, tal vez los necesite después para generar confianza en los mercados. La relación de Cristina Kirchner con los medios no ha sido precisamente miel sobre hojuelas. Sus enfrentamientos verbales y judiciales con el Grupo Clarín y otros medios han llegado a niveles que en cualquier democracia serían considerados represión. Viendo venir una mega-crisis económica como la que se anuncia, uno pensaría que ir pactando una tregua con la prensa sería conveniente. No así para la presidente, quien incluso corrige la redacción de las noticias, negando la realidad. Cuando los titulares describían como “cepo cambiario” las duras restricciones a la compra de dólares, Kirchner fustigó a los periodistas: "El cepo era un instrumento de tortura del siglo XIX. Era, fundamentalmente, un instrumento de inmovilidad. Por eso, acá no existe cepo cambiario. Por favor cambien ese título mediático". No lo hicieron. Y el gobierno quedó atrapado en su propio cepo.

3. En economía, como en la vida, el daño hecho a otros termina pagándose con intereses. Cuando el gobierno nacionalizó los activos de la petrolera española Repsol, pudo haber optado por asumir una postura pública prudente, acordar una indemnización razonable y salir rápido del asunto. Pero no. Envolverse en el discurso nacionalista-populista y fustigar al “gran capital” con arrogancia era un “bife de chorizo” demasiado apetitoso. Se fueron a los golpes, humillaron a Repsol, no negociaron cuando había recursos para pagar y justo hoy, cuando el país se está quedando sin divisas, los españoles han solicitado que se les pague con las reservas del Banco Central, a lo que el gobierno se negó. Ahora la petrolera exige que el pago sea con bonos del Estado español. Así, una medida que, supongo, estaba destinada a fortalecer la imagen de estadista y el legado político de la Kirchner terminará siendo recordada como otra imprudencia pagada por los contribuyentes argentinos.

4. Si estalla la crisis, al menos finja que le importa. Ante el caos, muchos negocios dejaron de operar y otros han cerrado definitivamente, puesto que el sistema de precios dejó de ser mínimamente predecible. La gente que puede se ha volcado a las calles a conseguir dólares en el mercado ilegal, acrecentando la sensación de que el valor del peso se pulverizará en cualquier momento. ¿Y la presidente? Perdió varios días cruciales en Cuba, almorzando con Dilma Roussef y posando en fotos con Fidel Castro, evitando referirse a la situación nacional. Con ello, mandó a su pueblo la señal de que, en una hora tan difícil, había cosas más importantes que hacer, pues en lugar de ponerse al frente del país para enfrentar la situación, la presidente eludió su responsabilidad y no dio la cara. No será extraño que la gente, cuando ella necesite de su apoyo para tomar decisiones difíciles, le de la espalda.  La gente puede perdonar los errores, pero no la insensibilidad o la frivolidad ante los problemas.

A estas alturas, abundar en las lamentaciones sobre cómo un país tan grande, hermoso, rico en recursos naturales y con elevado capital humano como Argentina insiste en lanzarse al abismo de las crisis políticas y económicas es hacer leña del árbol caído. Lo único que resta es esperar a que esta nueva crisis devaluatoria estalle con toda su fuerza, el gobierno salga a justificar lo injustificable y se vea forzado a pedir un rescate internacional costosísimo. Los argentinos, como siempre, tendrán que pagar los platos rotos hasta que llegue el momento de elegir a un nuevo gobierno, o tendrán que salir a la calle y hacer cacerolazos para que Cristina Fernández de Kirchner acabe huyendo en helicóptero de la Casa Rosada, como ya lo han hecho otros presidentes que no fueron capaces de prevenir o manejar crisis.  Todo un tango.   

 

 

 

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